facebook
Menu

Año 3 #24 Octubre 2016

El fin de lo mismo

¡La gente de esta ciudad ha dicho basta!, se escucha en la tevé. Poco después los móviles hurgan en los barrios como sabuesos. Asaltos, ultrajes, mientras cortan los flashes de los reporteros y el Hijo de la Ira declara que llegará a cada barrio.

De Historias futuras Antología de la ciencia ficción argentina. Emecé Editores, 2000. Selección, prólogo y notas de Adriana Fernández y Edgardo Pígoli.

 

A Maru

 

1. Las Dalias. Todas las noches a las nueve y cuarto, por el canal ocho de televisión, El Hijo de la Ira auguraba más trastornos para las semanas álgidas y una leve entropía hacia el fin del verano. Gumpes nunca lo oía porque a esa hora se estaba duchando. Era indefectible. Después de cenar, sin colonia y con camisa limpia, a eso de las diez se sentaba en la terraza de Las Dalias a leer libros de mitología. De vez en cuando alzaba los ojos como quien columbra que un espigón va a romperse, y en el yeso agrietado del cielo no encontraba explicaciones del mundo sino, al parecer, anuncios entusiasmantes. Por la acera, raudos, rabiosos, pasaban grupos de desocupados con armas contundentes; por la calzada, aventando gases, volvos o landróveres de las patrullas vecinales. Entonces, con las vibraciones, la única jarra de cerveza que Gumpes bebía por noche (cuarto litro) se desplazaba sobre la fórmica, temblequeando, unos cuantos centímetros. Gumpes sonreía y, entre la luz que chorreaba el shopping center y el follaje humoso del parque botánico, sus ojos ecuánimes aplacaban los disturbios. Otros llegaban más tarde a charlar, y también Mársico, el director del parque. El parque era el blasón de nuestro barrio. Mársico un biólogo competente y Gumpes un hombre agradecido, así que no les había costado mucho intimar. Según Mársico, Gumpes esperaba que algo apareciese en su vida para pedirle entrega y lo esperaba sin colonia, sin esperanza, pero desde hacía muchos años y con demasiada firmeza. Según Mársico, al metódico deseo de Gumpes le faltaba algo, no bonhomía, por supuesto, tampoco instinto depredador o avidez, sino acaso inspiración. El defecto no era fácil de captar porque, cuanto más crecían en la ciudad los trastornos, más conmovedor resultaba que en el mundo sentimental de Gumpes mandase el equilibrio. Sin embargo Mársico, que debía tener sus razones, supuso que se imponía un cambio y decidió presentarle a la muchacha ésa, Olga Palapot, a ver qué pasaba.

 

2. Linóleo. No estaba muy vista la figura de Olga Palapot, porque Olga trabajaba muchas horas en el vivero del parque, más allá del estanque donde siempre aparecía algún herido. Los cuerpos, algunos ahogados del todo, flotaban como nenúfares rojos en el agua mugrienta, con una rana cantando sobre las nalgas. Olga era rubia, jardinera, alquilaba desde hacía ocho meses un departamento del monobloc beige frente al río, y cuando caminaba por el linóleo del shopping center todos los planos del consumo, los fluorescentes, los reflejos de los escaparates, los cajones de verdura, las articulaciones de los maniquíes se dislocaban en la vacilación de sus hermosas piernas, una especie de asimetría que, por distante que ella fuese, le restaba presunción y la adaptaba a las convulsiones del mundo inflacionario. Algunos, en Las Dalias, le advirtieron a Gumpes que esa mujer tenía demasiados ángulos variables. Es una histérica, le decían, aunque no pudiesen demostrarlo. No es rica pero la visitan ciertos tipos; un actor a veces, otras un fabricante de plásticos, y varios más, y raramente sale a pasear, y jamás sin bléiser: nunca hubo un hombre que le durara, pero tampoco tiene amigas. No parecía anti­pática, con todo. Un interrogante, sin tocarla, se inflamaba detrás de Olga Palapot cuando salía a la calle, como una flecha ladeada, para comprar pan o pilas o tabaco, siempre en un vagabundeo certero. Mársico era uno de los pocos que le conocían bien la voz. Había trabajado con ella en otros lugares y quería ayudarla, o ella se lo había pedido.

 

3. Ese verano. En las manos de los consumidores el dinero, como un mundo en contracción, se reducía tanto como aumentaba la fuga de las cosas comprables: y además de las deudas movedizas, en el horizonte inflacionario cada cual tenía por lo menos un motivo de pánico. A modo de bálsamo ambiental, todas las noches a las nueve y cuarto el canal ocho de la tele propagaba el alivio fascinante de la desconfianza. Berto Ugambide, un comunicador de sexo blindado y ambiguas exaltaciones. El Hijo de la Ira, en su tribuna del noticiero:

"¡La gente de esta ciudad ha dicho Basta!"

Catorce equipos móviles de video hurgando en los barrios: el asalto, el ultraje, el susto, la contienda, el tajo, la venganza del farmacéutico, el espasmo del abstinente, el ómnibus secuestrado, la colegiala karateka en el flash cortante de los reporteros. El Hijo de la Ira, gravedad viril, compasión que se hace fuerte en la gomina, sudaba bajo los focos, pastor que la inestabilidad del mundo ha vuelto depravado. Mientras sus anunciantes ofrecían asistencia técnica y material a los vecinos, Berto los llamaba a abandonar el egoísmo íntimo. Ese verano muchos de ellos, padres en general, salían a patrullar las calles. En cada descampado de la ciudad fractal se repetía el mismo tumulto. Sin embargo los navajeros se habían vuelto cautos, aunque no menos efectivos, y el prisma de la desocupación mantenía a las bandas juveniles obstinadas en sus diferencias. El Hijo de la Ira quería pulverizarlas.

"Nuestro programa llegará a cada barrio para iniciar controles", anunció, "no sólo de seguridad, sino también sanitarios. Porque, amigos míos, con el otoño va a arreciar la entropía y habrá que tener el organismo sano."

Gumpes, como unos pocos, creía que la inseguridad importaba un bledo. También él un objeto fractal, cada pedacito de su cuerpo era una réplica de la ansiosa vigilia que lo pintaba entero. Trabajaba en la agencia de turismo del shopping center (había viajado poco); de noche iba a Las Dalias, a fumar erguido en la silla, un codo sobre la mesa junto al libro, frente perfecta, mechón bohemio. Enfrente del café, por encima del paredón del parque, los vahos del río agriaban las ramas de los aromos. Gumpes había conocido la pareja y otras variaciones del amor: no la correspondencia. Quería, decía su estribillo, un mito privado. Como un tablón busca brindarse al ebanista, más que el amor él esperaba, le dijo a Mársico (y me dijo a mí) la ocasión de la entrega.

