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Año 2 #20 Junio 2016

Un país extraño

Con humor y sarcasmo, Miguel Calvo Roselló, ingeniero militar él, expone sus peores pesadillas adelantándose veinticuatro años a1984 de George Orwell. Un escultor sufre un terrible accidente ferroviario, pierde el conocimiento y despierta en un país extraño, donde todo está automatizado. Cuando se incorpora las sábanas se arrollan, la cama adopta la posición vertical y él es lavado y vestido por máquinas. Está la “Ciudad nº 3” del “País Libre”, un país con unas libertades como nunca otro ha existido en el mundo y que se corresponde con el devenir que Calvo Roselló imagina a consecuencia de la revolución rusa.

 

Un país extraño

De Doce cuentos para leer en el tranvía. Antología de La Novela Semanal, estudio preliminar y selección de textos de Margarita Pierini, Editorial Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 2009.

 

El simpático Pablito Orellana, el artista insigne, en plena juventud malogrado, cuando tanto podía el arte esperar de su genio inspiradísimo, me dirige este manuscrito desde el manicomio en que el infeliz se halla recluido. Yo lo he leído con curiosidad, pensando si confirmaría aquello de que "los niños y los locos dicen las verdades"; sin embargo, confieso lealmente que no he hallado entre sus líneas cosa alguna a derechas, sino lamentables desvaríos de un cerebro enfermo... En fin; ahí va: juzguen ustedes mismos.

 
I. De asombro en asombro

Me sería imposible explicar cómo llegué a ese extraño país: cuanto me ocurrió en él ha quedado profundamente impreso en mi memoria, pero, en cambio, se han esfumado mis recuerdos anteriores hasta un extremo tal, que solamente logro reconstituir difusas líneas generales, detalles aislados, con grandes vacíos entre sí, que, a pesar de insistentes esfuerzos de recordación, no puedo llenar.

Me acuerdo vagamente de que estaba de viaje; de que en mi departamento iban también un señor que fumaba mucho y una gruesa señora cuarentona; que hacía calor; que leía con horror las últimas noticias de Rusia, llenas de espeluznantes relatos de crímenes, de devastaciones, de monstruosidades de todo género... cosas incongruentes, como se ve... De pronto, un estruendo espantoso, apocalíptico, de maderas que se desgarran con estrépito, de hierros que chocan con violencia, de cristales que saltan en pedazos, de secos estampidos, de silbidos de vapor ensordecedores...: todo ello percibido a un mismo tiempo, todo instantáneo, horrendamente anonadador, mientras como en cruel pesadilla me sentía oprimido con brutal ímpetu en el pecho, en las piernas, en los brazos, lacerado el cuerpo, intensamente dolorida la cabeza, y, lanzado al vacío así, sujeto con bárbara presión, dolorosamente martirizado por bruscas e incesantes sacudidas.

Se apoderó de mí súbito enervamiento; sumido en bienhechora inconsciencia, perdí la noción de cuanto me rodeaba, de cuanto ocurría, hasta de mí mismo; no oía ya ruido alguno ni experimentaba dolor; únicamente perduraba en mí una vertiginosa sensación de caída...; sí, yo caía aún, seguía cayendo siempre... ¿Cuánto tiempo? No lo sé; me pareció entonces que caí durante muchas horas. Al fin la inconsciencia se hizo total, y hasta esa última sensación se borró también por completo de mi espíritu...

Cuando recuperé el conocimiento, me encontré sin sufrimientos, sin heridas, cómodamente acostado; juzgué un mal sueño todo lo ocurrido, y sonriente, abriendo con blanda lentitud los ojos, me desperecé... Mas, ¡ay!, el pequeño placer del desperezo quedó súbitamente cortado, y, con los brazos aún en extensión y enarcado el torso, permanecí gran rato inmóvil, dudando si soñaba todavía.

Yo no conocía aquella habitación. En proporciones y superficie era poco más o menos como la mía; pero ¡qué extrañamente decorada! ¡Acá y allá aparecían implantadas en los tabiques raras instalaciones: un cuadro de distribución eléctrica; curiosos aparatitos, que me parecieron micrófonos; un gran marco que mantenía tensa tupida red metálica; espejillos inclinados (¿acaso periscopios?); pulsadores de distintas formas, con inscripciones que no alcanzaba a leer...

Lleno de asombro y de curiosidad me incorporé, y aquí mi estupefacción subió de punto: apenas me hube sentado, las ropas que me cubrían se arrollaron velozmente de modo automático, y la cama giró con suavidad, dejándome de pie en el suelo.

Confieso que me sobrecogí; que sentí frío en la raíz del cabello; que se me angustió el corazón; en una palabra, señores, que tuve miedo: sí, miedo a lo desconocido, miedo a lo irreal, ese miedo supersticioso que nos inspira un cadáver alumbrado por el resplandor siniestro de los cirios...

Excuso decirles a ustedes que me dirigí más que de prisa hacia la puerta, resuelto a alejarme de allí cuanto antes... ¡Mis sorpresas no habían terminado!

Para atravesar la habitación contigua tenía que cruzar una ancha y reluciente placa de cobre; no bien pisé en ella, cuando un gran disco, del mismo metal, que estaba suspendido a regular altura, bajó, posándose delicadamente sobre mi cabeza: me asusté al pronto, mas la grata sensación que experimenté al instante, debida, según posteriormente me explicaron, a la acción de una corriente de altísima frecuencia, me indujo a detenerme; notaba, con íntimo deleite, algo así como la infiltración de nuevas energías, resurgimiento de fuerzas, agradable tonicidad de músculos y nervios, y, al propio tiempo, observé que de todo mi cuerpo era expulsado cierto polvillo sutil, tragado inmediatamente por un aspirador neumático; no me cupo duda ninguna de que así quedaba yo más escrupulosamente limpio que tras del más concienzudo baño. La actuación de la corriente fue de pocos segundos; al terminar, aquel diabólico disco dejó caer sobre mí una catarata de agua fría, cuya inesperada impresión me hizo dar un salto y correr en busca de la toalla que extendida colgaba allí cerca; no me dio tiempo ni de alargar el brazo para tomarla, pues me envolvió ella misma, friccionándome con rápidos movimientos de vaivén; luego se tendió de nuevo y abrióse al punto un brillante cilindro niquelado, que junto al techo había, descendiendo sobre mí la más original vestidura, amplia y lacia, anacrónica, remedo de las túnicas hebreas, con la cual quedé vestido como por arte de magia. A mis pies había unas babuchas; las calcé, y salí, siempre decidido a escapar.

Sin duda, mi sino era entonces ir de asombro en asombro: al franquear la puerta, que creí libertadora, me hallé en un anchuroso gabinete y en él me aguardaba un individuo tan pintorescamente ataviado como yo. Pasado el primer instante de sorpresa, confieso que me costó bastante trabajo no soltar la carcajada: el influjo de la corriente eléctrica, a la que inopinadamente me había visto sometido, producía en mí tal complacencia íntima, tal optimismo, tal alegría de vivir, que la risa me retozaba por el cuerpo.

