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Año 3 #30 Abril 2017

Al playroom hay que allanarlo

De vez en cuando, solo de vez en cuando, sucede. (Y no porque de vez en cuando haya que hacer justicia —tal cosa es impensable en este país pacato— sino porque siempre hay alguien poderoso, más poderoso, al que hay que poner a salvo.)

Al playroom hay que allanarlo

De Uno a uno Cuentos 3 los mejores narradores de la nueva generación escriben sobre los 90. Selección a cargo de Diego Grillo Truba, Editorial Sudamericana-Mondadori, Buenos Aires, 2008.

 

1

Prófugo es un hombre que desaparece para que no lo atrapen, su papá se lo explicó la noche que se fue. Esa tarde lo llamó al celular para avisarle que lo esperaba a las doce en punto de la noche en el comedor. No era la primera vez que lo citaba de esa forma, por teléfono, aunque vivían en la misma casa.

Cinco intentos de secuestro en doce meses. Reforzaron la seguridad de tres a seis guardaespaldas, uno por cada miembro de la familia. La regla era informarle a Bruno (su guardaespaldas) cualquier cosa rara. Dentro de cosa rara entraban miradas de extraños, palabras de extraños, llamados de extraños y todo contacto con alguien que no fuera de su círculo. Era la palabra preferida de sus papás y sus hermanas (círculo); la usaban para hablar de la familia, los amigos, las empresas y el hípico donde entrenaban tres veces por semana los pura sangre que les mandó un tío desde Texas.

Le rompieron dos dientes de leche en el colegio. Maia se los arrancó de un golpe. Mi papá dice que sos un ladrón hijo de puta, dijo (en el recreo). Le pegó una piña y le cortó el labio con el pico del anillo de Twitty que él le regaló. Sus amigos la ayudaron a pegarle. Gritaban lo mismo: Ladrón. Los separó la maestra. Bruno entró corriendo a la enfermería. Agarró su cara para mirarle la boca. Son de leche, dijo la enfermera, salieron enteros. Bruno la calló con una mirada. La gente le tiene miedo. Los mira y se callan. La enfermera le dio los dientes en un frasquito.

Bruno lo acompañó a buscar la mochila a la clase. Entró con él, le preguntó en voz baja: ¿Cuál es? Valentino señaló a Maia con la cabeza. Parada en el rincón, en penitencia. Ya la vamos a agarrar, dijo.

Tres puntos en el labio y dos dientes de leche, dice Bruno (al celular, mientras maneja). Ahora él es el que tiene miedo. Dice que sí muchas veces; corta. Mira a Valentino por el espejo retrovisor. No hablaba de vos esa nena. No debería abrir la boca, pero no puede verle lágrimas en los ojos. ¿De quién hablaba? Puede costarle el trabajo seguir hablando. ¿Quién se llama igual que vos?

Irma está afuera esperándolo. Lo abraza, le hunde la cara entre las tetas. Crió dos generaciones de Razzanis. El padre dice que se la presta, pero es suya. Vaya adonde vaya Irma viene conmigo. No deja que nadie más le prepare la comida. Quieto, dice la paraguaya, dejame ver. Le agarra la cara para mirar el labio cosido. La quiere a Maia, dice que él necesita una mujer así, que lo haga callar. Pero hoy es distinto. ¿Papá es un ladrón hijo de puta? Se le borra la sonrisa de la cara. Se agacha para mirarlo a los ojos. Aprendé de tu papá: si alguien te traiciona está muerto. A veces siente que alguien lo está estrujando con una mano de atrás y otra adelante. Cuando piensa en Maia (muerta) siente eso.

En el living, debajo de las revistas de decoración que su mamá despliega como un abanico de buen gusto, su papá puso la misma cantidad de revistas de mujeres desnudas. No es por miedo, él decide qué se muestra y qué se esconde (hubiera podido desplegarlas en el hall de entrada sin que nadie se anime a hacer nada más que quitarles el polvo). Le divierte que estén así: casi a la vista, pero invisibles.