 

4. Tropezón. La cita era a las nueve. Como el portero eléctrico del monobloc estaba descompuesto. Olga les tiró la llave por la ventana envuelta en un pañuelo. Cuando Gumpes y Mársico llegaron al quinto piso, por el pasillo a oscuras se replegaban sombras aviesas, pero por la puerta D, que estaba entreabierta, se escurría una luz hospitalaria. Olga, en el balcón, los codos apoyados aún en la baranda, como esperando que todo, las baldosas, las acacias, la brea de la ribera, la lejana antorcha de la refinería, la luz de alarma del shopping center, subiese a convertirse en una sola superficie adaptable a su cuerpo. Vaciló un poco al girar cuando ellos se acercaron, y apoyó un hombro en la pared, esperando todavía más. Ojos marrones extraviados. Vadeaba fácilmente la incomodidad. Chaqueta de punto sobre los hombros: demasiada elegancia para el calor de ese verano, se habría dicho. Gumpes sintió alguna vergüenza de mirarle la sonrisa, porque se le detenía bastante antes de llegar a destino, como un regalo requisado por gendarmes. Adentro, en el comedor, desde la tele encendida, El Hijo de la Ira premiaba la honradez de un mendigo soplón regalándole un triciclo motorizado de reparto. Mársico entró a apagar. Olga y Gumpes lo siguieron. Los filos del departamentito rectangular se disolvieron en las disparidades del cuerpo de ella. Gumpes se llevó una silla por delante.

"¡Eh, no te caigas!", dijo Olga.

"Yo no me caigo nunca. De veras", dijo Gumpes sinceramente, y le pareció que ella se reía como si supiera, quizá desde hacía no mucho, que algo de lo femenino que hay en los hombres no es incapaz de tolerarse a sí mismo. En seguida fue Mársico el que tropezó con una silla, con otra. Entonces Olga propuso que se sentaran a cenar. Les pidió que descorchasen el vino, puso la cazuela de arroz en la mesa y antes de servir, negligente y tímida, se quitó la chaqueta de punto. Tenía tres brazos.

 

5. Reflejo. La botella sin corcho en la mano de Gumpes, un poco inclinada; el clarete a punto de derramarse en el vaso. Una botella de vino del mundo inflacionario: pegoteada de etiquetas sucesivas con precios cada vez más altos de la boca al gollete. La mano altruista de Gumpes aferrando el cuerpo de la botella, tan inmóvil de firmeza que las puntas de los dedos han palidecido. En la curva superior de la botella, donde el vidrio verde se superpone al vino en un morado brilloso, dos caras distorsionadas como en el espejo convexo de un coche abandonado, una madrugada de lluvia: Gumpes atónito de emoción (la nariz muy ancha en la curva de la botella), y Olga laxa en la silla, un torso de disonancia perfecta, cautivada ya por la obstinación de Gumpes y al mismo tiempo triste porque malicia que una queja que él, le contaron, suele soltar contra la gente, tarde o temprano va a aplastarlo: "Están ciegos. No ven más que lo que llevan adentro".

 

6. Blusas. Desde que Olga Palapot había llegado al barrio era mi mujer quien le cosía la ropa o se la arreglaba. No por ser algo menos que modista (pero algo más que costurera) mi mujer es imprudente. Humo de pólvora y vestigios de gases lacrimógenos se condensaban bajo el cielo encapotado, y si salían flecos de sol las gotas, en el calor, colgaban de las acacias del parque como caireles roñosos. Cuando se hacía imprescindible abrir las ventanas para no sofocarnos, en la ropa de Olga mi mujer prefería trabajar de noche, no fuera a ser que los vecinos. El shugun shugun de la máquina de coser relegaba el rumor de las cigarras.

"Estas camisas", me explicaba, "se las compró ella en una liquidación: con un añadido en el pliegue del costado les hago más ancha la caída. Estos retazos de lycra son para las fajas de todos los días; las blusas sin mangas, las remeras sin mangas, para usarlas entre gente de confianza, en verano."

Diez o quince centímetros por debajo de la axila izquierda de Olga Palapot, como por un alarde de voluntad de las costillas, nacía un brazo, sin hombro, algo más corto que los otros, un poco más delgado, que la clandestinidad no había llegado a entorpecer. Tenía una mano de dedos lacios, ingrávidos casi, y con esa mano, me dijo mi mujer, Olga se rascaba el ombligo cuando estaba pensativa, cuando estaba desnuda, como otras mujeres se muerden a veces un mechón de pelo. En la discordancia airosa del cuerpo de Olga no había ansiedades, ni siquiera intención de provocar, sólo, en el paso, un titubeo o arranques de compensación, más defensa del pensamiento que necesidad de los músculos.

 

7. Irrealidad. De punta a punta del shopping center, ciento setenta metros de lavanda atmosférica sobre los ruidos del regateo, uno andaba en un éxtasis de irrealidad, leve como una mosca por mucho que pudiera asaltarlo o la policía lo estampara contra un tabique, papelería está cerca de la entrada este. Desde la agencia de viajes de la puerta noroeste, donde mayormente organizaba tours de reposo a las Montañas Azules (yo había ido con mi mujer, en esos hoteles hasta las cucarachas eran anémicas), Gumpes vino una mañana a visitarme sudando de anticipación.

"Usted sabe, ¿no?", me dijo. "Aunque más no sea porque su señora le cose a Olga la ropa, usted sabe tanto como Mársico, ¿no?"

Gumpes no era de los que se compran camisas para iniciar una época nueva; su orgullo era ser sobrio y arriesgado. Además, quién puede comprarse camisas, en plural. Por la forma en que estiraba el cuello quería pedirme, deduje, que le deseara buena suerte. Que fuera testigo de una posible victoria sobre la repetición.

"Porque es Olga en sí la que a mí me gusta. Lo otro no tiene nada que ver. No soy caprichoso. La quiero."

Entró una nena a comprar pinturitas, y un tipo repugnante, de esos con casco y walkie-talkie, a revolver los libros de bricolage, húmedos libros de reventa. En Las Dalias, ciertas noches reflexivas, Gumpes me había explicado que incluso en tiempos de recelo una persona francamente abierta puede disipar el escepticismo del otro, de los otros. Ahora su proyecto era Olga entera.

"Eso de que los obstáculos nos marcan la felicidad posible son pamplinas de cristianuchis."

El shopping center rezumaba insustancialidad y yo me puse contento, en principio, por él.

 

8. El olvido. Pero Gumpes tenía dificultades, más graves de lo que él pensaba, para no arrugar las cosas del mundo imponiéndoles conceptos. No era prejuicioso, sino un poco atolondrado. Y empezó a decir tantas cosas:

"Ella se me apareció como una explicación original de la realidad. Es un poema que trae orden; y aunque se retraiga y tema, por el recuerdo de los desengaños que ha vivido, yo voy a inventar el rito que la regenere siempre. A todo esto tengo que darle un nombre, pero no hay apuro. Ese imbécil. El Hijo de la Ira, dice que cuando los ciudadanos se hagan fuertes va a haber un aumento de entropía.

Una somnolencia general de la vida; pero a nosotros no puede afectarnos: Olga es la guardiana de la inestabilidad, y yo creo que la quiero."

