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Año 3 #27 Enero 2017

Despelote a la hora del balance

Humor desopilante en un texto vibrante: ha pasado el rugido de la orquesta, Beethoven hace silencio, apenas se escucha el clarinete y eructa un elefante o los “seis kilos colgándome de los testículos”

Despelote a la hora del balance

Fue como si de pronto, en el pianissimo del coro de la Novena Sinfonía entrara un elefante y eructara. Hubo, inmediatamente después, los consabidos chillidos histéricos de las dactilógrafas, los héroes de turno con la tranquilidad de que no pasa nada, mientras las altas esferas y las superestructuras adoptaban poses un tanto ridículas de augustos sacerdotes a quienes les tocan el trasero en mitad del ritual.

I

Porque en verdad os digo que era el 30 de junio, a las 16.51 de un viernes, a 70 metros de la Plaza de Mayo, ya que tiene su importancia trabajar tan cerca de la Plaza de Mayo, mudo testigo de la historia que si no las cosas que diría, y de días gloriosos, aunque dudo que dentro de cien años el almacenero apoye un cuadrito sobre la botella de Sello Verde, donde se vea la Plaza, llena de gente absorta, abajo diga 30 de junio y, encaramado en la Pirámide, un tipo gritando y haciendo muecas 70 metros al sur, mientras por la ventana asoman los sumos sacerdotes del seguro general, meneando las cabezas y diciendo pobre, pobrecito, quién lo hubiera pensado.

Porque a las 16.50 del mencionado día vino el contador y me dijo:

—¿Tiene a Fernández?

Bueno, no sé a quién le puede importar la historia de Enrique T. Fernández, primer magistrado de la tasación, ministro plenipotenciario de los daños contra terceros, última instancia del seguro de automotores, fantasma de mi vida, numen de mi enajenación, sin contar, además, con que se la quiere levantar a Teresa, la de accidentes del trabajo, mientras yo tengo que mirar con un ojo las galletitas que le lleva y descifrar conversaciones como los sordomudos, y con el otro controlar el saldo de Fernández, código 230, que siempre sale con una estrellita porque está bien, y no sólo eso sino que ese mes cobra no sé cuántas veces mi sueldo en comisiones que parece Henry Ford.

 

II

Pero ya decía yo que había algo de premonitorio en eso de trabajar cerca del Cabildo, ya que otra vez sus muros iban a atestiguar un nuevo hito de la historia argentina y otra vez la vieja señora, que también afortunadamente es muda, sería testigo ocular del hecho histórico, porque el contador me preguntó:

—¿Tiene a Fernández?

Y yo le dije:

—Sí, lo tengo, lo tengo como una pesa de seis kilos colgándome de los testículos, como un forúnculo en la próstata. Sí, lo tengo.

Y enseguida grité y fue como si en el pianissimo eructara el elefante. Claro, no fue el grito de espanto después que se abre la puerta y aparece el cuarto asesinado de la película con los ojos abiertos; no, era un grito de expectorar Fernández, de estornudar sellados de ley, de eructar saldos, de evacuar cocientes de primas intransferibles.

 

III

Y fue entonces, a las 13.05 del día señalado, que el crustáceo me dijo:

—Hoy es un día clave, cerramos el balance. No se olvide. Empiece por Fernández, porque si le cuadra, lo demás lo hace rápido. Y si puede, mañana venga más temprano.

Y yo me dije a qué hora querés que venga, enano de mierda, que te vas a morfar a la casa de Fernández porque algún yeite tenés con él. Y se va con ese ademán de patriarca de las finanzas menores, que si precisás guita sacás toda la que querés porque nadie te controla, pero yo te la pido y me endilgás el sermón de la montaña: "Pero usted ¿qué hace con la plata?" y al final aflojás para que yo piense que sos un gran tipo y que no merecés ser contador. Y ahora, guacho, como me viste cara de pedir otro vale, como viste que hoy fiché a las 11.35 y eso lo hago únicamente cuando ando seco, entonces me pedís que empiece con Fernández que, me juego la cabeza, se la pasó al cuarto a su señora.