Abre la puerta del comedor a las doce en punto. Todas las mujeres de la familia duermen, incluidas las gatas siamesas. Hace fuerza para quedarse despierto. Tambalea en la recta final. Se levanta y da vueltas en círculos. Avanza por el pasillo mientras las agujas del reloj pulsera terminan de alinearse en la dirección del comedor. A metros de la puerta huele el habano Cohiba que Razzani trae cada vez que viaja a La Habana. Lo primero que ve es la mesa de vidrio repleta de billetes de cinco pesos. Decenas de fajos apilados uno al lado del otro. Feliz cumpleaños, hijo. Razzani está sentado frente a la ventana. Es todo tuyo. Está emocionado; Valentino se da cuenta por la forma en que le sale la voz. Contalo. Más ronca que de costumbre. Contalo, quiero verte... Hay algo más (urgencia). Empezá. Se humedece la punta del dedo índice como él le enseñó. La aspereza del primer billete le hace cosquillas. Razzani no lo interrumpe ni una sola vez, aunque su hijo tarda más de una hora en contar los quince mil pesos.

Cuando termina imita el gesto que tantas veces le vio hacer a su padre: inspira hasta la última pizca del olor que tiene en la punta de los dedos, llenándose los pulmones con tanto deleite que por un instante percibe el rastro de todos los que manosearon esos billetes antes de que lleguen a él. Y eso —en lugar de asquearlo— lo hace sentir adulto. Después de todo esa noche cambia de dígito: cumple diez. Llegó el año en que su padre prometió enseñarle a cazar. Sentate al lado mío, dice. Valentino mira los binoculares de acero que Razzani apoya en sus manos. Susurra: ¿Para los patos? Cada fin de semana, en uno de los campos de Lobos, Razzani y sus elegidos cazan patos y jabalíes. No, la caza va a esperar. Recién ahí Valentino se da cuenta de que está vestido para salir. Tiene los zapatos y el abrigo puesto. Tu primera herida de guerra, dice Razzani mirándole el labio cosido.

A los siete años lo esconde en el baño de un establo con dos primos de la misma edad. Quiero que escuchen cómo se despide a un hombre, dice. Minutos después entra con un peón que mira a los ojos cada vez que lo retan. El hombre tiene cincuenta años; nació en su campo. Roba vacas, por hambre o por deporte, roba y cuerea. (Los chicos saben que el plural miente: robó una.) El hombre llora, suplica, tartamudea, intenta decir que no imagina un mundo fuera de ese oasis de mil hectáreas, pero nunca —ni una sola vez— baja la mirada.

Es igual que con los perros, dice su padre en la cena, si no bajan la mirada es porque se las traen.

La noche de los billetes de cinco pesos se despide. Tiene que irse por un tiempo, quién sabe cuánto. Guárdalos bien, los vas a usar en unos meses. Valentino no se anima a preguntar para qué otra cosa (que no sea cazar) puede usar unos binoculares. No se anima a decir que tres meses es una eternidad. Lo deja hablar. Mañana voy a estar en todas partes, dice Razzani. No creas nada de lo que escuches. Pasa la punta de su dedo índice por el labio cosido. Te va a quedar bien esta cicatriz.

 

2

No hay forma de frenarlos: tienen una orden firmada por un juez federal. Irma mira las dos camionetas de Gendarmería estacionadas en la puerta. Quince hombres que se preparan para entrar a la casa con botas manchadas de barro. Pide un minuto para encerrar a los chicos en el playroom. El playroom también hay que allanarlo, dice el gendarme. Los dejan parados en fila india al lado de la puerta, Valentino y sus dos hermanas. La menor tiene los ojos desorbitados; ríe y llora a intervalos, dependiendo de la cara de cada gendarme. La mayor los mira con el desprecio de una virgen. Juntos y en silencio por una vez en la vida, miran el amanecer por los ventanales que dan al jardín. Hasta ahí afuera revisan, hasta la casa en el árbol. Valentino sonríe: su padre los venció a todos, se les adelantó por horas (juega, mejor que nadie). La madre sigue a los que allanan de un cuarto a otro, grita, no por la violencia con la que revisan cada rincón, grita por el estado en el que dejan su casa.

En el cuarto de Valentino, debajo de la cama, un gendarme correntino encuentra los tres mil billetes de cinco pesos. No es lo que buscan.

Ese día los hacen faltar al colegio. Irma les prohíbe encender la televisión. En la cocina no se escucha la radio. No hay diarios ni revistas. Las cortinas que dan a la calle están corridas. Sólo pueden tomar aire en el jardín. Escuchan un murmullo de voces —cientos de voces— como si estuvieran rodeados. Juana propone una expedición al altillo para espiar el mundo. Valentino lleva los binoculares colgados del cuello. El último tramo de la escalera lo hacen cuerpo a tierra. Los voy a usar en unos meses, le dice a Juana, no te puedo decir para qué.