O bien:

"¿Usted sabe qué es ella, el cuerpo de ella? Es un rapto dionisíaco. El amor como manantial, más que una relacioncita como tiene la gente. En el entusiasmo que Olga me despierta hay una cascada de olvido que me separa de la idiotez."

Aún no se habían acostado juntos. Claro que había pocas maneras de pensar rigurosamente en la figura de Olga Palapot, ése era el problema, sin adjudicarle un papel misterioso: incluso con las chaquetas de calle, sobre todo con las chaquetas de calle, era la mujer contrasublime, un ser acuático adaptado a la tierra (palabras de Mársico, una noche, distraído). Y si Gumpes se refería al cuerpo de ella era, no por inconsciencia, sino por una bondad voluntariosa que le impedía imaginarse barateces. Para casi todo el mundo hay caricias y caricias. Gumpes estaba ocupado, al contrario, en poblar el cielo de motivos nuevos.

"Palabras como las de otros", observó mi mujer.

"¿No te das cuenta de que para ella es lo mismo?"

 

9. Mosquito. Reflexiones de mi mujer, una tarde, planchando, siguiendo con la vista un mosquito descomunal.

"Hace mucho que cuando ella alarga la mano no toca nada consistente. La verdad, por lo que cuenta, es como si no tuviera nada alrededor, ninguna oportunidad. Ya ni siquiera le da rabia, o tristeza. Olga no es un as de la cultura, en mitología... Pero si él la quiere, si la quiere a ella, mucho, a ella ese amor le va a hacer efecto, como a cualquier persona. Ahora, que después..." El mosquito trazó una línea de clivaje en las hinchazones del verano, aterrizó en el cuadro de las Montañas Azules que teníamos en el living (?) y mi mujer lo aplastó contra el vidrio. "Hay clases de aislamiento que no se rompen tan fácil, supongo yo que pensará ella. Porque fíjate lo que hizo Mársico: terminó presentándole a otro." Se fue a lavar las manos. "Qué asco, no, los monstruos que crea ese río estancado."

 

10. Carraspera. Estampidos, bataholas nocturnas, la paranoia de los consumidores en el crepúsculo del progreso, y Gumpes negándose a empujar su amor por los pasillos del poder. Como Olga era una persona alegre, acosarla se parecía menos a una estrategia que a una irresponsabilidad contagiosa. Que él le tocara la mano en el cine, que fuera a visitarla al vivero del parque, a las once de la mañana, y se despidiera con un beso en la boca, no era suficiente garantía de consecuencia, porque encima Olga era bonita. Cualquier hombre, en principio, habría querido un beso, una noche de Olga. Pero Gumpes, un hombre repentinamente ganado por la soltura, le hablaba de él, no de ella, con abundancia, como si no tuviera urgencias ni expectativas, como si no se preocupase, y al mismo tiempo no escondía que la necesitaba. Atraído por los vapores canallas del verano, olor de deseo, de fruta podrida, Olga Palapot empezó a caer, y no por vileza de la gravedad, en la esperanza cóncava de Gumpes. Pasaban mucho tiempo juntos, y se dejaban ver. Si alguien los hubiese vigilado, se habría dado cuenta de que iban siempre con el paso cambiado, pero juntando los mismos flancos del cuerpo: el izquierdo de él, siempre, con el derecho de ella. Sólo dos veces aparecieron por Las Dalias. Francamente, ni Bardimer el vendedor de lotería ni la gestora Pimentel ni nadie en la tertulia habría podido sospechar, tan cordial era la voz, que los tenues desquicios del cuerpo de Olga Palapot eran más que reflejos de aprensión por las explosiones más bien cercanas, los fogonazos. Aunque Gumpes se pasó esas noches carraspeando tupido, ella estuvo contenta, y si se negó a volver fue porque le daba miedo acostumbrarse. A él, el temerario, ese argumento lo indignó: y discutieron mucho, y ella dijo que no quería verlo más. Fue entonces cuando Gumpes supuso que había triunfado sobre las circunstancias, por el mero hecho de que a los tres días fue él, a capitular. En el vivero encontró a Olga dolorida, físicamente dolorida, creo que acalambrada entre unas matas de malvavisco, mirando una tijera de podar que había en el suelo como quien mira una parte de sí mismo que se le ha caído. Detrás del seto hubo un estertor o un alarido que al final era una risa. Gumpes le preguntó dónde podían conversar un rato tranquilos.

"A veces", dijo ella, "lo que necesito es que me hagan un masaje."

 

11. Cosquillas. Un hombre sentado en un sillón (de resortes arteros y tapizado indigno, de mundo inflacionario) se enfrasca en las pequeñas contracciones de los músculos de un brazo de mujer que se le ha confiado. Inexperto, el hombre sabe no obstante que puede dar alivio, y procura no confundir su labor con la trama de deudas y chantajes que acapara la vida ciudadana, aunque tampoco querría estar cumpliendo una misión. De modo que tantea el brazo de mujer. Los tendones estirados bajo los húmedos poros de una axila incompleta; el leve montículo del bíceps; el tríceps sinuoso que cede a las yemas de los dedos, achatándose contra el hueso. Una punta de la faja que, de pronto recuerda, hasta hace un minuto ocultaba ese brazo, se ha enredado en el reverso del codo; el hombre la aparta. Las diminutas arrugas de la piel del codo, como cáscara tibia de un membrillo; el dorso del antebrazo revestido de vello rubio, y el suave surco que los dos pulgares del hombre trazan en la carne sugiriendo la distancia entre el cúbito y el radio; el pulso, se asombra, plácido y azul en la breve muñeca; los dedos exhaustos. Vuelve a recorrerlo de arriba abajo, con presión y fricciones. Cuando llega a la palma de la mano se demora jugueteando. Hay un cuerpo entero al cual el brazo pertenece, pero por alguna razón el hombre lo ha abstraído. De un rabioso otro mundo carnal le llega una risa: "Ay, me hacés cosquillas". En seguida esa voz le propone que ahora se tienda él en el sillón y ofrezca la espalda. El hombre duda un buen rato, tanto quizá, sin darse cuenta, que al fin la voz, malhumorada, se aleja con el cuerpo entero, y se oye un portazo.

 

12. La garita. Como si por fin fuese a sacudirse el tedio de los fracasos, Olga caminaba con otro ritmo, y alrededor de su chaqueta de algodón rayado, pensaba Gumpes, un mundo inservible se iba a pique y otro no surgido aun se reunía como alrededor de un santuario.

