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Año 3 #29 Marzo 2017

Un tiempo muy corto, un largo silencio

La muchacha del quinto y su acompañante alto y buen mozo apagan la lámpara de pie y se sientan delante de la pantalla del televisor. Se abrazan. Él besa a la muchacha en el cuello y la mano de la muchacha se posa en la bragueta de él. Queda ahí, como una mancha, iluminada por la parpadeante luz del televisor.

Un tiempo muy corto, un largo silencio

De Cuentos escogidos, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2000.

Me parece que disfruto de un buen momento. La muchacha del quinto piso se depila las cejas, pasea un espejo de mano por su perfil derecho y, después, por el izquierdo; alza el mentón, lo baja; acerca su cara a una lámpara de pie. Se sienta, ahora, en una cama de patas gruesas y cortas, y me permite que vea sus muslos largos y blancos.
La muchacha mira a su alrededor: estira una mano y levanta, de la mesa de luz, un paquete de cigarrillos.
Acecho, a veces, desde esta platea alta y a oscuras, la actuación muda de esa chica: me distrae.
Golpean en la puerta del departamento, prendo la luz. Miro: mirada rápida, circular, profesional. Todo en orden: los diarios de la mañana y los vespertinos, apilados sobre la mesa; la máquina de escribir con su funda negra; el block de hojas manifold; los sobres de vía aérea; el Larousse ilustrado; Hammett y Chandler completos en el estante que clavé sobre el bargueño, y el botellón de coñac sobre la tapa del bargueño.
Abro la puerta del departamento: Carlos.

—Le pega.

—Ahhh... Y mami, ¿qué hace?

—Se ríe.

Está allí, el pelo rubio tocado por la pálida luz del pasillo, delgado y más alto que sus once años de edad.

—Pasá —le digo.

Él entra al departamento, mira el bargueño, el sable bayoneta y las boleadoras colgados de la pared en la que se apoya el bargueño, y una reproducción de Lautrec, y camina hasta el dormitorio.

Los pechos de la muchacha del quinto son pequeños y duros, seguramente. Pero yo los veo flojos bajo la blusa blanca. La muchacha alza su cara y sonríe: un tipo alto y buen mozo le besa la nuca.

—¿Aquí vivís vos? —pregunta Carlos.

—Sí.

Carlos contempla los caireles de la araña que cuelga del techo del dormitorio, las lámparas sin pantalla, y dice:

—No me gusta.

—A mí tampoco —le contesto.

—Sacala.

—¿Para qué? Esa araña estaba cuando alquilé el departamento. No me molesta. No la miro y no me molesta.

La muchacha usa unos anteojos que le comen la cara; ella y su acompañante alto y buen mozo están sentados en la cama. El acompañante de la muchacha le acaricia las rodillas y le acerca su boca al oído. La muchacha ríe. Una de las manos del acompañante de la muchacha sube entre los muslos apretados de la muchacha que, todavía, ríe.

—Te lastimaste el pie —dice Carlos—. Ella me avisó.

—Me torcí el tobillo; iba a cruzar la calle para comprar unas empanadas, pisé mal, y me torcí el tobillo.

—¿Te arreglás solo?

—Cuando me aburro, escucho la radio.

—¿Y pudiste comer las empanadas con el tobillo torcido?

—Me olvidé de la torcedura del tobillo con unos vasos de vino.

—¿Rezas, de noche, para curarte pronto el tobillo?

—¿Rezar?... No... Bueno: no se me ocurrió.

—Ella me dijo que si uno está enfermo, y cree que, si reza, se cura, debe rezar.

—Te dijo que recés para curarte de... no sé... ¿un resfrío?

—Sí.

—Oh...

—Yo voy a rezar para que se te cure el tobillo.

—Gracias, hijo.

La muchacha está en la cocina o en alguna otra parte del departamento que ocupa en el quinto piso; su acompañante, el buen mozo, sentado en la cama, habla. Hojea un libro y habla. No escucho lo que dice, pero la muchacha debe ser maestra o estudiante de medicina o farmacéutica. Hace un par de semanas nos encontramos en el ascensor, y ella vestía un guardapolvo blanco.

—¿Por qué hacés eso? —me pregunta Carlos.

—Son muecas, apenas. Las hago para saber que puedo ser otro.

—¿Te gusta hacer muecas?

—Inmuniza contra la tristeza.

—¿Siempre hacés muecas?

—Cuando me afeito.

—Y te reís.

—Me río. Digo: fíjense en ese payaso. Y ese payaso trabaja para mí, en el espejo.

—Pero ese payaso sos vos.

—Uno se divide en dos.

—¿Y si yo muevo los ojos así?

—Formidable Carlitos. Te aseguro que nunca vi nada igual.

—¿Tendría que afeitarme?

—No, no es necesario... Pero cuando te laves los dientes, antes de ir al colegio...

—¿Y si ella me ve?

—Lo que importa —le digo a Carlos— es que vos encuentres al payaso en el espejo. Las muecas sirven para que no se te borre la cara.

—¿Si uno no hace muecas se le borra la cara?

—No lo sé, pero si yo hubiera pasado cuarenta años con la misma cara en el espejo, ya estaría muerto de aburrimiento.

Carlos se detiene frente a las fotos de Greta Garbo, de Brecht, de Marilyn. La radio funciona: Laurel y Hardy, puesto treinta y cinco en el ránking de los Estados Unidos. Y en ascenso.

—Estudio guitarra —dice Carlos.

—Es un hermoso instrumento.

El acompañante de la muchacha del quinto dibuja flores de anchos pétalos en una tira de papel, extendida sobre la mesa de luz. Y escribe letras, con empeño. Mira las flores y las letras grandes y de imprenta, y pega la hoja, en el respaldo de la cama, con cinta dúrex.