Clavan los ojos de acero contra el vidrio de un ventiluz, entre dos pliegos de cortina. Miran a través de los binoculares: ven los logos de los canales. Están todos (las pelotas, el sol y los cubos) estampados en las camionetas. Un campamento de cámaras.

En su cuarto —a escondidas— Sonia mira el programa que el padre de Maia tiene en la televisión. Se llama El Cazador. Cuando empieza, pincha la foto de una cabeza de cartón en un palo. Después, los invitados lo destrozan. Ese día, en el palo está la cabeza de su papá.

Sonia tiene miedo de salir a la calle. Volvió de Miami hace una semana y no sale ni para ir al psicólogo. Vienen a verla una vez por día (el psicólogo y el peluquero). Está paranoica: va a ser un año que le vienen robando una vez por mes. Mañana te vas a Miami una semanita, le dijo su padre la última vez que le robaron el Audi, cuando vuelvas tenés un auto nuevo en la puerta. Le compró el mismo descapotable tres veces, en la cocina susurran que la tienen marcada.

La última vez —además del auto— la tuvieron dando vueltas cinco horas. El problema son los guardaespaldas, dijo su mamá cuando la recuperaron. Esa noche festejaron: nadie en el círculo entendió por qué al secuestro no le quitaron el express. Los giles no se dieron cuenta de quién era la figurita, dijo un abogado (penalista) compañero de squash del futuro marido de Sonia.

Esta vez va a ser distinto, chiquita, dijo Razzani esa noche, mientras la gente bailaba en el jardín: te conseguí al mejor. Dino esperaba en la cocina. Un amigo de Bruno de la bonaerense. Se dieron la mano, Dino con glamorosa humildad, desnudándola con los ojos un instante (imperceptible para todos, menos para ella) antes de bajar la mirada. Desde hoy va a estar encima tuyo día y noche, dijo Razzani. Nadie la va a tocar, respondió Dino. Sonia se quedó mirándolo hipnotizada. Dino sonrió con una mueca torcida, sin soltarle la mano. Si usted no quiere, agregó.

Fue la frase perfecta. Si hay algo que a Sonia no le gusta es que la toquen. Cuando saluda le da besos al aire. Se maquilla hasta para bajar a cenar y nunca anda sin tacos, ni siquiera en la playa.

Maia llama a las cinco. Durante tres minutos juegan una pulseada de silencio: el perdedor es el que habla primero. Irma espera, escucha las respiraciones de ambos desde el teléfono de la cocina. ¿Sabes qué dice el diario? Valentino no responde, no hace falta. La perdedora lee: La Justicia ordenó el arresto de Razzani, acusado de vaciamiento... La última palabra cuesta, deletrea las sílabas. Irma ordena: Corta, Valentino. Pero él no corta y Maia sigue mientras Irma corre escaleras arriba: ...en la causa abierta por el cierre del Banco... Valentino interrumpe (tienen segundos): ¿Qué es vaciamiento? Maia improvisa: Va a ir preso. La puerta se abre de golpe, la manija se clava contra la pared por el ímpetu con el que Irma se zambulle hacia el tubo del teléfono. No vuelvas a llamar, dice (sin aliento). Y corta.

Irma pica Valium y espolvorea el té de la mayor y la señora. Lo hace cada vez que hay una pelea, autorizada por Razzani. La pasta las lleva de la histeria a la depresión. La mayor se encierra en el cuarto a llorar; litros de lágrimas hasta que Bruno entra con el celular en la mano. Tiene una llamada, señorita Sonia. Le acerca el celular al oído. Sonia escucha, deja de lagrimear, sonríe, suelta el teléfono y salta en la cama. ¡Se hace! Grita: ¡Se hace! Irma y Bruno ríen con ella (la vieron crecer y —a pesar de todo— la quieren). La señora entra ordenando que la callen, los gritos se escuchan desde la calle. Sonia abre la ventana y asoma medio cuerpo. ¿Quieren saber qué pasa? ¡Me caso! La encandilan los flashes. Irma la mete adentro de los pelos.

¿Pero cómo... sin papá? Irma le acaricia la cabeza. Va a estar. Para eso llamó: para avisarle a tu hermana que no se cancela la boda. Van a esperar que se calmen un poco las cosas.