Una noche, sin embargo, le frenaron las fantasías. Habían vuelto de cenar juntos en la ribera, sándwiches y fruta, lo que la gente se lleva a las fondas desiertas, y Olga quiso ir al shopping center a jugar al pool, y por comprometido que fuera el plan, a esa hora, Gumpes no pudo negarse. Bajo el techo de metacalato del shopping, entre la luz alcalina, un comercio trasnochado removía el caldo del verano. Pasaban frente a la garita vacía del área de electrodomésticos cuando se cruzaron con Mársico, no sólo, sino con una morocha enhiesta de la mano, la directora del Centro de Conversión Monetaria al Instante. Mársico y la mueca adversa, de reojo, de verlos tomados de la cintura. Gumpes impaciente con la curiosidad de Olga. Presentaciones. Entonces un chico altísimo y raquítico se les acercó en patines a pedirles dinero. Aunque no iba armado, la morocha quiso despacharlo y el chico la empujó. Mientras la morocha caía, enredada en la pantorrilla de Mársico, dos encapuchados del Grupo de Acción Vecinal llegaron corriendo y agarraron al chico por el cogote. Olga intentó parar el culatazo que iban a asestarle; los encapuchados la estamparon contra Gumpes y, tropezando los dos con el chico agachado, fueron a dar contra Mársico. En el suelo, la morocha no tuvo tiempo de esquivarlos. Estaban todos caídos como palos de bowling, cuando los encapuchados alzaron al chico y lo tiraron sobre la pila. El espolón de uno de los patines desgarró la chaqueta de Olga. En esa promiscuidad torcida, una blusa de mangas cortas ofreció por un instante una revelación. Los enchapuchados, consecuentes, no expresaban nada. Era, ahí en el shopping center, la ocasión de abolir de una vez la clandestinidad y la vergüenza. Pero lo que hizo Gumpes, sin mucha soltura, fue levantar a Olga y cubrirla como pudo. Y encima, y encima, no la llevó a jugar al pool sino a su casa, casi corriendo.

 

13. Epitelio. Como tropas imaginarias de una mente aturdida, diversos motivos de crispación amueblaban el verano inflacionario: velocidad del propietario, angustia del rentista, colisiones cambiarias, audacia del asalariado, tortuosa circulación de la deuda, dilatación mental de la deuda, y el ocio compulsivo, y el protocolo de la culpa y el fracaso, y en buena medida un calor de treinta y siete grados a la sombra. El tejido del progreso se deshilachaba, pinchado por las navajas de los hambrientos, roído por la vehemencia disciplinaria de los profesionales inseguros. Así también alternaban en el cielo grietas y protuberancias, un epitelio de vapores ácidos exhalados por la fábrica de plásticos, nada azul, más bien morado; y el río, una malformación. Tanto desarreglo podría haber resultado en un gran alumbramiento: pero el Hijo de la Ira, que últimamente gastaba bastón (y rimmel en las pestañas de los ojos verdes), proclamó ceñudo:

 

"La ciudadanía, de corazón, se ha vuelto intransigente. Ya era hora. Volverá la costumbre de que haya futuro, ya lo verán, y podremos mandar nuestros hijos a la escuela sin tener el alma en un hilo. Si el gobierno no se ocupa, nuestro programa comunitario y la vigilia de los vecinos lo hará posible. Sí, iremos a los barrios: a colaborar, a registrar, a preparar los cuerpos para la entropía de la tranquilidad recuperada."

Pero bajo el festival de la barbarie, me dijo Gumpes una tarde, estábamos presos en la repetición. Sólo la entrega del amor correspondido, de por sí una anomalía, implantaba la disonancia, la frescura.

"Hacemos tanto lo mismo, nos demos cuenta o no, que Lo Mismo termina pensando por nosotros. Olga se considera justificada, porque lo de ella es una fatalidad. Pero yo no puedo permitírselo. Mi vicio es inventar."

 

14. Pregunta. "¿Y en esa época a qué te gustaba más jugar?" / "A muchas cosas, ¿y a vos?" / "Arturo, acabo de hacerte una pregunta." / "Yo era un chico tranquilo. Tenía un mecano, los juegos de perseguirse no me divertían." / "Un mecano. ¿Y por qué te hiciste agente de viajes?" / "¿Y vos por qué te hiciste jardinera? Digo, ¿qué te llevó a estudiar jardinería?" / "Arturo, acabo de hacerte una pregunta. Estamos hablando De vos" / "Tenés los ojos un poco rasgados. Tenés tantos planos en la cara que es difícil recordarte" / "¿Vos clasificás los recuerdos? ¿Tenés un método? Dale, contame." / "De vos me acuerdo, Olga, porque te adoro." / "¿Y ya leías tanto, en esa época?" / "Olga, ¿me escuchaste?" / "Sí, pero quiero que entiendas de qué estamos hablando."

 

15. La crisálida. [No pienso escutimar —será un dato para los que interpreten— algo que vi un anochecer durante un paseo de distracción por la parte de atrás del parque botánico, la que daba a la barranca y al río. Vi una figura. En la penumbra húmeda parecía una gran crisálida pegada al paredón, palpitante y carnosa, aunque al ponerme los lentes descubrí que era, en realidad, la fusión de las ropas claras de Olga y de Gumpes. Él apretándola; ella de espaldas al cemento blanqueado, devorando; o al revés. Una rodilla de mujer, doblada, ceñida a la cadera de un pantalón de hombre. O al revés. Los metrónomos inversos de las cabezas adheridas por las bocas. Las manos, los dedos abiertos, un destello de baba, el bicho en un estupor de vida frotándose, comiéndose (no me detuve en mirar los brazos, no a ese punto), con las correspondientes risas, los balbuceos y gruñidos, y un shhfffich de uñas enganchadas en elástico, me pareció, y hasta el olor, tan voraz era la lentitud de ese balanceo.]

 

16. Abecedario. Estaban bien, estaban bastante unidos. Porque el vértigo de la inflación nos arrastraba a todos, robándonos un poco de espacio y energía en cada vuelta, Gumpes tuvo que mudarse a una habitación más económica (pocos días antes que nosotros, pero después que Mársico) y Olga lo ayudó.

"Ella tuvo una salida muy graciosa", me contaría Gumpes un par de días más tarde. "Vas a ver", dijo que había dicho Olga, "cómo juntos ordenamos las cosas en un santiamén; yo soy rapidísima, ¿sabés?"

Según él la experiencia había sido fácil, y además reconfortante. Pero tal vez por lo contento que estaba, no comprendía que la noche del incidente en el shopping center, en vez de salvar a Olga de no sé qué intemperie, había creado desazón para los dos. Mársico agravó las cosas: empezó a ausentarse de la obra, y cuando aparecía era interpretando un papelito simpático, sobreactuando la discreción, como quien ha visto dónde guarda los ahorros un amigo esforzado.

"Por lo de la otra noche no se preocupen", fue y les dijo. "Mi novia nunca va a contar nada."

En este punto Mársico, al fin y al cabo un mero nexo, se extingue casi efectivamente en brazos de la morocha, dejando en la historia un vacío por donde asoma y se expande la antigua oscuridad de Olga Palapot. Aparte de esto, Mársico no era una figura inquietante porque, al revés que Gumpes, ese pobre hombre, decía Gumpes, se había acobardado ante los obstáculos. Difícil entonces, para Gumpes, saber qué era lo que a veces tenía a Olga tan melancólica.

"No, no es el incomodo de acostarnos juntos", me dijo, "eso ya lo hemos sorteado. (No, no me pregunte.) Tampoco el deseo de ser una mujer como tantas. Es... una incredulidad, un miedo."

