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Año 1 #3 Diciembre 2014

Verónica

Verónica es portadora del virus del Sida. Un día lluvioso, en un hospital, le dijeron, con la humanidad de una medicina tantas veces inhumana, que tenía Sida. En 1989 una médica le explicó que le quedaban unos diez años de vida, que estaba condenada a muerte. Sin embargo, escribió su destino de muy distinta manera. En esta entrevista presentamos su historia, una historia reveladora de lo que nos queda cuando creemos que ya no nos queda nada.
"Verónica" fue publicada en la revista Rolling Stone en 1999.

 

Publicado en Rolling Stone, Buenos Aires, 1999.

 

25 de octubre de 1999, ocho y media de la mañana, Confitería London, Perú y Avenida de Mayo, Buenos Aires.

Sonaban las campanadas de las ocho de la mañana cuando entré en la confitería. Ella me había dicho que era bajita y delgada, de cabellera negra para más datos. Yo le había dicho que era un cuarentón con barba y un maletín verde.

Cuando me senté a su mesa me comentó no sé qué cosa sobre las elecciones, estaba visiblemente molesta por ciertos resultados desafortunados. Hablaba con rapidez y energía, las manos blancas hacían dibujos imprecisos en el aire.

Tenía un rostro agradable, de rasgos definidos y una mirada inteligente aunque reposada. Nació hace veintinueve años, en La Matanza.

 

Enero de 1989, en un bar cercano al Hospital de Clínicas.

Algo turba el aire gris. Llueve, fría, imper­turbable­mente. Verónica está sentada en la silla, ajena al bullicio que la rodea. Mira por la venta­na las gotitas de lluvia microscó­picas, suspendidas en el aire. No puede hacer nada, o casi nada. No siente ni miedo, ni dolor, ni vergüenza. Nada. Sólo está ahí, quieta. Habita un cuerpo que no usa, una piel ajena, un esque­leto inanimado. Viaja por el interior de sus neuro­nas, rozando entrañas adormecidas. Hay, eso sí, un esco­zor desconoci­do, como unas cosqui­llas frías en la base de su estó­mago.

Había ido al hospital como a probarse un vestido, sabía que era serio, pero “las cosas cuando hay que hacerlas: hay que hacerlas”, se había dicho, y pensaba decírselo a todos sus amigos. Esa mañana, hacía apenas media hora, había vuelto por los resultados. El hombre de guardapolvo blanco le había entregado, sin mirarla, dos papelitos, sin sobre ni nada. Había dicho, simplemente, (aún podía escucharlo) “Ayrala, Verónica”, con ese aire militar y esa puta costumbre de empezar por el apellido. Ella había tomado los papelitos, molesta por la inversión en el orden de aquellas palabras que definían su identidad, y se había dado vuelta sin soltar palabra alguna. Sin un gracias, ni nada. No había dado más de tres o cuatro pasos cuando bajó la mirada y leyó “suero reactivo”, en ambos papelitos.

 

25 de octubre de 1999, nueve de la mañana, Confitería London, Avenida de Mayo y Perú.

“Yo fui a una escuela de monjas que quedaba a una cuadra de mi casa, y la iglesia estaba a la vuelta, así que no podía dejar de ir a misa porque las hermanas me preguntaban qué me había pasado. Cuando terminé la secundaria, sentía que no había vivido. ¡Todo era tan estático! ¿Entendés?

Yo lo fui a buscar, lo conocía del barrio, él se había mudado a Villa Crespo pero lo encontré. Tenía diez años más que yo, me gustaba su música, sus viajes; quiero decir la situación me resultaba atractiva. Yo sabía de las minas y de las drogas, pero no me importó. Y no era que estuviese enamorada. ¿Entendés? Tardé ocho meses en decirle a los viejos que era portadora. No tanto por lo del sida, sino por haber tenido relaciones. Recuerdo que una doctora en el Hospital de Clínicas me hizo un gráfico para demostrarme que a lo sumo tenía, como mucho, diez años de vida. (Silencio.) O sea que estoy muerta. (Apenas contuvo la risa.) ¡Sabés diez años por delante son tan pocos cuando tenés diecinueve!”

 

25 de octubre, once de la noche, en un segundo piso de una casa de Devoto, Buenos Aires.

Escribo la historia de Verónica Ayrala y también la historia de mi encuentro con ella. No se quedó quieta, no quiso morir. Parece simple, cierro los ojos, descubro en mi imaginación noches de insomnio, imagino la angustia agazapada y las ganas de llorar. En estos diez años se controló periódicamente, cuando las defensas bajaron le dieron AZT y hasta el coctail de drogas que le perforaron el estómago y le hicieron tambalear una voluntad indubitable. “El coctail me hizo sentir enferma de sida, dieciséis pastillas por día, en tres tomas, con dos horas de ayuno antes y dos horas de ayuno después”, me dijo casi asqueada. La primera vez que le dijo a un amigo que era portadora al pobre casi lo pisa un auto. Después desapareció, no pudo con su miedo. Perdió algunos otros, y también algún trabajo, pero estaba dispuesta a quedarse sola si fuese necesario. Trató de entender, estudió tres años sicología para aprender lo que ya sabía: nada es casual, no hay gratuidad en la vida. No sé si ya lo sabe: tampoco hay justicia.