Quiero ir al colegio, dice Valentino con el uniforme puesto y la mochila colgándole de los hombros. Su madre no responde. Duerme con la boca entreabierta, debajo de un antifaz de encaje. Valentino abre las cortinas para que entre luz. Hoy voy al colegio, repite. Le levanta el antifaz. Le abre un ojo con la punta del dedo índice y el pulgar. Su madre le agarra la muñeca. Todavía no, murmura. Hace una semana que no pisan la calle. Ella abandonó sus cursos, suspendió las clases de su pequeño ejército de masajistas y entrenadores. Nadie entra, nadie sale. La única que tiene contacto con el mundo es Irma.

 La ametrallan a preguntas en el momento en que cruza el umbral de la puerta: ¡¿Es verdad que Razzani ya no duerme en su casa?! ¡¿Hace cuántos días que se fue?! ¡¿Usted sabe dónde está?! ¡¿Por qué no sale de la casa el resto de la familia?! Irma se escuda detrás del carrito de compras de Armani que la señora trajo de Italia. ¡¿Es cierto que va a presentarse ante el juez la semana próxima?! No pestañea, no abre la boca, repite no sé una y mil veces con la humildad de una descamisada.

¿Querés saber de qué lo acusan? dice el mensaje que le deja Maia esa noche. Valentino escucha (quiere decir que no, pero no puede)... El silencio alcanza: Subversión-económica-agravada-asociación-ilícita-violación-de-la-ley-penal-tributaria. No tienen idea de lo que quiere decir, ni la que llama ni el que oye (pero ella no duerme en toda la noche, sabe que él está llorando).

Valentino no recuerda una vida sin Bruno. Estaba en la puerta de la clínica cuando él nació, en la puerta de la Iglesia en su bautismo, en la puerta del zoológico en la primera excursión del colegio. Bruno no se cansa de repetir que Razzani le dio todo lo que tiene (hasta una mujer). Antes de ser suyo era de su papá, uno de los tres hombres que los acompañaban en cada viaje. Un día se fue soltero (a Bangkok) y volvió casado. Me encremó desde la punta de la nariz hasta los dedos del pie, le contó Bruno, años después, cuando ya tenía a la tailandesa instalada en su casita de Moreno. El viaje fue un éxito: su padre volvió con un convenio firmado con la mayor fábrica automotriz del sudeste asiático; Bruno con una extraña (Jésica) que tardó una década en aprender español.

Se está blanqueando la piel, dice mientras maneja hacia al primer campo del destierro con Valentino en el asiento trasero, igual que Michael Jackson. Es moda entre las tailandesas: cambiar el amarillo por el blanco. Sacarse capas de piel, acercarse al hueso. Dice que extraña, que se siente sola. Bruno tiene un franco por semana, trabaja quince horas por día. En la casa tiene un altar del rey Bhumibol Adulyadej de Tailandia. Diez años atrás, llegó a Bangkok el día en que el único heredero (hombre) moría de sida en el Palacio Central. Tenía sesenta años, veinte menos que su padre, diez más que su hermana. La princesa Sirindhorn, radicada en Estados Unidos durante décadas por casarse con un productor de Hollywood, estaba a punto de dejar el destierro por la corona.

¡Ese puntito blanco! Bruno señala el horizonte de la cancha de golf... ¡¿Lo ves?! ¡Acelerá! Valentino agarra el volante con fuerza y le clava el pie al acelerador. Bordean el lago con alaridos. Un cady los saluda desde el agua, mientras rescata un par de pelotas perdidas. Ahí se iba a casar tu hermana. Del otro lado del lago unos peones terminan de desarmar el toldo blanco y el altar en los que unas noches atrás iba a festejarse la boda de Sonia. El punto se convierte en gigante, suelta el palo de golf y abre los brazos para abrazarlo. A veces es un poco bruto, piensa Valentino (sin aire), cuando se emociona lastima.

Nadie tiene que saber que estuviste acá ni que me viste. Valentino susurra (no te vi). Por eso le pedí a Bruno que te traiga. Sabía que podía confiar en vos. Y no aguantaba las ganas de verte. Si alguien te llega a molestar en el colegio vos decile a Bruno que él se encarga.

Al partido de rugby Valentino llega en helicóptero. Su padre le ordena a Bruno que lo prepare después de enterarse que en menos de una hora tiene un partido en el campo de deportes de Punta Chica. Interrumpen el primer tiempo para transformar la cancha de hockey en pista de aterrizaje. Una profesora ahuyenta a sus alumnas como moscas, las obliga a correr, las polleras aleteando, con alaridos histéricos por el monstruo metálico que se les viene encima. La única que se queda parada en medio de la cancha —el palo de hockey convertido en espada, la pelota en escudo— es Maia. Desde el aire Valentino la ve reírse.