Gumpes no entendía, yo le había prometido a mi mujer no meterme y Olga, a los treinta y pico, no iba a enseñarle el abecedario. En ésas estaba Gumpes cuando empezaron a llegar los periodistas.

 

17. Bultos. "Él, me contó ella, es exageradamente atento", dijo mi mujer una tarde, "y siempre le está diciendo que no quiere verla preocupada."

Era un sábado de mudanza y subíamos bultos por la escalera del edificio nuevo, vecino al anterior pero algo menos ventilado, aún menos luminoso. Nuestros nietos, sudando con unas sillas, empezaban a aprender que las andanzas del inquilino son un aspecto más del aumento de la entropía. Mi mujer, mientras, cavilaba.

"No le gusta verla preocupada. Bueno. Pero me pregunto yo si es posible cambiar el destino de otra persona. Darle cosas, sí; convencerla para que doble hacia algún lado; pero el destino también contiene esos giros, ¿no?, y es algo mucho más grande, devora todos los cambios. Y él se cree que con paciencia va a poder... El reuma, por ejemplo", dijo mi mujer, "yo lo llevo escrito en los huesos: eso, hablando mal y pronto, es destino". Y Olga... Me contó que muchas veces tiene que contenerse, y entonces siente un escozor, una puntada. Es que el mundo está lleno de cosas que te llaman: manijas, manzanas, martillos, un piano, un picaporte, ¿y cómo se hace para no responder? Pero bueno, no hablo solamente de ella sino de él, sobre todo, que también tiene su destino. Porque ojito, no te equivoques: Olga ha empezado a quererlo. Pero ya quiso otras veces, y por eso es pesimista. Cambiar un destino es dificilísimo. Este ascensor, ¿habrá funcionado alguna vez?

 

18. Coralino. Han bebido naranjada con cerveza y charlado de lugares del mundo, y después ella ha hablado de plantas: la tenacidad delicada de la madreselva, las bromas de la clemátide, la azucena, el culantrillo, del lado de la sombra las criptógamas, tanta variedad. En los ojos le brillaba la alegría de la verdadera evasión, y se ha quedado dormida así, satisfecha. Ahora está en la cama boca abajo, casi en diagonal, el perfil izquierdo cruzado por un mechón que se pega a la mejilla. Un ronquido plácido, de vez en cuando, rechaza el barullo de los mosquitos en la malla metálica de la ventana, y en el campo de fuerza de ese choque mueren las frenadas, los gritos de alto que vienen de la calle. El brazo derecho, bordeando el torso, se pierde debajo de la sábana; el izquierdo rasca un momento la nariz, a tientas vuelve a caer en la almohada. La espalda sube un poco y baja un poco, y vuelve a subir: entre el espinazo y la curva de las costillas a la izquierda del tórax no hay accidentes sino un leve ascenso de los músculos, el anuncio de una estribación. Gumpes mira el brazo menor: la mano, laxa, es la única de las tres que tiene las uñas pintadas, y en el coralino reluciente un súbito centelleo que viene de la calle, tal vez una bengala, se refleja cinco veces. Gumpes se tiende junto al cuerpo en diagonal y con mucha dulzura lo acaricia. El brazo menor, piensa, también duerme.

 

19. Cazadores. En el tercio final del verano, el embrujo televisivo de Berto Ugambide, el Hijo de la Ira, había inflamado la ciudad de un fervoroso rencor. Sobre el repetido horizonte de robos y barricadas, de indigencia y revancha, en la atmósfera inflacionaria se acentuaba la indeterminación, esto es, la imposibilidad de conocer al mismo tiempo el valor del dinero y su velocidad de traslado. De esta impotencia surgían nuevas especies; algunas meritorias, como la del taxista-especulador financiero; otras inicuas, como el cazador indignado. Profesional o comerciante, el cazador indignado era un individuo aturdido por la debacle del progreso infinito, agraviado por la inestabilidad, perplejo y un poco idiota, que se resarcía de la frustración atacando los aspectos más banales del desorden. En el fondo no lo movía la indignación sino el miedo, y actuaba en una realidad secundaria, producto incomprensible de otra realidad previamente reducida por los periodistas. Bajo la sensual autoridad de El Hijo de la Ira, cientos de cazadores indignados abandonaban noche a noche la clemencia del hogar y, como faunos tardíos, se lanzaban a la caza de pequeños depredadores: gente joven borracha, asaltantes de zaguán. Iban en coches, los cazadores, usaban vaqueros ajustados, zapatillas norteamericanas de básquet, escopetas, y eran expeditivos. Y aunque los revoltosos no se chuparan el dedo, pronto empezaron a perder: se iban replegando a los pajonales del río, a las fábricas derruidas para lanzar vanos, nocivos contraataques. En ese clima Gumpes, Gumpes el bobo, defendía a mansalva su sistemático humanismo, y con él, me explicó, los riesgos de la entrega. Pero en el tercio final del verano El Hijo de la Ira consideró que la calle ya no manchaba tanto y decidió contribuir en persona a los últimos trabajos de desinfección. En nuestro barrio, los cazadores le construyeron una casamata en la nave central del shopping center, entre una boutique y una heladería. Menudeaban los registros, las indagaciones amables. Algunos empezamos a arrugarnos; Olga Palapot no: cuando iba de compras o a buscar a Gumpes, la leve arritmia de sus piernas se volvía más hermosa porque no era desafiante. Un periodista quiso recoger sus impresiones y ella se negó sin jactancias. Los cazadores la tenían entre ceja y ceja, y las amas de casa militarizadas ("¿Y ésa quién se cree que es?"). Gumpes, cuando estaba con ella, la agarraba del codo como temiendo que el aire disciplinado la aniquilara. Creía Arturo Gumpes que su nueva misión era proteger a Olga, y también a ese error decidió aplicarse.

 

20. La guitarra. Supe por mi mujer que un cazador le había pedido a Olga que abriese la cartera para ver qué llevaba dentro; que casi en seguida, arrancándosela, se había puesto a revisarla él mismo; que Gumpes, obligado por la misma patrulla a hacer un test de alcohol en aliento, se había lanzado sobre el tipo hecho una furia; y que si ahora Gumpes no estaba preso en el Centro de Control, acusado de indefinición social o insolidaridad o alguna peste de ésas, era porque El Hijo de la Ira había decidido intervenir, tan persuasivos habían sido los insultos de Olga. Dos días después vi a Gumpes en el café, no en Las Dalias sino en otro, el Casimiro, que últimamente le parecía más recoleto. De la cara bastante magullada le nacía un aire de insurrección, de fatiga heroica que a mí, personalmente, consiguió emocionarme.