Entonces, agarro las 34 fichas del macho cabrío, 34 de los dos lados, todas llenadas por mí en la Remington Foremost, monstruo inventado exclusivamente para mí, miles de veces código 230, pienso que necesito 2.000 para mañana, 400 de hotel, 500 de cena porque esta mina morfa como un caballo después de hacer el amor, como 200 de taxi porque vive en Soldati y a esa hora le da miedo, y el resto para el domingo, y el lunes ¿cómo andás de guita, Pérez? Y esa cara de dejate de joder, ¿cómo querés que ande? que pone Pérez.

 

IV

Y entonces, Fernández, cuando el mundo desaparece, los metales se evapo­ran, se funden las rocas, el universo se retrae sobre sí mismo buscando su propio infinito seno, el globo terráqueo es un alfajor de maicena que dios aprieta en su mano a 15.000 kms de altura, se desvanece el ruido, los sonidos devienen abstractos y la nada se enseñorea en el tiempo y en el espacio, entonces, solamente entonces, quedamos vos, yo y tus 34 fichas de pro­ducción. Y la Divisumma empieza su coreografía de nuevos saldos, la melopea infinita de circuitos, el ritmo inconmensurable de sumas y números, mientras te veo, turro, chamuyártela a Teresa, que de vez en cuando me mira pero yo sé qué querés, querés invitarme a cenar, tu vieja romperse el alma y gastar un kilo de guita en mariscos y tu viejo hablarme de la política del 30 y el Peludo, lo macho que era el Peludo, y después vamos a ver la Tele porque viene la familia Falcón, que la hermana parece que va a tener un nene pero no, menos mal, todo era un malentendido y la madre le dice perdón cómo pude pensar eso de vos y el padre casi llora y tu hermanito me va a mirar diciéndome con los ojos flor de turro sos vos te querés encamar con mi hermana y después largar.

Entonces la Olivetti se para, miro el saldo y me da cualquier cosa menos los 115.348,20 que me tiene que dar. La única alternativa, lo sé, es mirar en el bibliorato de febrero y chequear, quiero morirme, chequear como 330 pases, uno por uno, y dónde carajo está el bibliorato de febrero. Juguete del destino que es uno, el bibliorato de febrero está sobre la mesa de Teresa, y allá voy, y no me cargués, Fernández, no me cargués porque te pateo la cabeza. El guacho está al lado de ella hablando de una póliza de accidentes de él que ojalá tengan que pagártela mañana mismo, pero a mí no me engrupe porque sé que quiere encamarse con ella. Me saluda a lo amabilísimo canchero, qué tal, cómo va eso, y no le doy la respuesta lógica porque Teresa se pondría a llorar porque sabe que en el fondo soy bueno y si digo malas palabras es porque soy así de nervioso algunas veces. Y me voy a cuestas con el bibliorato de febrero, la mirada de Teresa y la cara de Fernández.

Y me asalta, de pronto, la conclusión definitiva: si a las 16.40 tengo todavía que resolver febrero, Dios mío, que es el mes que más produjo la bestia, y la diferencia es tan absurda como seguir sentado allí, cuando todavía, se proyecta en mi mente el bigote de Fernández, catorce pelos por banda, corbata cajetilla a ultranza, firma laboriosamente concretada en el recibo de caja, mirada de galán recio que prodiga a Teresa cada vez que entra, y si todavía tendré que averiguar el paradero de no sé cuántas diferencias y los números ya, ya, interpretan su danza macabra, títeres que se me van de las manos, cifras ininteligibles que esa noche no me van a dejar dormir, y sigo sentado allí y necesito 2.000 mangos, entonces chequeo la póliza 12.506 del 23/2, pero no es y aspiro profundamente, retengo el diafragma, exhalo y retorno a mi mísera condición humana. Busco la póliza 12.531, 3.500 de prima, y mejor que le diga ahora al enano que necesito los 2.000; no sea que se le dé por cerrar la caja temprano. Dejo a la Divisumma en una prolongada aria de dividir por 12,05 de impuestos, y entro a la caja. Los dos alcahuetes del enano están en la estratósfera, metidos en una ensalada de billetes que si les pregunto algo me putean. Agarro una ficha para hacer pinta porque la búsqueda es por los recintos sagrados, no sea que salga el gordo y me pregunte qué hago por ahí. Mientras ondeo la ficha como pabellón conquistado al enemigo, le pregunto a María Luisa si vio al contador por allí y en medio de ciertos gestos no acompañados de explicaciones vanas pienso que el gordo tiene cara de gil pero que en eso de elegir secretarias está bastante avivado.