Todos lo miran de otra forma a partir de ese día. Los del equipo contrario lo dejan meter siete trys. Son de un colegio católico de la Zona Norte, hijos del Opus Dei. Después de ver a Valentino saltar de su máquina alada ya no se animan a tocarlo, menos con Bruno corriendo al lado suyo del otro lado de la cancha.

Tranquilo, dijo su padre, para esconderme hay campos a mi nombre, y campos a nombre de otros.

Esa noche Valentino sueña con su padre cabalgando el oasis de mil hectáreas del Valle de Uco, uno de sus quince campos, el que limita con la precordillera: viñedos, frutales, peones y vacas, propiedad de la Corporación de los Andes. Es tuyo, Valentino, le dijo el último verano que pasaron juntos ahí (acariciando la crin de un pura sangre negro), hasta donde tus ojos puedan ver.

 

 

3

En el verano Sonia convence a Razzani de que es tiempo para la boda: ya no aparece en los diarios ni en la televisión. El juez que había pedido su cabeza está en la ruina, sospechado de todo por el aluvión de calumnias que le sacudió la vida después de que los gendarmes le sacudieran la casa a Razzani. El Cazador había exprimido el tema hasta quitarle el último punto de rating; el prófugo ya no medía (y qué son los principios sin éxito). La familia de Valentino viaja a Córdoba, al campo de turno en el exilio de Razzani (más vicio que necesidad a esta altura: le había tomado el gusto a manejarlo todo desde la periferia). De algo estaba seguro: el peligro de incendiarlo ya no pesaba más que la primicia, se había cruzado con periodistas en los sociales del círculo que no osaron dispararle con el flash.

En el helipuerto preparan el vehículo de la familia para que partan el 15 de diciembre. Al paparazzi que los sigue el primer tramo del camino Dino se encarga de disuadirlo en un semáforo: se acerca a su ventanilla para hablarle mientras Bruno anota su número de patente en una libretita que lleva a todas partes con él. Libres de lastre, entran al helipuerto cantando a voz en cuello una canción de Pipo Pescador, cada estrofa de Vamos de paseo coronada por tres bocinazos de Dino.

Desde el aire Bruno le señala su casa de Barrio Norte, el colegio y las casas de fin de semana que tienen en tres countries de la Zona Norte. Valentino lo interrumpe para preguntarle si ya pasaron por la cárcel en la que tendría que estar encerrado su papá. Tiene que gritarlo para que lo escuche por sobre el ruido de la hélice, y lo hace con tanta furia que por unos segundos todos dejan de hablar.

Sonia —esquelética gracias a la dieta de la luna, tostada después de meses de cama solar, con cejas de cinco pelos— trata de explicarle a su madre los motivos por los que quiere una boda intimista. Pero hace años que dejó de entender por qué hace cada cosa, sus balbuceos la dejan con la mirada perdida en el volcán de Tupungato, por el que sobrevuelan en ese mismo instante. Tranquila, la calma su madre, de nuestros cuatrocientos invitados trescientos son de compromiso, después del postre se van.

Entre viñedos y frutales, los autos cruzan la Ruta 40 en fila india, con la negrura polarizada y el protocolo de un cortejo fúnebre. Razzani los espera domando a un potrillo con la piel tostada, la clandestinidad lo tiene más saludable que décadas de ciudadanía ejemplar. Sus hijos corren hacia él con los brazos abiertos y alaridos de felicidad. Razzani se arrodilla para estrujarlos a todos en un mismo abrazo. Vestido como un peón, pero con ropa de marca.

Irma lo tuvo de grande, se fue a Paraguay a parirlo. Lo dejó en Asunción para que lo criara la abuela. Nunca les habló de él, ni a Juana ni a Valentino. Cuando Razzani se la llevó al campo de Mendoza le pidió que la dejara traerlo (no pidió, dijo: quiero traerlo). Llegó a mediados de noviembre, hablando más guaraní que español. Valentino lo encuentra jugando en su casa del árbol, detrás de una bandera (roja, azul y blanca) que pegó en la puerta. La arranca sin una pizca de respeto (no es la de Estados Unidos) y abre la puerta de una patada. Alcanza a ver a un chico de su misma edad que salta por la ventana y de ahí a la tierra agarrándose de rama en rama como un mandril. Cruza el campo en diagonal, más rápido que una liebre.