Le miré con fijeza: él me miraba también: no había en sus ojos afecto, ni amenaza, ni burla, sino solo curiosidad: aunque representaba tener de cincuenta a cincuenta y cinco años, su rostro, pulcramente afeitado, se conservaba terso y fresco, sin arrugas su frente, que revelaba bondad e inteligencia, y apenas se advertían canas entre sus cabellos: era de aventajada estatura, de sólida complexión, de correctas facciones, que traslucían su natural, sereno y apacible: no sé qué poderosa simpatía emanaba de él que me cautivaba fuertemente... sin poderlo remediar.

Tanto se prolongó el silencio, que tuve tiempo de examinar también, en rápida ojeada, el gabinete en que nos encontrábamos, amueblado, no precisamente con elegancia, pero sí con comodidad y ostentando en sus paredes los mismos aparatos misteriosos que advertí en la alcoba al despertar y cuyo objeto no lograba aún explicarme.

Hablo él, por fin, diciéndome con tono sosegado:

—Seguramente le sorprende a usted cuanto le ocurre.

—Me sorprende, en efecto; no sé si estoy soñando o si se trata de una mascarada de discutible gracia, o bien si es cosa de "cine", como empiezo a sospechar.

—Está usted muy lejos de suponer la verdad, y se habrá de sorprender más aún cuando la conozca.

Se sentó tranquilamente, sin preocuparse de etiquetas ni cumplidos y yo, en vista de ello, le imité, exclamando con sorna:

—Supongo que no le parecerá mal que me siente también, aunque no me ha invitado a hacerlo.

—En uso de su libre albedrío —respondió con sincera naturalidad— puede optar por seguir en pie, o sentarse, o adoptar la postura que prefiera.

—Emplea usted una lógica que aplasta.

—Las viejas costumbres de ustedes son totalmente distintas de las que verá aquí.

—¡Aquí!... ¿Pues dónde me han traído? ¿Qué población es ésta?

—La ciudad número 3.

—¿Número 3?.... A ver: Madrid, Barcelona, Valencia —murmuré, contando por los dedos—, ¿Es Valencia, entonces?

—No comprendo.

—La tercera capital de España.

—¡Ah, ya! Esto no es España: es el País Libre.

Tales palabras despertaron en mí una horrible sospecha: ¿me hallaba, quizá, en poder de un loco? No sé si lo notó él; de todas maneras, sus razonamientos y los hechos posteriores desvanecieron pronto mi temor.

—Le asombra a usted —continuó— que una ciudad se denomine "la número 3". ¿Qué necesidad hay de formar un nombre, combinando caprichosamente varias letras, si para designarla basta un número? Es más breve y más claro... Aquí, ya lo irá usted viendo, todo está subordinado a la lógica y a la razón.

—Siguiendo esos principios, a este País Libre debieron llamarle "País número uno".

—¡Oh, no! Porque no podrá haber jamás País número dos, número tres, etc.; nuestro hermoso País de las máximas libertades aún es relativamente pequeño, y tiene límites que lo circunscriben, mas cuando todos los hombres recuperen su libertad individual y, en consecuencia, se instituya la igualdad absoluta de clases, de leyes, de aspiraciones, y aun de lenguas...

—¿De lenguas también?

—¿Por qué no?... Entonces nuestros límites desaparecerán por sí mismos y el País Libre (constituido ya por el mundo entero) ha de ser único, forzosamente.

—Eso de "las máximas libertades" me recuerda el "bolcheviquismo": ¿hay realmente afinidad?

—Lo que usted llama "bolcheviquismo" es solamente la iniciación, el balbuceo de lo que aquí tenemos instaurado; ese fue, en efecto, nuestro punto de partida, hace ciento sesenta y dos años; pero siempre en marcha progresiva, aquellas teorías renovadoras se ampliaron, se sublimaron, elevando al País a un grado altísimo de adelanto y de organización.

—Organización... ¿relativa, por supuesto?

—Organización perfecta.

—No lo entiendo: yo imagino que, como su nombre indica, en este País Libre cada uno podrá hacer lo que quiera.

—Cada uno hace "lo que debe".

—¿A pesar de las máximas libertades?

—"En virtud de ellas", porque de tal modo se contrastan, se encuadran las libertades individuales entre sí, que cada cual ha de marchar, necesariamente, por el camino derecho para no tropezar ni entorpecer.

—¡Admirable!

—Cuando sepa más detalles crecerá su admiración; por eso el Consejo directivo (el gobierno, como ustedes dicen) ha acordado traer periódicamente algunos "irredentos" e invitarles a participar temporalmente de nuestra vida social, con la seguridad absoluta de que después han de preconizar sus excelencias.

—¡Y yo he sido ahora el agraciado!

—Justamente: aprovecharon nuestros emisarios el estado de inconsciencia en que usted se hallaba...

—Para secuestrarme.

—Cierto: secuestro es; sin embargo, respetando su propia libertad, queda a su arbitrio el aceptarlo o protestar, y, si así lo desea, se le llevará de nuevo a su región inmediatamente.

—¿Se prolongaría mucho mi estancia aquí si aceptara esa original invitación? —pregunté, sintiendo avivada mi curiosidad.

—Horas o años, a su elección: hasta el momento en que manifestara usted deseo de marcharse.

—En tales condiciones no dudo más: acepto.

—Bien. Como eficaz procedimiento de estudio, el Consejo directivo le recomienda que no se limite a "ver", sino que entre de lleno en nuestra vida, para usted nueva, siendo, mientras permanezca aquí, uno más entre nosotros, porque las cosas no se aprecian de igual manera interviniendo en ellas directamente que contemplándolas como simple espectador; y puesto que aquí todos trabajamos, "todos necesitamos trabajar", convendría que eligiera usted un oficio y lo ejerciese durante algún tiempo a nuestro modo; por lo demás, yo tengo el encargo de atenderle y guiarle.

—Me parece acertadísima la indicación; yo soy escultor y, por lo tanto...

—¡Bah! Adopte un oficio serio.

—¿Serio, dice usted?... ¡Cómo! ¿No es serio, acaso, el consagrarse con alma y vida a un arte nobilísimo y sublime?

—Pero inútil para el Estado: el arte por el arte, está demostrado que es una forma de locura, afortunadamente inofensiva: ya confío en que se curará usted pronto... Encauce sus energías hacia cosa más útil, más elevada.

—¿Por ejemplo?...

—Examine usted sus aficiones, sus aptitudes... Podría tallar mármoles para muebles, o sillares para edificaciones, delinear planos..., o tendrá conocimientos de otra índole; quizá entienda algo de contabilidad..., o tal vez sabrá escribir a máquina...

—¡Hombre! Eso sí.

—Pues inscríbase como mecanógrafo.

Vacilé un instante, sintiendo levantarse en mi alma oleadas de indignación ante aquellas blasfemias contra el arte, y al cabo, tornó a dominarme la benévola placidez.

—Hecho: mecanógrafo; sí, señor. Y dígame usted, don... ¿me quiere usted revelar su nombre?

—57-4-11.3.

—¡Otra vez los números!

—¿Vuelve usted a asombrarse de ello? Los antiguos nombres fueron suprimidos por inexpresivos e inútiles, y se los sustituyó por esta designación precisa y clara.

—¡Ya lo creo! ¡Clarísima!

