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Año 3 #26 Diciembre 2016

Un asesino de Cristo

La mamá no era católica pero obtuvo, para él, una plaza en las listas de hijos de obreros que conocerían el mar. Claro que todo tiene un precio. (¿Cuánto vale conocer el mar?)

Un asesino de Cristo

De Cuentos escogidos. Editorial Alfaguara. Buenos Aires, 2000.

Crecí entre rápidas mudanzas de un inquilinato a otro, y repentinas apariciones de un médico alto, probablemente encorvado, y de anteojos, que me palpaba el pecho con unos dedos largos y fríos, y me limpiaba, de la frente y el cuerpo, el sudor de la fiebre, y me miraba como si yo fuese algo que ponía a prueba su ilimitada paciencia y su cansancio.

Ese hombre alto y encorvado abría su maletín y dejaba caer, en manos de mamá, dos, tres frascos con tabletas o jarabes espesos, y susurraba unas pocas palabras, y después, incrédulo y acongojado, se levantaba el cuello del sobretodo, y salía a la noche.

Nos mudábamos, mamá, papá y yo, y los ajados muebles que les regalaron los compañeros del sindicato el mediodía que mamá y papá se fueron a vivir juntos. Los sindicatos, en opinión de inefables voceros de la ley, eran cuevas de anarquistas, rojos y extranjeros errantes y desagradecidos y, entonces, con ominosa regularidad, se sucedían las irrupciones de hombres altos y morochos, de sombreros negros de ala gacha, en casas de vastos patios y parras viejas y retorcidas, y galerías de zinc, que Buenos Aires demolió, procaz y despiadada.

Yo, un chico con la salud recuperada o convaleciente de una enfermedad sin diagnóstico puntual, parado en el umbral de la pieza que alquilábamos en una de esas casas de habitaciones pródigas en murmullos y secretos de cópula, asistía al experto trabajo de una manada policial.

Hablaba poco, la manada, y hablaba para sí, críptica, desganada, perentoria. Levantaba colchones, revolvía sábanas y frazadas, deshacía pilas breves de ropa planchada, abría cajones, paseaba la luz de sus linternas por los elásticos de las camas, golpeaba las paredes, y se llevaba, a unos Ford negros y cuadrados, una docena de libros y dos o tres periódicos arrugados, la revolución quizá, en letras negras y desparejas, y se iba, la manada, hacia la noche y hacia el frío.

Pero cuando llegaba el verano, mamá volvía a inscribirme en la lista de los chicos que, por la gracia y la benevolencia de señoras perfumadas y católicas, conocerían el mar.

Digo que descubrimos el mar, nosotros, hijos de obreros, de policías muertos, de presidiarios.

Hubo un tren que llevó nuestras tumultuosas expectativas a las arenas chispeantes de una playa, y a un edificio de grandes ventanas, dormitorios de techos altos, y comedores con pisos de baldosas negras y blancas, y chimeneas de ladrillo.

Hubo fotos, y en las fotos el agua lisa de las orillas del mar, y el mar, y el baño matutino en el mar que ahogaba nuestros gritos de placer y de miedo, los fingidos alardes de coraje de cara a la espuma alta de las olas.

Enseguida, otro baño bajo las duchas del edificio de grandes ventanas, y risas estridentes, histéricas, burlonas, bajo el agua helada de las duchas, y manoseos repentinos y humillantes de los más fuertes a los más indefensos, a los chicos que temían defenderse.

Cerca del mediodía, el almuerzo. El ruido de bocas llenas que masticaban, hambrientas, de eructos, de tripas insaciables, de algún llanto, de algún vómito.

Escribí cartas mentirosas: inocentes, quiero decir. Cartas a mamá (que suponían a papá). Escribí qué comíamos. Y cuánto. Porque yo sabía que querida mamá comía conmigo. Sabía que ella movía los labios, apretando un labio contra otro, y los movía, apretados los labios como si masticara. Y, luego, querida mamá se levantaba de la mesa, doblaba el papel de la carta desde donde yo le daba de comer, y lo guardaba en el bolsillo de la pollera, cerca de las calideces del vientre y, de pie, asentía en la quieta nada de la noche.

Yo le hablaba, a mamá, del mar.

Las señoras católicas y perfumadas, algunas de las cuales tenían por costumbre marchitarse bellamente, disponían de más dinero y de más tiempo que otras señoras con mucho menos tiempo y dinero para obras que dieran placer a Dios. Reabrían, entonces, las señoras católicas y perfumadas, la colonia de vacaciones.

Querida mamá no era católica y se perfumaba el primero de mayo, el día de mi cumpleaños y el 31 de diciembre. Pero era tenaz. Obtuvo, para mí, una plaza en las profusas listas de hijos de obreros, de policías muertos, de pobres y presidiarios que volverían al mar y hablarían, en sus cartas, que olían a sopa, a leche, a puré y blanda carne de vaca, de cómo es el mar.

Y estaban ahí las celadoras, rudas, provincianas, que consolaban a los chicos que pedían por sus casas en una tarde de lluvia, y que jugaban con nosotros, hijos de obreros, de policías muertos, de presidiarios, de pobres.