"No crea que me da miedo que alguien pueda avasallar a Olga. De la clase de peligros que ocasiona la guarangada ésta que llaman vida urbana, yo me atrevo a defenderla", me dijo, y estaba casi de perfil en la silla, creo que no por culpa de los golpes sino porque pensaba únicamente en Olga. "Pero si de algo no sé defenderla es de la inquietud que la abruma y la adormece... Sabe, es como si cerca de ella hubiera en el aire una barra que en el momento menos pensado puede tacharla: una sentencia de anonimato... Y es grave que ella lo consienta. ¿Qué será? Los otros días, mientras paseábamos, a mí se me fueron los ojos hacia el espejo de una sastrería o una farmacia, no sé bien. Ella iba hablándome, distraída; pero yo vi: vi el cuerpo en el espejo, sutil pero intranquilo, irritado, como si desde los tobillos a la frente asumiese una pena o se hiciera responsable... Entonces me salió decirle... Olga, le dije, no te hagás responsable, y creí que me había entendido. Pero esa misma noche se emborrachó... No es la primera vez, el whisky le da risa... Pero esa noche se puso a tocar la guitarra, sentada al borde de la cama. Y mientras cantaba rancheras me miraba riéndose, y sin dejar de tocar fumaba, y en un momento alzó el vaso, ¿me entiende?, y mirándome sorbió despacito, como quien se hace daño, mientras tocaba la guitarra."

Para sacarme las ganas de juzgar, le conté la anécdota a mi mujer. Y ella, sin titubear, juzgó más o menos así:

"Ahí tenés lo que yo digo. Si el papanatas de Gumpes no entiende que entre los dos hay algo que no se puede saltar, que tiene que hacerse cargo e incorporarlo, es que no está comprometido de veras. El día que se despierte la va a dejar. A lo mejor, incluso, se las arregla para aburrirse antes de darse cuenta. Pobre Olga, cómo no va a estar intranquila."

 

21. El examen. En la compleja apariencia de El Hijo de la Ira se sumaban tres grandes atributos del comunicador aventajado: alardes de vida frugal, fáciles accesos emocionales, viscoso nimbo de sensualidad en torno a los párpados o la quijada. Los pocos días que estuvo en nuestro barrio le alcanzaron, camisa de hilo azul, alto panamá ladeado, para afianzar en muchísimos vecinos una feroz fantasía de estabilidad. Promediaba el último tercio del verano. En un rincón de las tardes hirvientes Arturo Gumpes se jugaba el resto para que Olga por fin le creyese (tal, según él, todo el problema). A las patrullas vecinales empezaba a escasearles el trabajo. Los mendigos tenían casi tanto miedo como los ladrones, y las bandas de desocupados de la ribera se hundían momentáneamente en una violencia más bien vodevilesca. El Hijo de la Ira consideró que las fantasías de orden habían derrotado a la obsesión inflacionaria. Una mañana le erigieron un estrado bajo la cúpula central del shopping center. Realzado por la glucosa de los flashes, Berto empuñó el micrófono:

"Quiero pedir tres hurras por el regreso de la tranquilidad. Pero el triunfo del barrio no está sellado. Pasado mañana nuestros servicios técnicos, ayudados por aquellos voluntarios que deseen colaborar, iniciarán casa por casa y cuerpo por cuerpo una campaña de exámenes preventivos. Cada individuo debe estar sano y cada hogar limpio para sobrellevar la entropía que se acerca. ¡Tengamos un barrio normal!"

A continuación el Hijo instruyó con el ejemplo. En público, al lado de su cofre de campaña, se sacó toda la ropa menos los calzoncillos. Un fisiólogo lo examinó escrupulosamente mientras una mujer de escopeta en bandolera le revisaba las pertenencias: trajes, ropa de cama y demás. Era una mujer de ojos de hule y manos grandes, escabrosas, como si criando hijos las hubiera desarrollado para retenerlos siempre. Olga y Gumpes presenciaron toda la demostración, sí, yo los vi con estos ojos. Bastante de lejos, recostados en una columna, en un ensueño de fragilidad, de tesón, de aislamiento.

 

22. Remolacha. Ya que Gumpes conseguía pasajes de ocasión, pensé que entre los cuatro (Mársico y la morocha no iban a negarse) podíamos costearles quince días de vacaciones en las Montañas Azules. Esa noche, sirviendo la ensalada de apio, mi mujer aprovechó un movimiento efusivo para (casi se le cae la cuchara) impugnarme así:

"¿Pero no ves que cuando vuelvan va a ser peor? No pueden estar toda la vida escapándose. Y además, cualquiera que se vaya ahora va a tener que dar un rosario de explicaciones. Mucho más ellos, con esa fama..."

A nuestros nietos el apio no les gustaba nada. Mi mujer los mandó a comprarse helados a la calle. Le pregunté si no le parecía bien que yo le diese a Gumpes alguna sugerencia.

"Ni se te ocurra", me dijo y curiosamente me tocó la mano muy despacio. "Él solito tiene que darse cuenta, tanto hablar de la entrega. Ella tiene miedo. Pero en los ojos se le nota que lo quiere en serio. Y por un tiempo, calculo, va a seguir esperando."

 

23. Estanque seco. No sólo ahora que la simplifico, sino ya entonces, mientras esta historia sucedía, comprendí que las contingencias, filosas, no iban a permitir que el hilo se estirase mucho más. Mi mujer volcaba una neurastenia muda en los pespuntes de un vestido de novia; Mársico huía de mí, del clima bélico y de la morocha estudiando cómo exterminar los temibles caracoles que criaba el río; y Gumpes ya no iba a Las Dalias porque ahí no podía consumar del todo esa derrota invertida que era la protección rigurosa de Olga. Únicamente a veces, al anochecer, los veía doblar por la acera del parque, los cuerpos adversos, bastante inflexibles, cada vez más cercados por la hueste de amas de casa soplonas y periodistas y médicos que saturaba el barrio. Era una pena. Y me los imaginaba en el vivero, un rato antes, en el momento de encontrarse bajo el crepúsculo barato. Con una bomba de vacío la gente de El Hijo de la Ira había vaciado el estanque en busca de droga escondida. Gumpes llegaba, bordeando el olor a musgo, y veía a Olga entre los alhelíes, entre los crisantemos sucios de hollín. Ella, sonriendo, se quitaba los guantes de goma. Y en vez de darse el beso de las parejitas ahí se quedaban los dos, como olivos solos en filas diferentes, helados por una ausencia que reclamaba existir. Después, yo lo sé, se iban a la cama lo antes posible, o a la silla de una oficina vacía, o a un baño, ansiosos, hambrientos, y porque era mejor que hablar.