—No lo dude: el sistema que aún emplean ustedes es muy confuso y hace imposible recopilar los datos e incidentes que afectan a un mismo ser. Cuando aquí nace en niño se le inscribe...

—En el Registro civil: eso no es novedad.

—"Registro social" le llamamos, pero en esencia es lo mismo; toda ciudad tiene el suyo, y está constituido por cien estantes dedicados a los varones, y otros tantos a las hembras; cada estante encierra cien libros, y a su vez cada libro tiene cien folios...

—¿Para destinar un folio a cada niña, como quien abre una cuenta?

—Exactamente: en ese folio se van anotando los sucesos importantes de su vida, y los datos necesarios; no importa que viva y muera en otro punto, pues cada hospital lleva el historial de los que nacieron en su circunscripción o, como dirían ustedes, en la provincia.

—Por lo tanto, su nombre de usted...

-Mi "cifra" (no "nombre"), 57-4-11.3, al enunciarla, dice ya concretamente que estoy inscrito en el folio 57 del libro cuarto, estante número 11, de esta ciudad número 3.

—¡El caos!... ¿Y cuando se llenen todos los libros?

—Según lo populosa que la ciudad sea, cuando se agoten los "dos millones" de folios, o se añaden estantes, o se vuelve a empezar.

—¡Sencillísimo! Tiene usted soluciones que encantan, mi querido don... ¡esta memoria mía!...

—Con recordar 57-4, basta; comúnmente no mencionamos más.

—¡Nombre y primer apellido..., aunque más parece el número del teléfono!... Pues bien, don 57-4, ¿cuándo empezaré a ejercer mi nueva profesión de mecanógrafo, al estilo del País Libre?

—Puede usted inscribirse esta tarde en la Central de empleos, y empezar mañana. Ahora, si no prefiere usted guardar dieta, vámonos para llegar a la una al comedero, donde acudirán mi mujer y mi hija.

—¿Al "comedero", igual que si fuésemos pajarillos?

—Completamente igual: que los pájaros no usen tenedor, y nosotros no comamos alpiste, son razones de poco fuste, desde el punto de vista fisiológico y de menos peso todavía para los efectos gramaticales.

—Vamos, pues, al... "comedero" —dije levantándome.

El buen 57-4 se acercó entonces al grupo de pulsadores que había en la pared, y oprimió uno de ellos; supuse que llamaba a algún criado, y se me ocurrió preguntarle cuántos tenía.

—En el País Libre —repuso gravemente— no hay amos ni criados; somos todos iguales; he avisado nuestra salida al Servicio de higiene para que, mientras estemos fuera de casa, hagan la limpieza y desinfección.

Callé y salimos.

 

II. CONOZCO A DOÑA 48-21 Y A LA SEÑORITA 12-6

En la inmediación del "restaurant" (perdón, amigo 57-4)..., del "comedero" encontramos a la mujer de mi acompañante, respetable señora de arrogante presencia, grave y solemne como su marido, también sin arrugas en su rostro ni huella excesivamente indiscreta de los años en las correctas facciones; llevaba el cabello recogido al estilo griego, y su indumentaria, semejante a la nuestra, aunque con franjas y adornos de que las nuestras carecían, se completaba con un amplio manto de singular elegancia. ¡La presunción femenina se sonríe de la lógica y de la razón y de las máximas libertades!

Volvía de su ocupación habitual (empleada en una fábrica de bombillas, según más tarde supe), y marchaba en la misma dirección que nosotros. Cuando nos vio a su lado se detuvo:

—¡Libertad! —dijo don 57-4, poniéndose la mano sobre el pecho a manera de saludo.

—¡Libertad! —respondió ella, con idéntico ademán.

Yo, al notar que me miraban fijamente, murmuré, inclinándome, un "tanto gusto, señora", que a mí mismo me sonó de modo extraño.

—Este es el irredento —asintió mi compañero; y dirigiéndose a mí, continuó: —Esta es mi mujer; su cifra, 48-21.

La presentación estaba hecha. Ella no cesaba de mirarme, sin disimular su curiosidad.

—¿Te agrada lo que vas viendo? —inquirió.

No pude reprimir un gesto de sorpresa, que él advirtió sin duda, pues me dijo, sin darme tiempo a responder:

—Aquí no usamos tratamientos que indican diferencias, ya felizmente borradas, y no sin violencia. Por falta de costumbre empleo yo el "usted" al hablarle.

—Pues no se violente..., no "te" violentes, 57-4 ¿no quedamos que seré uno de tantos mientras esté entre..., "vosotros"? Te aseguro, señora doña 48-21, que me va gustando mucho el País Libre.

Reanudamos la marcha, dialogando, y enseguida llegamos al comedero. En la puerta había un empleado, a quien tanto doña 48-21 como don 57-4 mostraron sendas contraseñas; luego don 57-4, señalándome, pronunció la palabra "irredento", que, francamente, empezaba a molestarme un poco.

Entramos. El aspecto del anchuroso local era como el de cualquier país, y al pronto ni aun me fijé en la total ausencia de camareros.

Estaba concurridísimo, y, no obstante, las conversaciones eran tan poco animadas y se sostenían en tan mesurado tono, que solo producían en conjunto un grave murmullo.

Cuando nos disponíamos a sentarnos en derredor de una mesita, se acercó a nosotros, con rítmico y gracioso andar, una joven de soberana hermosura.

—¡Libertad! —exclamaron ella y mis acompañantes, llevándose la mano al pecho.

—¡Libertad! —exclamé yo, remedándoles, un tanto cohibido.

La muchacha, clavando en mí sus grandes ojos negros, en los que la burla chispeaba, comentó con ingenuidad encantadora:

—Por lo mal que lo dice, ya se conoce que es...

—El "irredento", sí, señorita —interrumpí con sequedad.

¿También ella?... ¡De buena gana la hubiera dicho una fresca! ¡Vaya con la chiquilla!... Y, a pesar de todo, ¡era tan bonita!...

La voz de don 57-4 se alzó de nuevo, presentando:

—Esta es mi hija, 12-6.

Me incliné con la más galante de mis reverencias.

—Llego un poco retrasada -dijo la chica— porque la señal del cese me cogió a mitad de una operación de caja, y preferí dejarla terminada; fue una mañana atareada la de hoy.

—Bueno; elijamos carta —propuso don 57-4, mientras nos sentábamos en cómodos y elegantes silloncitos.

Examinaron y me dieron a examinar cuatro o seis cartulinas; cada una tenía consigo un sobrio "menú", y, al final, había en todas la indicación del precio en forma que, traducida a nuestra moneda, equivalía a decir: "un centavo el gramo".

—¿Aquí el cubierto se paga al peso? —pregunté en tono de broma.

—La lógica y la razón lo presiden todo —replicó imperturbable don 57-4-; y nada más lógico y razonable que pagar proporcionalmente a lo que se come; estas basculitas, colocadas frente a cada cual, le van acusando el peso de lo que consume para que pueda graduar el gasto.

Hasta aquel momento no había reparado yo en tales aparatitos;— el procedimiento resultaba muy curioso.

Elegido un "menú" lo colocó don 57-4 en medio de la mesa y dio dos suaves golpecitos. Inmediatamente la parte central de ella descendió, y poco después apareció de nuevo con el primer plato, descenso y reaparición que se repitieron a cada cambio de manjar.