Los payaguás, los guaycurúes, los m'bayá, los abipones, los mocovíes, los chiriguanos, piensa el hijo de Irma mientras corre (sin saber por qué).

Los primeros en llegar son los organizadores y el toldo, kilómetros de blancura que en pocas horas enfundan un cuarto de la cancha de golf, con pisos de cedro desmontable y una estructura tan firme que ni el Apocalipsis podría derribar. Sonia mira la pequeña capilla familiar adornada de rosas blancas. Estoy salvada, piensa. Tiene veintinueve años, si el casamiento se atrasaba un mes más entraba a los treinta soltera.

Encerrada en el baño vomita todo lo que lleva adentro. Se queda arrodillada en un rincón, mirándose las uñas lastimadas. Le quema la garganta. Asqueada por un parpadeo de lucidez de la vorágine perfecta que es su vida.

Las uvas empiezan a pudrirse por la ola de calor que ese año castiga hasta los oasis mendocinos. Las ciruelas hacen que los mosaicos amanezcan manchados, con racimos de moscas empalagadas encima de cada fruta y un olor rancio que tiene a las gatas siamesas quemándose las lenguas contra el mármol ardiente. No va a haber forma de disimular este olor en la fiesta, dice Sonia, embadurnándose el escote con Hawaiian Tropic. Acostado a su lado en la reposera de pinotea, Valentino asiente intoxicado por el olor a coco que lo tiene apretando la entrepierna. Ni el olor ni la transpiración. Nada destroza más rápido el glamour que las frentes brillosas.

Desde el agua, con Juana acaramelada en sus brazos, Razzani sonríe mirando el estado de lánguida calentura de su hijo. Siente más que nunca lo efímero que son estos instantes de paz. Recibió la primera amenaza dos noches después de irse. Los que llamaban no lo querían preso ni exiliado. Decile a Irma que mande a arrancar todas las frutas hoy mismo, dice, un día sin que se pudra nada y olor de los jazmines tapa todo.

Las cinco posadas del pueblo de Tupungato empiezan a poblarse la noche anterior a la boda. Durante semanas los invitados se habían sacado los ojos por la jerarquía de los cuartos (la distribución lo decía todo). Un metro más, uno menos, la vista al frente o al fondo... los detalles hablaban del lugar que cada invitado ocupaba en el círculo. Hubo quienes viajaron al amanecer del mismo día de la boda (Prefiero una maratón antes que pasar vergüenza, le dijo una señora a otra en la fila de migraciones de Aeroparque). Una docena de periodistas allegados a Razzani y el entorno aceptaron el trueque: había una única persona que no podía estar en las fotos.

Por prudencia, a último momento Razzani decide no ir a la capilla del pueblo. Espera del otro lado de la puerta en la que el diseñador, la peluquera y la maquilladora terminan de adornar el cuerpo anoréxico de su hija. La abraza y —esquivando los rulos y la máscara de maquillaje— le susurra una bendición al oído. El rumor ya corre entre los invitados que sacuden el polvo de sus vestidos en Tupungato: la injusticia de que el padre no pueda llevar a su hija hasta el altar. Si hasta ese día Razzani es víctima de un juez mesiánico, ahora su reclusión lo empuja a las alturas de la santidad.

Valentino ve la despedida parado al lado del auto de Dino. El frac diminuto —hecho a medida—, la faja y los zapatos ortopédicos lo tienen encorsetado, respirando como un asmático. Razzani le pega unas palmaditas en la nuca. Lo vas a hacer mejor que yo. Valentino quiere decir que sí pero no puede, tan aterrorizado por tener que ocupar el lugar de su padre que no le sale ni un suspiro.

Sonia no le suelta la mano en los veinte minutos que dura el viaje a la iglesia. Tiene los ojos cerrados, la mandíbula apretada. Valentino la mira todo el trayecto: trata de memorizar su perfil antes de que el novio le arranque a su hermana para siempre. Lindo día, dice Dino, con una mano en el volante y la otra en la entrepierna. Bruno sonríe con la mirada clavada en la ruta.