 

24. El Mocho. Para adornar el miedo con una simetría, la misma tarde de sábado fueron a visitar a la madre de ella, una viejita anonadada en un geriátrico, y a comer bizcochuelo con el padre de él, un bombero jubilado que se gastaba media pensión en novelas de terror. La grosería que el viejo encontraba en los monstruos góticos más refinados los entretuvo hasta el anochecer. A la vuelta, para alegrarse algo más, decidieron comprar vino blanco y aventurarse barranca abajo, qué más daba, hasta un claro de la ribera donde los helechos pisados eran una alfombra. Hacía calor, las estrellas se agotaban en el cuero del río y ellos estuvieron besándose, y Gumpes quiso que por una vez el cielo se combinase con el misterio que él amaba, y puso toda la ternura en quitarle a Olga la chaqueta, tanto que ella no se dio cuenta hasta que una racha tibia le secó el sudor de los brazos. Llevaba una de esas blusas sin mangas que la hacían más libre. Contra la sombra de las barcazas varadas debía parecer un misterio de cal viva. Se sofocó en carcajadas blandas: Gumpes también se reía. Ah, Gumpes: así tendría que haberla llevado a pasear por el barrio. Pero en eso oyeron crujidos en el yuyal y de una pila de chatarra, chapoteando, apareció un muchacho enorme con ropa de gimnasta harapiento, botas altas y casco de soldado: el Mocho Vargas, jefe famoso y clandestino de los desocupados más jóvenes. Llevaba en la mano una lanza helicoidal hecha con un paragolpes de jeep, y en el cuello una gargantilla de esqueletos de ranas. Empuñando la botella, Gumpes se levantó de un salto. Seis o siete muchachos más salieron de las matas. Pero el Mocho los detuvo con un gesto.

"Oigan, a ella no le hagan nada", debió decir Gumpes. De balde, porque una cuerda tensa de deslumbramiento iba ya de los ojos adolescentes, resentidos del Mocho a los pálidos brazos de Olga, y viceversa como en la reunión impensada entre dos mitos de distinta estirpe. El Mocho Vargas dejó caer la lanza al suelo, con manos devotas y ásperas le puso a Olga la chaqueta sobre los hombros, y a Gumpes le aseguró que a la señorita nunca iba a pasarle nada. Guardando cierta distancia, moviéndose entre sombras, un grupo de pibes los escoltó hasta la casa de ella. Al día siguiente les mandaron un dorado de regalo, vivo todavía: al otro apareció una especie de centinela impúber frente al pabellón del vivero. Gumpes cayó en un silencio perplejo. Oiga comprendió que a él esas cortesías le estaban pesando más que el miedo, que la simpatía de los clandestinos era una marca más, que ya no había solución, y se cansó de esperar.

 

25. Risas. Seis y veinte de la tarde en la nave central del shopping center. Alrededor de la casamata de operaciones de El Hijo de la Ira, pelotones de vecinos altaneros se afanan en controlar a otros vecinos, en alinear mendigos y escolares de vacaciones frente a la puerta del consultorio médico. Más allá, por las aristas interiores del edificio, bajo la luz bochornosa, los ruidos del comercio inflacionario abollan hasta las caras de los maniquíes, de modo que nadie advierte el empuje con que Olga Palapot entra por la puerta sur y avanza hasta el crucero central exhibiendo las hermosas piernas. A cada paso arrítmico se le agita un poco el pelo rubio, también el borde de la chaqueta. Cuando llega a la zona de control, sin embargo, los cazadores indignados la avistan y entonces hay un rumor, como si en el aire, por la fuerza de un choque, viniera a plantarse una imperfección definitiva. Olga pide enérgicamente hablar con El Hijo de la Ira. Hay burlas, negativas, pero después hay consultas y al final le abren la puerta de una oficina: por un instante se atisba la mandíbula oferente de El Hijo detrás de un pupitre, aunque en seguida la puerta se cierra a espaldas de Olga. De lo que ocurre adentro, dicho sea en reconocimiento a El Hijo, no se sabrá nada. La conversación dura quince minutos, la primera parte de los cuales son silencio: a lo sumo un permanente taconeo, como si alguien se estuviera paseando por la oficina. Después un murmullo, después una breve discusión, y aún después, por fin, la risa ronca de Olga, contando acaso una anécdota, y unas carcajadas técnicas de El Hijo. Otro silencio y la puerta se abre. Olga, bufando, se retira sin mirar a los costados. Con alivio pero un tanto exhausto, desde la caja de mi papelería veo pasar de vuelta su silueta discordante. Listo, me digo, ahora ya está hecho.

 

26. Discreción. No fue más fácil encontrarse con ellos los días siguientes, aunque no ya porque estuvieran amenazados. Al contrario: del parque al quiosco de diarios, del cine a cualquiera de las dos casas, andaban por un espacio defendido, de un lado, por el respeto marcial de las patrullas de control (que ignoraban por qué tenían que respetarlos tanto pero rumoreaban, cómo rumoreaban), y del otro por la hosca idolatría de los clandestinos. Delatados por esa efusión, tristemente Olga y Gumpes chocaban uno contra otro y los dos juntos se volvían más esquivos.

 

27. El asco. Ya que él ya no venía ni siquiera a comprar lápices, fui a ver a Gumpes al otro bar, el Casimiro. Una mañana de llovizna.

"No venga a darme consejos", advirtió, mojando una rufina en el café con leche. "Es un poco tarde y acabo de entender que si un hombre corriente quiere moverse en el paisaje de los mitos, tiene que entrar con arrojo, incluso con desfachatez. De nada vale ser cuidadoso; este mundo puede abaratar cualquier cosa."

Pidiéndome, claro, discreción, me resumió de qué habían conversado Olga y El Hijo de la Ira: por parte de ella, apenas las palabras para apoyar su maniobra preventiva; una exposición clara de cómo era y cómo había vivido siempre. El Hijo, magnánimo, comprensivo, natural.

"Olga hizo bien, por supuesto. Pero ahora estamos peor que antes. No es que la gente sepa, porque ese infeliz quedaría muy mal si soltara la lengua, pero en vez de curiosidad, o chismes, o inquina, nos bombardean con una deferencia que ni ellos mismos entienden. Y a mí empieza a parecerme que uno de los dos, no sé todavía si ella o yo, está asqueado.”

 

28. Suspiro. En la difícil privacidad de un cuarto, una mujer y un hombre querrían hablarse. El hombre está sentado al borde de la cama. La mujer, de pie, desnuda, se aprieta el cuerpo con los brazos como si temiese perderlo. No obstante hay una mano estirada hacia el hombre, una mano que tiembla en el aire porque el torso que le da fuerza está suspirando. El hombre, que se muerde un nudillo, parece no ver la mano ni el suspiro.

 

29. Las uñas. Ruidos de amor intermitentes, apagados, no desmayo sino tristeza. En la saciedad, raramente, rencor. El cuerpo de él sobre el de ella, todo y quieto, el dorso arqueado, las manos apoyándose en la cama, tensiones en la sábana. Medialuz. Los ojos muy abiertos, casi balizas. Ella, el pelo plácido en la almohada, toma la cabeza de él con las dos manos. Pasan segundos largos de respiración, antes de que Gumpes sienta que cinco uñas subrepticias se le clavan en la carne de la cintura, a la derecha, y con ese sobresalto empiece a dividirse sin parar, astillas de leña al fuego, cifras sueltas de un cálculo sobre el dolor. Hay intercambio de alientos, palabras frustradas, hasta que:

"Fui yo", dice Olga, "Yo te arañé. ¿Vas a entender de una vez?"