De tal manera iba habituándome a estas cosas de magia, que acabaron por llamarme apenas la atención. No obstante, me creí en el deber de elogiar cumplidamente aquel modo sui géneris de servir, y hablé también con encomio del dueño o fundador del establecimiento.

—En nuestro país —repuso don 57-4— no existe otro dueño que el Estado; todo es suyo, puesto que todo es de todos y nada es de uno solo en particular; así este comedero es del Estado; las casas, las industrias, los comercios..., en una palabra, "todo en absoluto es del Estado"; él cobra y paga, produce y vende, inspecciona y dirige...

—Y, por lo visto, proporciona también comodidades —interrumpí—, a juzgar por las que tiene vuestra casa.

—No son precisamente comodidades, sino ahorro de energías; el Estado necesita todas las de sus administrados y economiza cuantas no le reportan beneficio directo, como son las empleadas diariamente en levantarse, bañarse, vestirse, etc.; gracias a los medios automáticos, que has visto, se hacen esas operaciones sin desgaste orgánico y en pocos segundos.

—¿Y hay análogas disposiciones en todas las casas, hasta en las más humildes?

—La que tenemos —declaró la señorita 12-6— es de las más humildes justamente, porque mi padre es solo un modesto químico; ¡si vieras tú las de los electricistas o las de los metalúrgicos!

Al oírme tratar de tú, así, de buenas a primeras, por una chica tan linda, me sentí orgulloso, y aun consciente de que decía una inconveniencia, exclamé:

—Lo que no vería jamás en esas grandes casas es una mujer tan linda como... tú.

—No, ¿verdad? ¿Te gusto a ti también?

—¡"También"!... ¡Deliciosa la pregunta!... —No sé lo que le dije, porque a mí, el estar junto a una muchacha bonita me trastorna, lo mismo en el País Libre que en la Indochina; pero no me quedé corto. Halagada ella, me escuchaba con atención, y cuando yo, interpretando el "también", di por sentado que habría un feliz predilecto entre sus pretendientes, se limitó a responder:

—No ha llegado el momento todavía.

—Pero creo que no tardará —añadió la madre— y pronto recibirás el aviso, porque debes de tener ya cerca de veinte años.

¡Aquello sí que era inaudito! ¡Una madre que no sabe exactamente la edad de su hija! ¿Habría oído mal?

—¿Dice usted..., dices tú, señora, que "debe de tener" cerca de veinte años?

—Eso calculo.

—¿No recuerdas con precisión el año y el día en que vino al mundo?... ¿Es posible?

—¿Qué le importa eso a mi madre? —arguyó 12-6.

—Señorita..., francamente, ¡o tú o yo estamos locos!

—Nuestras familias —aclaró entonces don 57-4— no están constituidas como las vuestras, porque así resultaría imposible mantener la igualdad que nos patrocina. Todos tenemos la obligación de reproducirnos, casándonos al cumplir los veinte años de edad (antes no, bajo tremendas penas), para lo cual el Estado, que lleva los registros, avisa oportunamente a cada uno, instándole a cumplir su deber; pero a los hijos provenientes del matrimonio no los retienen sus progenitores, pues se volvería con ello a las protecciones y privilegios tan detestados, sino que se entregan inmediatamente a la Casa común, donde quedan confundidos todos; allí, a los enfermos, a los débiles, a los incapacitados, se los elimina.

—¿Se los "elimina"?

—Desde luego; son seres inútiles para la sociedad y, naturalmente, se los destruye, como se destruye también a los deformes, que podrían ocasionar el decaimiento de la raza; a los útiles los educan analizando sus aptitudes y, en vista de ellas, les señalan una profesión, a la que deben consagrar su vida; finalmente, cuando están bastante instruidos y suficientemente desarrollados, se los distribuye, entregando uno, dos o más a cada matrimonio, según estima conveniente el Consejo directivo, y se reconstituye así la familia, agrupación que, si bien proscrita al principio, se ha considerado luego necesario conservarla.

—¡Estupendo! ... Confieso que, en tales condiciones, me alegraría de no tener hijos.

—A los matrimonios que, llevando dieciocho meses de vida común, no los han tenido, se los separa, y los interesados deben contraer nuevas uniones, porque el deber de procrear es ineludible y severísimo; cumplidos los veinte años, no tiene derecho nadie a permanecer soltero ni viudo.

—¿Y asimismo podrán separarse los esposos por su exclusiva voluntad?

—¡Naturalmente! —exclamó doña 48-21—. Yo estuve casada cuatro veces antes de unirme a 57-4, y no soy de las que han cambiado más; a mi primer marido se le deformó la nariz a consecuencia de un accidente, ¿había de seguir con él toda la vida? ¡Que turnaran otras!... Al segundo lo tuve que dejar porque roncaba; el tercero me dejó a mí para casarse con una que le gustaba más, y del cuarto me separé porque me reclamó un inventor.

—¡Cómo! ¿Los inventores tienen ese derecho?

—Al que inventa algo útil a la sociedad —terció don 57-4— se le conceden grandes mejoras en todos los órdenes y puede unirse a la mujer que prefiera.

—¿Aunque sea ya de otro?

—Nada es de nadie.

—¿Y si ella no quiere?

Don 57-4 guardó silencio, perplejo, un instante, y respondió:

—Nunca se dio ese caso.

—Bueno... ¿y el inventor, señora?

—Se murió.

—Era hombre discreto! —comenté—, ¿Cuántas veces piensas casarte tú, 12-6?

—¡Muchas..., muchas! ¡Debe de ser tan divertido!...

—¡Calla, por favor, amiga mía! Me hacen daño esas palabras indiferentes y frívolas pronunciadas por tus labios, que parecen modelados para articular frases de amor.

—¿Qué quiere decir "amor"?

—El amor —prorrumpió con acritud don 57-4— es una pasión funesta que enlaza unos seres con otros, restándoles independencia y libertad; afortunadamente, nosotros logramos desterrar, al fin, hasta su nombre.

—¡Oh, no es eso, no! Tú no lo conoces, 12-6, pero te lo explicaré y lo comprenderás, lo sentirás, porque tus hermosos ojos, llenos de luz, reflejan un alma purísima, capaz de todos los ideales, de todas las ternuras, de todos los ensueños...

En este punto me interrumpió bruscamente una gran voz, que, con ese timbre peculiar de las bocinas de gramófono, gritó potente:

—¡Atención! ¡Noticias generales!

Y comenzó a recitar monótona y larga narración.

—Es la comunicación diaria que hace a estas horas y a todos los comederos la Central de informaciones —murmuró junto a mi oído 12-6.

—Y que ni a ti ni a mí nos importa ahora, ¿verdad?

Don 57-4 se inclinó hacia mí, susurrando muy quedo:

—Silencio: es obligatorio escuchar.