—Ella dijo que si vos volvieras... Después lloró, como esa vez que fuimos al restorán, y ella se peleó con tus amigas.

—No lloró. Mami, esa vez, no lloró.

—Lloró y se enfermó. Se metió en la cama y se enfermó. Y me pidió que la perdonara, que sus nervios tenían la culpa de lo que pasó, y dijo que no se iba a pelear nunca más con tus amigas.

—¿Y vos la perdonaste?

—Sí. Y le dije que, por favor, dejara de llorar; que yo la quiero. Ella dijo que sí, y que me adora, y que no la deje sola.

—¿Tenés hambre, hijo?

—Él le pega, papá.

—Ya me lo dijiste, muchacho.

—¿Le digo a él que vos decís que se vaya?

—No, Carlos. Si necesitara decir eso, se lo diría yo mismo.

La muchacha del quinto y su acompañante alto y buen mozo apagan la lámpara de pie y se sientan delante de la pantalla del televisor.

La muchacha y su acompañante se abrazan. Él besa a la muchacha en el cuello. La mano de la muchacha se posa en la bragueta de su acompañante. La mano de la muchacha queda ahí, como una mancha, iluminada por la parpadeante luz del televisor.

—...Le pregunté si te quería, y ella dijo sí. Y a él lo querés, le pregunté. También, dijo ella. A los dos, les pregunté. Cuando seas grande, vas a entender, dijo ella. No quiero entender, dije yo.

Carlos mira las gafas negras de Greta Garbo, el rictus inviolable de sus labios, y dice:

—Me anoté para aprender yudo.

—Yudo, ¿eh? Leí, en algún lado, que es un deporte dialéctico... ¿Y para qué vas a aprender yudo?

—Para defenderlo al Jorge.

—Y a vos, ¿quién te defiende?

—A mí nadie me pega.

Carlos aparta mi brazo de sus hombros y se acerca a la mesa. Golpea una tecla en la máquina de escribir. Otra. Y otra. Y escucha.

—Una Corona no es una guitarra —digo.

—No —sonríe Carlos.

—No —digo yo—. Una Corona no es una guitarra.

—Papá...

—Sí.

—Volvé.

—No... Soy tu amigo, Carlos. Y hay cosas que un amigo no le hace a otro amigo. Volver sería una de esas cosas que un amigo no debe hacer a otro amigo.

Carlos se queda allí, en el centro de la habitación, entre el sable bayoneta y la ventana, midiéndome.

—Rengueás —dice Carlos.

—El tobillo. Pronto voy a estar bien.

—Me voy —dice Carlos.

Acompaño a Carlos hasta el pasillo y llamo el ascensor. El ascensor llega, se detiene, y Carlos abre sus dos puertas.

—Buenas noches, papá —dice Carlos, la cara pálida y más inescrutable que sus once años.

—Buenas noches, hijo.

El ascensor desciende con un zumbido opaco. Cierro la puerta del departamento.

Mañana vendrán la hoja de afeitar rastrillando mi barba de dos días, las previstas muecas en el espejo, el café del desayuno, el primer cigarrillo del día, una mirada a la ventana de la muchacha del quinto, el tecleo de la Corona, baires, agosto 28. Diarios hácense eco de agravamiento situación económica del país. Stop.

Me palpo el tobillo. La inflamación se redujo: no hay como los baños de agua y sal para las torceduras de tobillo.

  • Andrés Rivera
    Rivera, Andrés

    Andrés Rivera (Buenos Aires, 1928) es hijo de inmigrantes, se desempeñó sucesivamente como obrero textil y periodista. Marcos Ribak (su verdadero nombre) comenzó a escribir a finales de los años cincuenta, etapa que dio origen a obras como El precio (1957), Los que no mueren (1959), Sol de sábado (1962) y Cita (1965). Este primer momento de su creación literaria se enmarca dentro del compromiso militante que sostenía en el Partido Comunista, al que se afilió en 1945 y del que fue expulsado en 1964.

    En 1972 publica Ajustes de cuentas, colección de cuentos cuya construcción narrativa lleva la impronta de la novela negra a la manera de Chandler o Hammet, autores admirados por Rivera. Los diez años posteriores a este libro fueron un paréntesis de silencio en la carrera del escritor que le permitieron acercarse a grandes autores que, según sus propias palabras, no leía por prejuicio.

    Con Una lectura de historia, en 1982, Rivera inaugura una segunda etapa en la que lo dicho es tan importante como lo que se omite a través de un lenguaje lacerante y despojado de afectación.

    En muchas de sus obras, como en la colección de cuentos que integran Mitteleuropa (1993), el elemento histórico actúa como escenario para los personajes que vacilan y desean en un marco de exilios, guerras y luchas de poder.

    Prefiere escribir por las mañanas, en cuadernos y con una lapicera de buen trazo, relee y corrige una y otra vez los manuscritos. Ha dicho en diversas oportunidades que para él existen dos tipos de escritores: los que quieren ser escritores y los que quieren escribir.

    Fue reconocido con distintos premios. En 1985, obtuvo el Segundo Premio Municipal de Novela con En esta dulce tierra; en 1992, recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela La revolución es un sueño eterno; en 1993, la Fundación El Libro distinguió La sierva como el mejor libro publicado en 1992, y El verdugo en el umbral obtuvo el Premio Club de los XIII 1995.

    Su obra El Farmer, publicada en 1996, sitúa a Rivera entre los autores más reconocidos por el público y la crítica. Un año más tarde publica Nada que perder, y en 1998 el volumen de cuentos La lenta velocidad del coraje. Dentro de sus últimas obras se encuentran El profundo surTierra de exilio y Hay que matar.