 

25 de octubre de 1999, nueve y cuarto de la mañana, Confitería London, Avenida de Mayo y Perú.

“Yo con él estuve un mes, nada más. Tuve cuatro ‘encuentros’. A los tres meses alguien me dijo que estaba en el Muñiz, fui a verlo y me dijo que tenía no se qué en los pulmones. Tenía que haberle dicho que era un hijo de puta, porque yo hice las cosas mal, muy mal, pero él ni en ese momento pudo decirme: tengo sida. Recuerdo cuando estaba en las antesalas del hospital y los tipos me decían que ellos no iban a dejar las drogas. Tuve otro novio que murió a los cuatro meses ¿sabés lo que es que se muera alguien de lo mismo que vos llevás adentro? Yo pensé que sólo podría tener parejas contagiadas hasta que lo conocí a él en un baile en Flores. A los tres días se lo dije, “está todo bien vos me gustás mucho pero hay un problema”. Él me dijo que no le importaba, pero yo no le creí. Yo sé que el sida está en mi cuerpo, en mi cabeza, en mi cama.”

 

Un sueño, una noche del verano de 1994.

Verónica camina por el pasillo de un tren, los pasajeros miran el paisaje pasar, intrépido, por las ventanillas bajas. Avanza con paso decidido, sin mirar para atrás. Al pasar al otro coche ve, en un espejo, a una vieja que le resulta conocida. Está gastada, el pelo blanco, las arrugas profundas, la mirada vencida. La pobre se está muriendo. Se despierta, la transpiración moja todo su cuerpo. Tiene un brutal sobresalto, intuye primero, adivina luego, sabe por fin que es ella misma. Sabe, también, que no puede darse el lujo de parar y se promete no volver la vista para ver ningún espejo.

 

25 de octubre de 1999, nueve y media de la mañana, Confitería London, Avenida de Mayo y Perú.

“El año pasado me casé, lo amo. Él también. Está sano y seguirá estándolo. No es que no tenga miedo, no es que el amor lo ciegue. Hice muchas cosas pero un hijo no puedo. Mi médica insiste en que no es que no pueda sino que no quiero; y sí, no quiero, no quiero ser culpable de traer un chico con sida. Creo que voy a adoptar, porque, sabés, nada es casual, eso es lo que aprendí.”

 

25 de octubre, once y media de la noche, en un segundo piso de una casa de Devoto, Buenos Aires.

Quería decirte, Verónica: sos una sobreviviente. Yo también me siento un sobreviviente. Nos han tocado males distintos, acaso un día te cuente. Quiero decirte que vas a vivir, de alguna manera necesito que así sea, que no ha llegado el momento en que te veas reflejada en el espejo imposible de un tren. Y quiero decirte también que un hijo es un hijo, parido o adoptado. Quiero decirte, Verónica, que sí, que nada es casual, que nada es gratuito.

  • Daniel Sorín
    Sorín, Daniel

    Daniel Sorín (1951) narrador argentino nacido en Buenos Aires. Ha publicado:

    Novelas:

    • Error de cálculo —ganadora del Premio Emecé de Novela en 1998— (Emecé, 1998)
    • El dandy argentino (Grupo Editorial Norma, 2000)
    • Palabras escandalosas (Sudamericana, 2003)
    • Palacios (Sudamericana, 2004)
    • Velas para Gilda (Editorial La Bohemia, 2007)
    • El hombre que engañó a Perón (Sudamericana, 2008)
    • El cerco (Del Nuevo Extremo, 2012)
    • La última carta (Edhasa, 2013)
    • Tres segundos es una eternidad (Vestales, 2016)

    Ensayos:

    • John William Cooke. La mano izquierda de Perón (Planeta, 2014)

     

    Textos en antologías:

    • “Tris, el mono” en Brujula norte (cuento infantil, Macma Ediciones, 2015)
    • “Cuando el criminal es el Estado: asesinos en la Patagonia del siglo XIX” (en Fronteras del crimen. Globalización y Literatura, Medellín Negro-Planeta Colombia, 2015)


    Ha sido editor de las revistas virtuales Alt164, Letrópolis y Abanico, actualmente se desempeña como codirector de La púrpura de Tiro (www.lapurpuradetiro.com.ar).

    Algunos fragmentos de sus libros pueden leerse en www.danielsorin.com