Callamos; pero yo no presté atención a las noticias y creo que ella tampoco. No me cansaba de contemplarla, extasiado ante su espléndida belleza. ¿Me hallaba atacado de una intoxicación de amor, como quizá hubiera diagnosticado mi severo amigo? ¿Sería que, despertando en mí el escultor, se deleitaba el artista con la idea de esculpir sublimes concepciones en el bloque sutil de un alma virgen? ¿Era, sencillamente, la fascinación irresistible y misteriosa de sus ojos, serenamente fijos en los míos?... Su mano jugueteaba maquinalmente con unas migas de pan; la mía, sin pedirme licencia, se acercó a ella cautelosamente..., la rozó..., hasta tuvo la audacia de aprisionarla un segundo...; ignoro en absoluto lo que nuestras manos se dijeron en su breve confidencia; algo grato fue, sin duda, pues vi el hechicero rostro colorearse levemente e iluminarse con dulce sonrisa: ¡la primera sonrisa que advertía en El País Libre!

Desviando los ojos, retiró 12-6 vivamente su mano, y sintiendo yo clavada en mí la grave mirada de don 57-4, noté súbito calor en las mejillas y traté de disimular, fingiendo que escuchaba atento.

La voz estentórea cesó a poco, gritando a manera de despedida:

—¡Salud y libertad!

Como si fuera señal convenida, todos los concurrentes, al oírlo, se dispusieron a marcharse; después supe que, efectivamente, era obligatorio hacer una hora de moderado ejercicio antes de reanudar la habitual tarea. Doña 48-21 y 12-6, examinando sus basculitas respectivas, depositaron frente a ellas, como importe de lo consumido, varios papelitos polícromos, que al pronto se me figuraron billetes de Banco y no eran otra cosa que "bonos de trabajo"; don 57-4, después de consultar su báscula y la mía, hizo lo mismo.

—Nada más fácil que irse sin pagar —insinué yo, ladino y picaresco.

—Veámoslo —contestó él, retirando los "bonos" que había colocado ante mí.

Hundióse y subió de nuevo la parte móvil de la mesa, y mis acompañantes se levantaron; yo no lo conseguí; cuantas veces lo intentaba se estrechaban contra mi cuerpo los brazos del sillón, inmovilizándome. Para conjurar el ridículo me eché a reír estúpidamente.

—Todo está previsto y evitado —declaré.

—El mecanismo es sencillo, pero eficaz —articuló lentamente don 57-4, poniendo otra vez frente a mi sitio los bonos que había quitado.

Dio los pausados golpecitos, avisando; se repitió por última vez el descenso y la reaparición de la zona central y pude entonces ponerme en pie sin estorbo alguno.

 

—¿Te has reído de mí, 12-6? —la pregunté confuso, mientras salíamos.

—¿Reírme?...; No; fue la tuya una curiosidad explicable en un "irredento".

—No me llames así, te lo suplico; llámame Pablo, que es mi nombre: Pablo Orellana, escultor...

—¿Tú escultor? —exclamó admirada y casi temerosa- ¡Qué desdichado! Pero te someterás a tratamiento, ¿verdad? Tenemos médicos muy hábiles que han curado a otros artistas.

—No soy un enfermo, 12-6; tú ignoras qué es el arte, como ignoras qué es el amor...; quizá por eso, porque no conoces el amor. Yo te hablaré de arte también; te enseñaré a soñar...

—Soñar no me gusta, me da jaqueca; prefiero dormir tranquila.

—Tranquila dormirás, pero soñarás despierta; yo te revelaré un mundo desconocido y maravilloso, poblado de soberbias creaciones, de engendros portentosos, de seres impalpables, de personajes incorpóreos que, a tu conjuro, surgirán, agitándose como si vivieran y no vivirán sino para ti sola, evocados por la magia prodigiosa de tu imaginación.

—Sí, sí; descríbeme ese mundo de que hablas. ¡Qué bonito!

Durante la hora de paseo, tan fugazmente transcurrida que se me figuró apenas comenzada, cuando el agudo aullar de las sirenas que ordenaban imperiosas la reanudación del trabajo individual nos obligó a separarnos, la hablé incansable de mis ensueños, de mis visiones de arte, de mis ideales, de mis ilusiones...; ella, entornados los ojos, arrobada, escuchando aquellas descripciones que oía por vez primera, comentaba a cada instante:

—¡Qué bonito!... ¡Qué bonito!...

Y mi corazón, brincando alborozado, repetía como un eco: —¡Qué bonita!... ¡Qué bonita!...

 

III. NUEVA VIDA

Rápidamente me fui habituando a los usos y costumbres del País Libre.

Ya no me sorprendía, por el contrario, me parecía muy natural ser desnudado automáticamente cuando iba a acostarme y ver encerrarse mis vestiduras en el brillante cilindro donde sabía que se desinfectaban. Me era familiar el empleo de cifras en sustitución de los nombres para designar a las personas. Hablaba de tú, sin vacilación, al lucero del alba. No se me escapaba ni por casualidad un "buenos días" en vez del solemne "¡Libertad!", a manera de saludo. Usaba con gran desparpajo el "telefonoscopio", teléfono de alta voz que, en conexión con las pantallas de tupida red metálica que tanto me extrañaron al principio, permitía ver a la persona comunicante y ser visto por ella.

Este aparato era curiosísimo y admirable, y todo lo que ustedes quieran; pero tenía sus inconvenientes también, para mí al menos, pues la Inspección tutelar (especie de organización policíaca y vigilante) lo utilizaba para llevar a cabo sus paternales fines, pudiendo los inspectores, desde las respectivas oficinas, oír las conversaciones y ver el interior de las casas, sin que a tal fiscalización escapara local ni rincón alguno; ¡era demasiada tutela, francamente! Eso de no estar nunca solo cohíbe, atormenta como atroz pesadilla, y se me antoja atentatorio a la libertad, aunque don 57-4 me aseguraba que no, porque quien nada malo hace no debe temer que lo oigan y lo vean; por mi parte, puedo decir que me costó no pocas reprensiones y multas el hablar con demasiada ingenuidad en son de crítica o de burla respecto a las cosas de allí, olvidándome del endiablado aparato.

Por de contado, mi vida no era ociosa. A las siete en punto de la mañana, un sonoro timbre, accionado desde la Inspección general del trabajo, nos despertaba a todos; gracias a los medios automáticos, el estar listo era cuestión de pocos segundos; me incorporaba en la cama, que amablemente me ponía en pie por sí sola; cruzaba casi sin detenerme la habitación inmediata, recibiendo a mi paso la ducha eléctrica, la hidráulica y la fricción subsiguiente, y en seguida me encaminaba a mi ocupación.

Mi trabajo, como el de los demás de casa, empezaba a las ocho, pero tenía que personarme en el local a las siete y media; allí, dirigidos por la Junta de régimen interior (tres empleados elegidos por nosotros mismos entre los más aptos, laboriosos y sagaces de los compañeros), dedicábamos media hora a ejercicios de gimnasia, terminados los cuales se nos distribuía un frugal desayuno y comenzábamos la diaria labor. Era excepcional que se retrasara alguno; verdad es que nos convenía más ser puntuales, pues cada quince minutos de demora ocasionaban el descuento de la cuarta parte del jornal; así, quien se retrasase una hora, no cobraba nada, lo cual no le eximía de acudir, a pesar de todo, porque de lo contrario no recibía la contraseña indispensable para entrar en los "comederos" y que variaba cada día.

