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Año 3 #33 Julio 2017

Don Giovanni

Don Giovanni es un drama jocoso (hermosa mezcla de acción cómica y seria) en dos actos que compuso Mozart en 1787 con libreto de Da Ponte y se estrenó en Praga el 29 de octubre del mismo año. En este período sucedieron en la vida de Mozart algunos hechos trágicos que posiblemente cambiaron su pensamiento. Entre ellos las muertes de uno de sus hijos, la del Conde Hatzfeld, la de su amigo Barisani y la de Leopoldo, su padre. Todos estos acontecimientos convirtieron a la muerte en un centro de especial significación dentro del pensamiento mozartiano.

Orquesta: Filarmónica de Berlín
Director: Claudio Abbado
Don Giovanni: Simon Keenlyside
Leporello: Bryn Terfel
Don Ottavio: Bruno Lazzaretti
Masetto: Ildebrando D’Archangelo

 

  • Wolfgang Amadeus Mozart
    Mozart, Wolfgang Amadeus

    Wolfgang Amadeus Mozart (Salzburgo 1756-Viena, 1791) fue, antes que nada, un genio. En una ocasión Haydn le manifestó al padre de Mozart, Leopold Mozart, que su hijo era “el más grande compositor que conozco, en persona o de nombre”. El otro gran representante de la trinidad clásica vienesa, Beethoven, también confesó su veneración por la figura del salzburgués.

    Mozart y Beethoven son el precedente del romanticismo, y los que definen la terminación del ciclo clásico. Gozó de gran reconocimiento en vida, su misteriosa muerte, envuelta en un halo de leyenda romántica, no ha hecho sino incrementar la leyenda. Genio absoluto e irrepetible, Mozart sigue vigente.

    Hijo del violinista y compositor Leopold Mozart, Wolfgang Amadeus fue un niño prodigio que a los cuatro años ya era capaz de interpretar al clave melodías sencillas y de componer pequeñas piezas. Junto a su hermana Nannerl, cinco años mayor que él y también intérprete de talento, su padre lo llevó de corte en corte y de ciudad en ciudad para que sorprendiera a los auditorios con sus extraordinarias dotes. Munich, Viena, Frankfurt, París y Londres fueron algunas de las capitales en las que dejó constancia de su talento antes de cumplir los diez años.

    No por ello descuidó Leopold la formación de su hijo: ésta proseguía con los mejores maestros de la época, como Johann Christian Bach —el menor de los hijos del gran Johann Sebastian Bach— en Londres, o el padre Martini en Bolonia. Era la época de sus primeras sinfonías y óperas, escritas en el estilo galante de moda, poco personales, pero que nada tienen que envidiar a las de otros maestros consagrados.

    Todos sus viajes acababan siempre en Salzburgo, donde los Mozart servían como maestros de capilla y conciertos de la corte arzobispal. Espoleado por su creciente éxito, sobre todo a partir de la acogida dispensada a su ópera Idomeneo, Mozart decidió abandonar en 1781 esa situación de servidumbre para intentar subsistir por sus propios medios como compositor independiente, sin más armas que su inmenso talento y su música. Fracasó en el empeño, pero su ejemplo señaló el camino a seguir a músicos posteriores, a la par también de los cambios sociales introducidos por la Revolución Francesa (Beethoven y Schubert, por citar solo dos ejemplos, ya no entrarían más al servicio de un mecenas o un patrón).

    Tras afincarse en Viena, la carrera de Mozart entró en su período de madurez. Las distintas corrientes de su tiempo quedan sintetizadas en un todo homogéneo, que si por algo se caracteriza es por su aparente tono ligero y simple, apariencia que oculta un profundo conocimiento del alma humana. Las obras maestras se sucedieron: en el terreno escénico surgieron los singspieler El rapto del serrallo y La flauta mágica, partitura con la que sentó los cimientos de la futura ópera alemana, y las tres óperas bufas con libreto de Lorenzo Da Ponte Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y Così fan tutte, en las que superó las convenciones del género.

    No hay que olvidar la producción sinfónica de Mozart, en especial sus tres últimas sinfonías (númeradas 39, 41 y 41), en las que anticipó algunas de las características del estilo de Beethoven, ni sus siete últimos conciertos para piano y orquesta. O sus magníficos cuartetos de cuerda, sus sonatas para piano o el inconcluso Réquiem. Todas sus obras de madurez son expresión de un mismo milagro.