Gumpes tiene la impresión tardía de estar trastabillando, como si la cama fuera una escalera y el aire una baranda consistente pero mal colocada.

"Pero...", dice, y el mareo lo obliga a callarse.

30. Bombitas. Palabras de mi mujer un viernes a la noche, hacia el final del verano, mientras hacíamos la cola del cine para ver El mercenario triste:

"Tenía la cara demacrada, ella, esta última vez que la vi, y no quiso contarme nada. Tal vez haya aceptado cómo son las cosas. Puede que hasta sienta un poco de alivio. Pero yo la veo sobre todo desconcertada. No se deja de querer a alguien de un día para otro. Y sin embargo creo que ya empieza a aceptar. Estaba cansada y decidió cortar por lo sano, fue valiente. Y Gumpes, en fin, Gumpes estuvo muy íntegro, muy en su papel."

Aunque la película era absorbente no la vimos entera. Algún energúmeno del Comando Ético culminó la campaña contra el cine francés tirando bombitas de ácido sulfhídrico. A mitad de la historia el olor a diarrea de bebé era tan insoportable que tuvimos que irnos. Camino a casa paramos a tomar unas grappas. Mi mujer retomó el hilo:

"Gumpes hizo lo que le correspondía. Doloroso pero justo. Si la cabeza no le había dado para entender lo que ella necesitaba realmente, si por inconsciencia la dejó sola con el trámite, lo único que podía hacer después era retirarse. Según su idea de la honradez, claro, que no es la de las mujeres. Porque si ella actuó, me parece, fue por los dos. Una lástima, ¿no? Pero en fin, no debe ser el único enamorado que tira la toalla para salvar la dignidad."

 

31. Colecciones. En historias de esta clase nunca pasa mucho tiempo. La ráfaga de clarividencia que había llevado a Olga a salir al paso de El Hijo de la Ira la alejó de Gumpes de algún modo, y de algún otro modo la alejó de nuestro barrio. No le contó a mi mujer en dónde había encontrado trabajo. Lo único que me queda de ella, como dato nada banal, es una serie de artículos que fui recortando de distintas revistas que vendo en mi papelería. Son reportajes, algunos anunciados en las portadas, que la encumbraron semanas después en una notoriedad intensa, no muy duradera, y le habrán cambiado la vida más que el amor de Gumpes. En la mayoría de las instantáneas aparece de cuerpo entero: con ropa reveladora, linda, natural, digamos, e inquietante: chistosa a veces, incluso atrevida, desenvolviéndose por ejemplo en la cocina de su casa como un barco equipadísimo en un mar limitado. Casi siempre se le ve una sonrisa que en el barrio sólo habíamos conocido de a ratos. En una larga serie del magazine Aplausos aparece en su departamento, con una colección internacional de paquetes de cigarrillos y otra de plantas de interior raras que, dice ahí, la enorgullecen; y en algunas de esas fotos aparece también un hombre que, dice ahí, la acompañó fielmente en los momentos más difíciles: Rolando Mársico, biólogo, su amigo más querido. Olga, Olga Palapot. Por suerte para ella, las revistas ya cambiaron de tema.

 

32. Ciclos. Con el otoño aquel llegó efectivamente la entropía. Pero no fue la enfermedad agónica que había predicho El Hijo de la Ira, sino una tenue mutación de las costumbres del aire. Las hojas caían pesadas como murciélagos muertos, en los remansos del río el agua se estancó un poco más. Se comento mucho que el abril flamante era menos fresco que los anteriores. El tiempo, el de los relojes y los calendarios, se estiraba achatándose como un tibio alquitrán. Destiempizados, los consumidores entraron en una relación distante con los productos, y los negocios se resignaron a vegetar hasta la siguiente pleamar financiera. Ciclos: Algunos decían que esa indolencia forzosa era un descanso. Lo que Berto Ugambide, lo que los cazadores indignados no habían previsto, es que la entropía es desorden; y que, al calor de los escombros del progreso, la ciudad ya incubaba nuevas alteraciones, anomalías brutales y asombrosas; que en la roca del vecindario satisfecho se abriría el géiser de los clandestinos. Con los amigos de Las Dalias nos veíamos poco: no porque fuéramos un poco más pobres cada mes, sino porque esa súbita abundancia de quietud nos daba frío, y temor, y tristeza. En esa lisura deprimente cada cual debía buscar su consuelo. El mío era entrevistarme con Gumpes en el otro bar, el Casimiro, a veces ni siquiera para hablar, sino para mirarlo. Todas las noches a las diez Arturo Gumpes llegaba con una revista de geografía y se sentaba a beber una sola cerveza. En el mechón gallardo mojado aún por la ducha, en el pecho rígido, no dejaba de palpitarle la discordancia que su entrega había ofrecido a la ciudad. Gumpes, a quien su propio temperamento previsor había derrotado. El zapallo de Gumpes, pensaba yo, capaz de darle todo a una mujer salvo lo que más necesitaba: la corroboración de que era única.

"Captamos lo imprevisto, podemos incluso zambullirnos en lo imprevisto, pero verlo realmente es una habilidad que nadie nos enseña", me dijo una noche de viento.

Pamplinas. Por suerte, sin embargo, no volvió a hablar del romance, quizá porque tampoco entendía que gracias a él, a fin de cuentas, Olga había saltado de la repetición a la fama y nosotros del estupor a la espera. Por mi parte, nunca llegue a agradecerle el cambio. Como estaba escrito, el fracaso se lo llevó al fin de viaje no sé adónde. Tampoco él volvió al barrio. Pero en las noches de armonía falsa yo creí seguir viéndolo durante mucho tiempo: un disconforme elegante, demasiado ansioso con la mirada en el cielo despoblado de mitos.

  • Marcelo Cohen
    Cohen, Marcelo

    Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1951) entre 1975 y 1996 vivió en Barcelona, España. Fue jefe de redacción de la revista cultural El viejo topo. Ha publicado reseñas y artículos en el diario El País, de Madrid, en la revista Quimera y en el diario La Vanguardia, de Barcelona, en Clarín, de Buenos Aires y en la revista mensual Página 30. Ha traducido más de cuarenta libros de ensayo y literatura, del inglés, el francés, el italiano, el portugués y el catalán.

    Entre sus obras:
    El instrumento más caro de la tierra (1982), Montesinos, Barcelona
    El país de la dama eléctrica (1984), Bruguera, Buenos Aires
    El buitre en invierno (1984), Montesinos, Barcelona
    Insomnio (1985), Muchnik Editores, Barcelona
    El sitio de Kelany (1987), Muchnik Editores, Barcelona. Ada Korn, Buenos aires
    El oído absoluto (1989), Muchnik Editores, Barcelona. Norma Editorial, Buenos Aires
    El fin de lo mismo (1992), Anaya y Muchnik, Madrid. Alianza, Buenos Aires.
    El testamento de O'Jaral (1995), Anaya y Muchnik, Madrid. Alianza, Buenos Aires
    Inolvidables veladas (1996), Minotauro, Barcelona
    Hombres amables (1998), Norma, Buenos Aires