Desde las ocho hasta la una, en que las sirenas daban la señal del cese, estaba yo "chac-chac-chac", dándole a la máquina de escribir; no se permitía hablar ni perder tiempo con pretexto; podía, sí, trabajar más despacio o más de prisa, pero en interés propio estaba el apresurarme, ya que al final cobraba según la cantidad de trabajo realizado, y la soldada nunca resultaba muy crecida, porque estaba calculado el rendimiento con cuidadosa precisión, de tal manera, que el trabajo metódico y sin fatiga produjese como remuneración poco más de lo indispensable para cubrir las necesarias atenciones; solamente los dividendos periódicos (bastante restringidos, por los gravámenes que las muchas cargas generales del Estado imponían) nos proporcionaban algún pequeño desahogo.

A la una me reunía en el "comedero" con don 57-4 y su familia; comíamos de prisa, escuchábamos las "noticias generales" y salíamos todos juntos a dar el reglamentario paseo hasta que, minutos antes de las tres, las sirenas atronaban el espacio llamándonos al trabajo nuevamente.

Reanudaba mi ocupación y seguía entregado al afanoso tecleo hasta las seis; a esta hora se ponía fin a la cotidiana tarea, se nos daban instrucciones para el día siguiente, se examinaba y computaba nuestra labor por la Junta de régimen con toda escrupulosidad y recibía cada uno de nosotros los "bonos de trabajo" que le correspondían.

A las seis y media estaba ya en la calle, desligado de obligaciones, pudiendo hacer lo que quisiera..., menos meterme en el café o irme al cine, porque ni cafés ni espectáculos había; a las ocho acudía al "comedero" acostumbrado, cenaba sobriamente en compañía de mis amigos y paseábamos después un rato o nos retirábamos a casa, según estuviera el tiempo; trasnochar no había ni que intentarlo, porque a las diez se apagaba la luz y no quedaba más recurso que irse a dormir.

Semanalmente tenía también descanso, dejándome a mi elección un día libre cada siete; es decir, relativamente libre, pues en él debía presentarme al médico para sufrir el reconocimiento semanal y tomar nota minuciosa de sus prescripciones, comprometiéndome a observarlas con la mayor exactitud; por este servicio percibía el facultativo una pequeña cuota, con la particularidad notable de que se le abonaba mientras el cliente estuviera perfectamente sano y, en cambio, dejaba de retribuírsele en caso de enfermedad. Además de esto, que no requería sino pocos minutos, invertía dos horas en recibir instrucción militar; no había ejército permanente, pero hasta que el mundo entero fuese "país libre", "todos" tenían el deber de ejercitarse en formaciones y principios tácticos para hallarse en aptitud de repeler cualquier agresión, si ocurriera el caso.

La tarde, sí, la tenía desocupada por completo, y demás está decir si la aprovechaba.

Para nosotros eran deliciosas estas horas de asueto; al decir "nosotros" claro está que aludo a 12-6. Había escogido yo el mismo día de descanso semanal que ella y sus padres, y solíamos pasar esas tardes en el campo, donde, aunque no escaseaban los guardas y vigilantes, no había, ¡gracias a Dios!, telefonoscopios y me despachaba a mi gusto, unas veces en conversación general, divirtiéndome cuando, al tratar de determinadas cuestiones, se escandalizaba doña 48-21, protestando con energía contra lo que llamaba esclavitud de la mujer irredenta: otras, departiendo amigablemente con don 57-4, y muchas, muchísimas, dialogando íntimamente con 12-6, cada día más linda, más encantadora, más sugestivamente ingenua... ¡Demonio de chiquilla!...

—Mira, 12-6 —le dije en cierta ocasión—, cuando cumplas la edad nos casaremos, ¿querrás?

—Si armoniza con el mío "tu coeficiente de aptitud"...

—Y qué es eso?

—Un número que en el Registro social deducirán de tus cualidades mentales, de tu laboriosidad, de tu temperamento, de tu edad... Pídelo a ver.

—Lo pediré. ¿Qué otros documentos se necesitarán?

—Hemos de dirigir una instancia al Consejo local, "firmada" con las impresiones digitales de los dos, solicitando unirnos.

—Di "casarnos"; parece que suena mejor. ¿Y después?

—Después se publicará una petición, y si al cabo de un mes no se ha presentado otro con derecho de preferencia, quedaremos unidos.

—Casados. ¿Sin más ceremonia?

—Sin más ceremonia.

—Escúchame, 12-6; si se presentara "otro", aunque tuviera todos los derechos imaginables, ¿me dejarías por él?

—No tendría más remedio —contestó pausadamente, con amargura en la voz; y advirtiendo mi expresión de contrariedad, añadió para consolarme—, pero luego me separaría de él y vendría contigo.

—Me disgusta que hables así —la apostrofé con dureza—, son indignas de ti esas ideas...; ¡y asegurabas que ibas aprendiendo a querer!... ¿Mentías, entonces?...

Me miró atónita, sincera y profundamente asombrada... De pronto rompió a llorar con aflicción infinita.

Al oír los sollozos acudieron sus padres.

—¿Qué hiciste? —me reconvino don 57-4—, Nunca ha llorado hasta hoy; tus palabras la han hecho conocer el dolor.

¡No era el dolor, no!... Ya 12-6, sintiendo que mi mano, conciliadora, temblando de emoción, oprimía la suya dulcemente, sonreía, sin que sus lágrimas dejasen de fluir.

Contemplaban ellos, estupefactos, aquel espectáculo inaudito, nuevo, incomprensible, de risa y llanto al mismo tiempo.

—Convendrá avisar al médico —aconsejó doña 48-21, dirigiéndose a su marido.

El hizo un mudo gesto de aquiescencia.



IV. USQUE AD MORTEM

Aquel día me parecieron dos eternidades las dos últimas horas de trabajo, y solo a costa de grandes esfuerzos conseguí dominar mi impaciencia.

Huelga decir que, apenas me vi libre, corrí con toda la celeridad de mis piernas al encuentro de 12-6, para notificarle la gratísima nueva.

¡Figúrense ustedes!... Entre los documentos que me habían entregado para que los mecanografiara, se hallaba, por dichosa casualidad, una comunicación avisando a 12-6 que cumplía veinte años y debía casarse, por lo tanto, en el plazo máximo de seis meses.

Yo no sé..., ni quiero transcribir lo que en esos dulces momentos de inefable emoción sintieron nuestros corazones, ni las palabras que brotaron de nuestros labios, ni los ensueños que revolotearon en nuestras almas; ¿acertaría, acaso, a expresarlos aunque quisiera?... Solamente les diré qué, sin perder instante, redactamos la solicitud de casamiento, convenientemente sellada con nuestras impresiones digitales a modo de firmas, y nos apresuramos a depositarla en las oficinas del Consejo local; así desde luego, el derecho de prioridad era mío indiscutiblemente, y de allí a un mes justo nos casaríamos... si no había otro que...; pero en eso no quería yo ni pensar.

En nuestro paseo hasta la hora de la comida y luego en el "comedero", no hablamos los dos de otra cosa, dejándonos llevar de la felicidad que sentíamos, sin reparar en los aspavientos de doña 48-21, que no comprendía tales vehemencias, ni en la muda recriminación de don 57-4, que, al oírnos, movía gravemente la cabeza, reprobándolas.