En la puerta del baño, el chirrido del agua que cae sobre los mingitorios me engaña por un momento y espero descubrir al enano detrás del mármol. Avisoro el horizonte inmediato sin descubrirlo, y mis ojos caen a plomo sobre el coloquio en accidentes del trabajo, mientras los dos parecen buscar la famosa póliza y pienso que el accidente de trabajo lo vas a tener vos, Teresa, buscá donde dice cuánto pagan por himeneo involuntario, si es que ya no cobraste indemnización por ese rubro. Fernández me mira y me dan ganas de hacer un bollo con sus 34 fichas y metérselas en el culo, a presión o a patadas, y él sonríe como si entendiera. Pero tengo que seguir buscando al molusco y pienso que a lo mejor se fue y no vuelve, a ver si hubo lío en la Superintendencia y lo llamaron. Tengo miedo, adiós mina, cena, todo. Miro el reloj: las 16.40. ¿Dónde estás contador de mi alma, querube de mi cielo, dónde te metiste, degenerado?

Me siento como un autómata y las 34 fichas me esperan, mientras yo estaba ausente no entraron ladrones y se las llevaron, no, están allí y todas las veces que levanto la cabeza ahí estás vos, Teresa, mirándome, y me entran escalofríos, una especie de fiebre amarilla cuantitativa, y cuando vuelvo a mirar el reloj, escucho a mis espaldas la voz de mi amo, atravesando dudas, demoliendo tristezas.

Y se lo digo, mientras hago la mise en scène de que a Fernández lo tengo ya en abril y el martes o miércoles cuadro su balance. El gusano transmisor de enfermedades tropicales me escucha atentamente y de pronto, cuando termino casi llorando porque se me muere toda la familia si no me da las 2 lucas, me parece que se empequeñece todavía más, se minimiza o, no sé, a lo mejor adquiere dimensiones ciclópeas, porque me comenta, en tono de amante después del primer coito largamente trabajado, que la gerencia ha dado orden de no dar más vales y que hoy tenemos arqueo de caja y plata mía no tengo y gracias a Dios que ayer casi saco para mí, mire el lío que se me podía armar.

 

V

Y entonces, sin darse cuenta que me estoy transfigurando, me pregunta así como al pasar, mientras Teresa se ríe como una estúpida y Fernández la mira poseyéndola: "¿Lo tiene a Fernández?”.

  • Bernardo Jobson
    Jobson, Bernardo

    Bernardo Jobson (Vera, provincia de Santa Fe, 1928-Buenos Aires, 1986) fue periodista en los diarios La Opinión y Tiempo Argentino entre otros, traductor y redactor publicitario. Escribió los libros Memorias de un soldado raso y Veinticinco watts, aunque los originales se extraviaron, por lo que estos se consideran irrecuperables; lo mismo sucedió con El carnet de Dios, el guión de una de sus obras de teatro inéditas, y la recopilación de notas humorísticas Diccionario enciclopédico argentino. Fue miembro de las revistas El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco. El fideo más largo del mundo (Buenos Aires, 1972) es su único libro publicado.