Y estuvieron, ahí, de pronto, las monjas. Eran, dijeron las monjas, exaltadas o con un murmullo cándido, las servidoras de Dios en la tierra.

No nos miraban, las monjas. Caminaban, entre nosotros, con sus largos hábitos negros, con sus caras sin sangre; parcas e increíbles, para mí, como la muerte y el milagro.

De noche, cuando nos acostábamos en las camas de sábanas limpias y crujientes; cuando el mar, allá afuera, decía algo en una lengua que nunca aprenderíamos a traducir; cuando las celadoras volvían a sus casas, las monjas, con llaves que les colgaban de la cintura, con voces cascadas o susurrantes, ordenaban rezar el Padrenuestro.

De rodillas en camas superpuestas, el dormitorio apenas iluminado, los chicos recitaban la oración que habían memorizado, serios, turbados, tal vez, o sumidos, tal vez, en el misterio que las palabras del rezo invocaba.

Una de las monjas, que caminaba entre las largas hileras de camas superpuestas, me miró, tendido en la mía, las manos sobre las sábanas, los labios quietos, y el rezo de los otros que ondulaba, gangoseante, en la sala apenas iluminada.

Algo dijo, la monja, en alguna noche, y el rezo finalizó, como si en esa sala no hubiera nadie. Los otros bajaron de sus camas, silenciosos y puros como nunca lo fueron, y la monja, una pesada sombra muda, salió del dormitorio.

Los otros rodearon mi cama, y ninguno de los otros habló, las caras rígidas y jóvenes bajo las luces tenues de la sala.

No sé cuánto tiempo estuvieron, así, inmóviles, como si esperaran una señal. Y no sé si la hubo, pero, en un solo impulso, saltaron a la cama en la que yo asistía, sin lágrimas, al fin de mi infancia.

Sé que golpeé algún pómulo, algún labio ensalivado. Sé que caí de cara a un colchón, con brazos, cuerpos, aullidos, que me golpeaban, de cara a un colchón. Sé que me izaron hasta la cama de arriba, la mía, y me ataron, desnudo, a los barrotes de la cama de arriba.

Después, los otros, los más fuertes y los más débiles, estuvieron allí, sombras flacas sobre el piso del dormitorio, mirándome, desnudo, atado a los barrotes de la cama de arriba.

La monja, la que habló a los otros, volvió a entrar a la sala, y caminó bajo las luces tenues de la sala, y no se detuvo frente al muchacho de diez años, atado, desnudo, a los barrotes de una cama, y al que le corría, por los muslos, un hilo de sangre, grueso y amarronado.

Y la monja dijo, con una voz baja y tranquila, y sin detener su paso frente al muchacho atado a los barrotes de una cama.

—Tápenle las vergüenzas a ese asesino de Cristo.

  • Andrés Rivera
    Rivera, Andrés

    Andrés Rivera (Buenos Aires, 1928) es hijo de inmigrantes, se desempeñó sucesivamente como obrero textil y periodista. Marcos Ribak (su verdadero nombre) comenzó a escribir a finales de los años cincuenta, etapa que dio origen a obras como El precio (1957), Los que no mueren (1959), Sol de sábado (1962) y Cita (1965). Este primer momento de su creación literaria se enmarca dentro del compromiso militante que sostenía en el Partido Comunista, al que se afilió en 1945 y del que fue expulsado en 1964.

    En 1972 publica Ajustes de cuentas, colección de cuentos cuya construcción narrativa lleva la impronta de la novela negra a la manera de Chandler o Hammet, autores admirados por Rivera. Los diez años posteriores a este libro fueron un paréntesis de silencio en la carrera del escritor que le permitieron acercarse a grandes autores que, según sus propias palabras, no leía por prejuicio.

    Con Una lectura de historia, en 1982, Rivera inaugura una segunda etapa en la que lo dicho es tan importante como lo que se omite a través de un lenguaje lacerante y despojado de afectación.

    En muchas de sus obras, como en la colección de cuentos que integran Mitteleuropa (1993), el elemento histórico actúa como escenario para los personajes que vacilan y desean en un marco de exilios, guerras y luchas de poder.

    Prefiere escribir por las mañanas, en cuadernos y con una lapicera de buen trazo, relee y corrige una y otra vez los manuscritos. Ha dicho en diversas oportunidades que para él existen dos tipos de escritores: los que quieren ser escritores y los que quieren escribir.

    Fue reconocido con distintos premios. En 1985, obtuvo el Segundo Premio Municipal de Novela con En esta dulce tierra; en 1992, recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela La revolución es un sueño eterno; en 1993, la Fundación El Libro distinguió La sierva como el mejor libro publicado en 1992, y El verdugo en el umbral obtuvo el Premio Club de los XIII 1995.

    Su obra El Farmer, publicada en 1996, sitúa a Rivera entre los autores más reconocidos por el público y la crítica. Un año más tarde publica Nada que perder, y en 1998 el volumen de cuentos La lenta velocidad del coraje. Dentro de sus últimas obras se encuentran El profundo surTierra de exilio y Hay que matar.

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