Cuando, por la noche, volvimos a casa ya estaba en ella la halagüeña comunicación, juntamente con otra dirigida a doña 48-21; cual si entonces conociese la noticia por vez primera, 12-6, al leerla, dio muestras de la más alborotada alegría; por el contrario, doña 48-21, al leer la suya, palideció ligeramente.

—¿Es el aviso? -preguntó reposadamente don 57-4 a su mujer.

—El aviso, sí.

—¿Y para cuándo?

—Para mañana a estas horas.

Intrigado por el breve diálogo, pregunté a mi vez, bromeando alegre:

—Aviso... ¿de qué? ¿De nuevo matrimonio quizá?

—No; aviso de morir —respondió con calma doña 48-21.

—¿Cómo "de morir"? ¿Por qué motivo?

—Porque le corresponde —explicó con la afectada naturalidad don 57-4—; gracias a la rigurosa higiene y a la constante y escrupulosa desinfección, las enfermedades se han reducido tanto, y es tan escaso el número de defunciones que, para evitar un desproporcionado aumento de población, el Consejo directivo designa con arreglo a ciertas reglas, basadas en los datos estadísticos y en la edad y condiciones particulares de las personas propuestas por los Consejos locales, aquellas que periódicamente deben desaparecer.

—¡Es terrible!... ¿ Y no hay manera de eludirlo, señora?

—Solo se otorga prórroga del plazo a quienes tienen en estudio o en ejecución algún asunto de grande utilidad general, pero ni aun esos suelen pedirla; ¿para qué desear unos días más de trabajos?

—Así es —asintió don 57-4.

—Era de todo punto indudable —siguió ella— que el aviso para el uno o para el otro no había de tardar ya, y lo tenía descontado; tanto, que hablando hace poco con 49-77, que se desunió el mes pasado, convinimos en unirnos, si el aviso lo recibías antes tú.

Yo estaba asombrado de que el diálogo tomara semejante giro en tales circunstancias.

Confieso que aquella noche no pude dormir ni casi pude tampoco probar bocado al día siguiente; ella, en cambio, declaró que había dormido bien, comió y cenó como de ordinario y su conversación en el "comedero", en el paseo y durante nuestro regreso a casa, fue asimismo igual que de costumbre. Permanecía realmente inalterable, lo cual despertaba mi admiración, pero me avergonzaba, porque me era imposible ni aun fingir serenidad, y sentía crecer mi angustia de minuto en minuto.

—Particularmente, cuando volvimos a casa aquella noche fatídica, yo no podía ni hablar, sofocado de emoción; envidiaba y veneraba profundamente la frialdad de ánimo que demostraba doña 48-21, sentada muellemente entre nosotros, departiendo con todos, como si hubiera olvidado por completo el tremendo aviso; ni se alteraron apenas sus facciones cuando a poco aparecieron en la puerta de la habitación dos empleados, llevando relucientes artefactos de cobre, y dijeron sin más preámbulo:

—48-21, es la hora.

—Estoy pronta -respondió ella.

Se levantó para seguirlos, y, en el momento de salir, se volvió hacia nosotros, levemente demudado el color, pero con el rostro sereno, y, sin temblores ni veladuras en la voz, pronunció el saludo acostumbrado:

—¡Libertad!

—¡Paz! —contestaron don 57-4 y 12-6.

Yo no pude articular palabra, y me cubrí la cara con las manos, presa de gran agitación.

Deseoso de calmar mi espanto, don 57-4 se inclinó hacia mí y me advirtió en cortadas frases:

—Es por medio de la electricidad... Ahí, en su cuarto de aseo... No sufrirá...

Creo que fue cosa de un minuto, o, al menos, así me lo pareció, pues se me figuraba que doña 48-21 acababa de salir apenas, y ya reaparecieron los empleados de antes para anunciar:

—Hemos concluido: ¿nos la llevamos ahora?

—Sí -autorizó don 57-4.

Nuevamente se fueron, y al cabo de un instante sonaron otra vez sus pasos pesadamente.

Don 57-4 se dirigió hacia la puerta, y apoyando su crispado puño en el marco presenció el fúnebre desfile; 12-6 y yo, llenos de pesadumbre, acudimos junto a él. Le estreché silenciosamente la mano; estaba fría, helada, creí también notar que un hondo suspiro pugnaba por escaparse de su pecho, pero el enérgico imperio de su voluntad lo contuvo, y cuando desapareció el macabro cortejo, mi buen amigo, intensamente pálido, me miró y trató de sonreír.

 

V. ¡…….!

Me ha destrozado el alma tan cruelmente este último episodio de mi estancia en el País Libre que no atino a describirlo. Veinte veces lo he intentado y otras tantas he roto con desesperación las hojas de papel empapadas en lágrimas.

Quiero, no obstante, hacer un esfuerzo supremo: contarlo todo en pocas palabras; si estas resultan deshilvanadas, confusas, inconexas, ustedes, que saben el motivo, me perdonarán...

Faltaban cinco días para concluir el mes de plazo, a cuya terminación 12-6 y yo nos casaríamos. Aquella tarde no fue ella al "comedero" ni al paseo, ni, al regresar a casa con don 57-4, la encontramos allí. Yo estaba inquieto, desazogado, nervioso, y, a pesar de las tranquilizadoras noticias que nos transmitieron tanto la Central de informaciones como la Inspección tutelar, a cada momento hubiera salido yo a buscarla, si don 57-4 no me hubiera disuadido persuasivamente de mis propósitos.

Me acosté lleno de zozobra, y llevaba una hora o dos... o quizá solo minutos, no lo sé, atormentado por horribles resentimientos, cuando hasta mí llegó, amortiguado, pero inconfundible, un sollozo, tan lleno de amargura, que se me clavó como un dardo en el corazón.

Oírlo y arrojarme de la cama fue simultáneo; volé al cuarto de 12-6 y, a la tenue claridad que por el ventanal entraba, la vi de rodillas, vuelto al cielo el hermoso rostro inundado de llanto, oprimiendo con ambas manos el pañuelo contra los labios para evitar que se desbordara su pena en desgarradores gemidos.

Al sentirme cerca se abrazó estrechamente a mí, agitada, convulsa, conmovida por el desconsuelo.

Tardó mucho en tranquilizarse lo suficiente para poder hablar; al fin, pasada la crisis y confortada por mis palabras, fue renaciendo en ella la serenidad y me explicó lo ocurrido.

Ahogada de pena había errado por calles y campos, desde que supo la cruel noticia, a solas con su congoja, resistiéndose a recurrir a mí para comunicármela y buscar auxilio y consuelo, temerosa de que un impulsivo arrebato mío me atrajera severísimo castigo y desencadenara irreparables desdichas sobre ambos.

—No podremos casarnos, ¿sabes?... Del Consejo local me han llamado esta tarde para decírmelo; hay otra instancia en que me pide un inventor...; es preferente... ; además juzgan perniciosa para nuestra libertad individual este cariño que nos profesamos...

La propuse huir en seguida, abandonar inmediatamente aquel extraño país; volver a mi patria, donde ella tendría un nombre bellísimo en vez de una inexpresiva cifra, y seríamos eterna e inefablemente felices, porque el mismo Dios bendeciría nuestro casamiento y nuestro hogar.