Pirañas, dice Razzani, son pirañas. Paraguay asiente, aunque nunca en su vida vio una. Casi no respira desde que vio a Razzani entrar a la cocina, donde Irma lo dejó sentado frente a un vaso de leche con la orden de que no se mueva de ahí hasta que ella vuelva de la iglesia. Paparazzis, fotógrafos, periodistas, y la gente que se alimenta de lo que ellos le regalan. Por el ventanal que da al jardín ve el ejército de empleados que ultiman detalles para la boda. Entra a la cocina y se sirve un vaso de whisky. ¿Sabes qué hizo mi familia? Se sienta frente a Paraguay. Que millones de personas sueñen con una vida excitante durante décadas... ¿Vos sabés quién era Onassis? A modo de respuesta Paraguay arquea las cejas, la cabeza atornillada al cuerpo como un bloque de cemento.

Vengan a buscarme cuando esté todo listo. Valentino obedece la orden de su hermana en silencio. Baja del auto y cruza los diez metros hasta la puerta de la iglesia pateando una piedrita. Esquiva las miradas de los invitados, periodistas y curiosos. Bruno detiene a dos fotógrafos que lo apuntan con sus cámaras. Algo le huele mal desde el instante en que ve un par de caras conocidas: empleados de una de las últimas empresas que quebró Razzani.

Existió un hombre que se llamó Aristóteles Onassis. Vivió en un siglo en el que viejas ideologías murieron para que otras nacieran. Un siglo que derrumbó imperios y separó al mundo entre Oriente y Occidente. El siglo del consumismo, del star system, de la tecnología; de las curas a enfermedades mortales, del trasplante de corazón, de las arterias y el sexo; siglo en el que el hombre inventó la bomba atómica, partió el átomo, conquistó el espacio y caminó en la Luna. Sin ser un político ni un héroe ni un artista ni un campeón ni un astronauta ni un inventor, nunca antes un hombre griego acaparó así la atención de la prensa mundial... Fueron ellos los que inventaron la leyenda del círculo de Onassis: los casamientos, las muertes y los romances de su familia fueron festines para los paparazzis. Los canales de televisión y los diarios sacrificaron fortunas exorbitantes, chartearon aviones y helicópteros a cualquier rincón del mundo con tal de asegurarse una exclusiva que alimentara a sus audiencias... Semanas antes de que el viejo Onassis muriera un periodista muy joven le hizo una nota. Cuando terminó, apagó el grabador y le preguntó —suplicó que confesara— cómo había hecho su fortuna. Onassis se dio vuelta y señaló una silla. “¿Ve esa silla?” El periodista tuvo que girar para mirarla. Asintió. “Yo la vi primero”, dijo Onassis. El periodista era demasiado joven para entender que le había regalado la clave de cualquier fortuna.

En la capilla no entra una persona más, ni sentada ni de pie. El coro de niños del Valle de Uco canta el Ave María vestido con túnicas blancas. Sus padres espían por las ventanas: no miran a sus hijos, miran a la aristocracia de la capital salpicada de nuevos ricos. Bruno esquiva a un par de nenas que corretean en la puerta a punto de encabezar el cortejo. Camina hacia el auto de Dino, listo para acompañar a Sonia hasta la puerta de la iglesia. Se detiene a pocos metros, al verlo montado como un cuervo encima de tanta blancura. Tres pasos después, a través del vidrio polarizado, ve la sonrisa de Sonia: gime abrazada al cuello del alemán, olvidándolo todo —maquillaje, peinado, vestido—, capaz de revolcarse en la zanja que está a la izquierda del auto con tal de que él no se detenga.

Abre la puerta del auto cinco minutos después, más tranquila que en años. Bruno le ofrece el brazo para acompañarla hasta la puerta de la Iglesia. Hasta su olor era otro, el zarandeo le había arrancado la frigidez. Al verla entrar a la iglesia del brazo de Valentino todos murmuran lo mismo: nunca la vieron tan radiante. El recuerdo de la violencia con la que la había tratado el alemán la hizo caminar hacia el altar levitando como una santa.

Tuvo un ataque de pánico, le dice un guardaespaldas al otro exhalando una bocanada de humo en la puerta de la iglesia (mientras adentro los casaban), la tuve que ablandar un poco.