—Sí, sí, vámonos; también pensé en eso. Mi padre conoce el camino secreto que nos llevará fuera de aquí, burlando las mortales alambradas de alta tensión que cierran las fronteras; le suplicaremos que nos lo enseñe... Yo he cortado los cables del telefonoscopio para que no puedan sorprender nuestro plan...

La voz enojada de don 57-4, que al oírnos hablar había acudido, nos hizo estremecer.

—¿Qué has hecho, desgraciada? ¿Cuándo pensó en desertar un hijo del País Libre?...

Le expusimos el terrible caso; le rogamos con anhelante insistencia que se compadeciera de nosotros..., que nos auxiliase..., hasta que nos acompañara en nuestra fuga.

El escuchaba en silencio, cruzados sobre el pecho los brazos, mirándonos alternativamente a los dos; pero, al proponerle esto último, protestó vivamente.

—¡Jamás! ¡Jamás! —exclamó-. Mi puesto y mi deber están aquí.

—También encontrarás allí —le repliqué— un puesto que ocupar y una misión que cumplir, y por añadidura tendrás goces y alegrías desconocidos en este país tuyo, donde a fuerza de ensalzar y venerar libertades las matasteis, porque os habéis hecho esclavos de la misma libertad; aún estando tan admirable, tan insuperable y sabiamente organizados, o quizá por esto, sois autómatas que os movéis rígidamente, como empujados por una fatalidad que os obligara a caminar siempre, a caminar sin tregua; vuestra vida es incolora, fría, sin atractivos...

—Todas nuestras necesidades están previstas y atendidas; nada nos falta.

—¡Oh, sí! Os falta..., díselo tú, 12-6; tú que ya lo conociste.

—Padre mío —susurró ella con ternura dulcísima—, os falta el amor, que es lo más hermoso, lo más grande, lo más delicioso de la vida.

—¡Calla!... No sabes lo que dices; esa pasión funesta destruiría nuestra organización, trayéndonos de nuevo preferencias y desigualdades, injusticias, rivalidades, luchas. ¡Calla!... ¡ Calla!...

—¿Hemos de renegar del sol porque hay sombra, amigo mío?... Profesáis a la libertad un culto tan excesivo y, sobre todo, tan "exclusivo", que relega y anula los más puros sentimientos, ¡que casi anula la personalidad! Por eso desdeñáis el amor, lo aborrecéis, os horroriza pensando que tal vez desmoronara esta magna obra social. ¿Y qué? El "hace ligero todo lo pesado y llevadero todo lo desigual": a pesar vuestro resurgirá, conquistando vuestros corazones, y si quebranta esa soberbia organización, os devolverá, en cambio, los ideales que sonríen al alma, las ilusiones que hacen suave el camino, la fe que sostiene y alienta, las sutiles emociones que subliman el espíritu, los santos afanes que ennoblecen, porque "no hay cosa"...

—Déjame que lo diga yo —interrumpió 12-6—. ¡Me gusta tanto!...

Y abrazada a su padre, con entonación acariciadora y trémula, que no olvidaré nunca, empezó a recitar las frases del "Kempis", aprendidas de mis labios:

—"No hay cosa más dulce que el amor; nada más fuerte, nada más alto, nada más ancho, nada más alegre, nada más lleno ni mejor en el cielo ni en la tierra, porque el amor nació de Dios y no puede aquietarse con todo lo creado, sino con el mismo Dios".

Era tan irresistible el encanto que de ella emanaba; había tanto cariño en su acento y en sus ojos, que don 57-4, conmovido a pesar suyo, la estrechó paternalmente entre los brazos y puso un largo beso en su frente.

Guardó después silencio unos instantes, y, al fin, suspirando, dijo:

—Sea como queréis; venid, os mostraré el camino y volveré aquí, consciente de la responsabilidad que contraigo y pronto a sufrir mi justa condena...

Un penetrante grito de 12-6 nos inmovilizó; muda de terror, señalaba la pantalla del telefonoscopio, en la cual se advertía tenue fosforescencia, denotándonos que funcionaba de nuevo, que había sido reparada la avería; nos habían espiado; nos escuchaban; ¡estábamos perdidos!

—¡Esperad! -ordenó con imperiosa rudeza el odiado aparato, al mismo tiempo que las luces se encendían súbitamente.

Me rebelé, airado, contra el inexorable mandato; hablé de luchar, de defendernos... Don 57-4, impasible, se negó, y besó otra ver a su hija sin pronunciar palabra.

No fue larga la espera: unos pocos minutos... Llegó un grupo de cinco o seis hombres, y el jefe de ellos, mientras los demás traían de la habitación próxima dos sillones y disponían enchufes y transformadores eléctricos, nos notificó fríamente las instrucciones que llevaba. 12-6 por el doble motivo de haber cortado los cables e intentar la fuga, y don 57-4, por haber consentido en la evasión, debían morir; en cuanto a mí, sería expulsado inmediatamente.

Furioso, quise arrojarme sobre ellos con desesperado ímpetu, pero don 57-4 me contuvo con firmeza, y recuerdo vagamente que, cuando yo forcejeaba con todas mis energías por desasirme de los dos hercúleos mozos que al punto me sujetaron, le vi sentarse impávido, sereno, y colocarse con sus propias manos el fatídico capacete de cobre.

Jadeante, rendido por la estéril lucha, miré ansiosamente a 12-6... Ella, poniendo el alma entera en los ojos, me miraba también, ya sentada...

¡Perdón!... El corazón se me desgarra... ¡No puedo más!...

***

Anhelé morir yo también en aquellos crueles momentos, y experimenté íntimo consuelo al sentir en mi cabeza un agudísimo dolor y caer, desvanecido, como si el mismo golpe nos hubiese herido simultáneamente a los dos.

¡Dios no lo quiso!... Volví a la vida; me hallé tendido sobre una mesa de operaciones; las manos del practicante iban y venían vendándome, y a mi lado un doctor, calmoso y serio, hablaba con otros compañeros suyos, repitiendo frecuentemente la palabra "trepanación"... Nada sabían de 12-6 ni de don 57-4, o aparentaron no saberlo.

El mismo negativo resultado he obtenido cuantas veces narré mi aventura... Unos me compadecen, como a un niño enfermo; otros se ríen; todos muestran extrañeza al escucharme... ¿Me consideran loco?... ¿Es que no me creen?

¡Hay para desesperarse!

Sin embargo, cuanto he referido es verdad... ¡Os juro que es verdad!...

  • Miguel Roselló Calvo
    Roselló Calvo, Miguel

    Miguel Calvo Roselló (San Juan, Puerto Rico, 1878-¿?) fue ingeniero del ejército español. Hijo de Miguel Calvo Alonso y Hortensia Roselló Laforest, a los dieciséis años ingresó en la Academia del Arma de Ingenieros, fue teniente a los diecinueve y se retiró en 1931 aunque después de la guerra vuelve a aparecer brevemente como coronel. Se jubiló definitivamente en 1940, al cumplir la edad reglamentaria. Durante buena parte de su vida llevó a cabo una actividad literaria. “Un país extraño" se publicó por primera vez en Blanco y Negro, de Madrid, el 28 de septiembre de 1919 y después en la publicación argentina La Novela Semanal el 27 de julio de 1925.