Era el secreto de Onassis: verla antes. A mí me pasó toda la vida. Ahora mismo cierro los ojos y puedo decirte lo que está a punto de pasar, ¿por qué creés que insistí para que se case acá adentro? Acá yo controlo quién entra y quién sale. Le puedo revisar el bolso hasta al cura. Pero no, ella quería su iglesia, aunque ahí afuera pueda pasar cualquier cosa. Se está ahogando, Paraguay, desde que vive en el Valle de Uco le falta el aire, no sabe qué es la nostalgia pero la siente; extraña todo: mirar a los ojos, hablar en guaraní, dormir sin miedo, más que nada dormir sin miedo... ¿Qué culpa tiene ella de quién soy yo? ¿Qué culpa tiene Valentino? ¿Qué culpa tiene Juana? ¿Qué culpa tenés vos? Sonia necesita estar guardada, dice antes de terminar su whisky de un trago, tener a mi nieto tranquila... ¿Vos sabés dónde queda Punta del Este?

Mezclada con la lluvia de arroz viene la lluvia de huevos. Destinados a la cabeza de Razzani, al no encontrar al padre le apuntan a la hija. Los proyectiles gastronómicos dejan a los novios y gran parte de los invitados pegoteados, antes de alcanzar a atrincherarse dentro de la capilla. Sonia tiene un ataque de risa y un ataque de llanto que se suceden —a intervalos— en los quince minutos que tarda en llegar la policía para llevarse a los rebeldes.

¿Sabés qué es el Lejano Oeste? ¿El desierto, los cowboys, los indios? Paraguay dice que sí, aunque tiene ganas de llorar. En esa época había fuertes para los blancos y desierto para los indios. Hoy es más o menos igual.

Hay un momento de pánico. Un parpadeo en el que todos maldicen estar ahí (hasta Sonia) atrincherados en una capilla polvorienta de una provincia cualquiera. Pero al instante tanta clara y tanta yema esparcida en trajes y vestidos los hermana. Después de todo asistir a la boda de la hija de un prófugo no es delito.

En el viaje de regreso a la estancia Irma se encarga de fregar cada salpicadura del vestido de Sonia. Una prima platinada —conductora de un programa de chimentos— va cacareando para que vuelva a reinar la calma. Lo importante es que hablen, bien o mal pero que hablen. Es una idiota magnética, capaz de cautivar al país entero con sus naderías. Saca un espejito de la cartera y se acomoda las extensiones zigzagueantes como culebritas albinas. Sabés que es verdad lo que me dijo una entrevistada: la fama te va aclarando el pelo.

Entran a la estancia como sobrevivientes de una batalla. En la puerta reforzaron la seguridad, revisan hasta los baúles del auto para evitar el contrabando de paparazzis. Los únicos fotógrafos y periodistas que entran al fortín mendocino son aliados de años para quienes Razzani no va a estar en esa boda (ni en sus fotos) aunque brinden con él entre toma y toma. Cuando los novios hacen su entrada en una carroza bañada en pétalos blancos el incidente de Tupungato ha sido ahogado en champagne.

Razzani abraza a cada miembro del círculo con la emoción de un resucitado. Todos tienen algo para decir, un arco que va del pésame por el destierro que lo tiene saltando de un campo a otro a la indignación por la montaña de injurias con la que muchos pretendieron destrozar su nombre los últimos meses. Para evitar explicaciones se dedica a beber y a bailar. Caminar en la cornisa (con el helicóptero listo en medio del campo de golf en caso de que un allanamiento lo obligara a desvanecerse) lo impulsa a disfrutar de cada copa como si fuera la última. Después de la luna de miel se van a vivir a Punta del Este, le susurra a su hija al oído mientras bailan un lento, desde hoy la casa frente a La Brava es tuya.

  • Lucía Puenzo
    Puenzo, Lucía

    Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1976) escritora, directora y guionista de cine argentina. Su primera novela, El niño pez, fue publicada en el año 2004; cinco años más tarde la adaptó al cine. En el año 2007, su filme XXY obtuvo más de veinte premios internacionales, entre ellos el "Grand Prix de la Semana de la Crítica" en el Festival de Cannes.

    En literatura, a El niño pez le siguió Nueve minutos (2005), La maldición de Jacinta Pichimahuida, (2007) y La furia de la langosta, (2009), que han sido traducidas a varios idiomas.

    Obra:

    El niño pez, Beatriz Viterbo, Buenos Aires, 2004 (Emecé/Planeta 2013)

    Nueve minutos, Beatriz Viterbo, Buenos Aires, 2005 (Emecé/Planeta 2013)

    La maldición de Jacinta Pichimahuida, Interzona, Buenos Aires, 2007 (Emecé/Planeta 2013)

    La furia de la langosta, Mondadori, Buenos Aires, 2009 (España: Duomo Ediciones, 2013)

    Wakolda, Emecé/Planeta, 2011.

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