facebook
Menu

Año 2 #18 Abril 2016

El demonio de la perversidad

“El demonio de la perversidad” trata de los impulsos autodestructivos que mueven al narrador, impulsos que el autor identifica con el "demonio de la perversidad". El narrador describe este principio como un agente espiritual que obliga a las personas a hacer cosas por el mero hecho de que no deberían hacerlas. La frase es hoy corriente en lengua inglesa, y se considera que este autor pudo estar en el origen de la misma.

 

El demonio de la perversidad

Traducción Julio Cortázar

 

En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia tuviera necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos entender, es decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiese introducido por sí misma, no podíamos entender de qué modo era capaz de actuar para mover las cosas humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictarle propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de frenología, por ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural hacerlo), que entre los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera. Asignamos, pues, a éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es el acicate con el cual la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo lugar, habiendo decidido que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la especie, descubrimos inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos con la combatividad, la idealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con todos los órganos que representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en este ordenamiento de los principios de la acción humana, los spurzheimistas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han hecho sino seguir en principio los pasos de sus predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir del destino preconcebido del hombre y tomando como fundamento los propósitos de su Creador.

Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación (puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en lo que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que Dios pretende obligarle a hacer. Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras? Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en sus tendencias esenciales y en las fases de la creación?

La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad a falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad de la equivocación o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos impele a su prosecución. Esta invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo no admitirá análisis o resolución en ulteriores elementos. Es un impulso radical, primitivo, elemental. Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros actos porque sabemos que no deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una modificación de la que comúnmente provoca la combatividad de la frenología. Pero una mirada mostrará la falacia de esta idea. La combatividad, a la cual se refiere la frenología, tiene por esencia la necesidad de autodefensa. Es nuestra salvaguardia contra todo daño. Su principio concierne a nuestro bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al mismo tiempo que su desarrollo. Se sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al mismo tiempo por algún principio que será una simple modificación de la combatividad, pero en el caso de esto que llamamos perversidad el deseo de estar bien no sólo no se manifiesta, sino que existe un sentimiento fuertemente antagónico.

Si se apela al propio corazón, se hallará, después de todo, la mejor réplica a la sofistería que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical. No es más incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún período no lo haya atormentado, por ejemplo, un vehemente deseo de torturar a su interlocutor con circunloquios. El que habla advierte el desagrado que causa; tiene toda la intención de agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y más luminoso lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y lamenta la cólera de aquel a quien se dirige; sin embargo, se le ocurre la idea de que puede engendrar esa cólera con ciertos incisos y ciertos paréntesis. Este solo pensamiento es suficiente. El impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando todas las consecuencias) es consentida.

Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces, energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea, y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y ¿por qué? No hay respuesta, salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del principio. El día siguiente llega, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con nuestro deber, pero con este verdadero aumento de ansiedad llega también un indecible anhelo de postergación realmente espantosa por lo insondable. Este anhelo cobra fuerzas a medida que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra mano. Nos estremece la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido, de la sustancia con la sombra. Pero si la contienda ha llegado tan lejos, la sombra es la que vence, luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al mismo tiempo es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela, desaparece, somos libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde!

Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una nube de sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra forma, como el vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches. Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho más terrible que cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin embargo, es sólo un pensamiento, aunque temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la feroz delicia de su horror. Es simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones durante la veloz caída desde semejante altura. Y esta caída, esta fulminante aniquilación, por la simple razón de que implica la más espantosa y la más abominable entre las más espantosas y abominables imágenes de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él con más ímpetu. No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como la del que, estremecido al borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un instante cualquier atisbo de pensamiento significa la perdición inevitable, pues la reflexión no hace sino apremiarnos para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo, no podemos hacerlo. Si no hay allí un brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos arrojamos, nos destruimos.

Examinemos estas acciones y otras similares: encontraremos que resultan sólo del espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no deberíamos hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible, y podríamos en verdad considerar su perversidad como una instigación directa del demonio si no supiéramos que a veces actúa en fomento del bien.

He hablado tanto que en cierta medida puedo responder a vuestra pregunta, puedo explicaros por qué estoy aquí, puedo mostraros algo que tendrá por lo menos una débil apariencia de justificación de estos grillos y esta celda de condenado que ocupo. Si no hubiera sido tan prolijo, o no me hubierais comprendido, o, como la chusma, me hubierais considerado loco. Ahora advertiréis fácilmente que soy una de las innumerables víctimas del demonio de la perversidad.

Es imposible que acción alguna haya sido preparada con más perfecta deliberación. Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil planes porque su realización implicaba una chance de ser descubierto. Por fin, leyendo algunas memorias francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida a madame Pilau por obra de una vela accidentalmente envenenada. La idea impresionó de inmediato mi imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la cama. Sabía también que su habitación era pequeña y mal ventilada. Pero no necesito fatigaros con detalles impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante los cuales sustituí, en el candelero de su dormitorio, la vela que allí encontré por otra de mi fabricación. A la mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del coroner fue: «Muerto por la voluntad de Dios.»

Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó por mi cerebro la idea de ser descubierto. Yo mismo hice desaparecer los restos de la bujía fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera hacerme sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción que nacía en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período muy largo me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer más real que las ventajas simplemente materiales derivadas de mi crimen. Pero le sucedió, por fin, una época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi imperceptible, a convertirse en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesiva. Apenas podía librarme de ella por momentos. Es harto común que nos fastidie el oído, o más bien la memoria, el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases triviales de una ópera. El martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena o el aria de ópera meritoria. Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando en mi seguridad y repitiendo en voz baja la frase: «Estoy a salvo».

Un día, mientras vagabundeaba por las calles, me sorprendí en el momento de murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar abiertamente.»

No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi corazón. Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he explicado no sin cierto esfuerzo) y recordaba que en ningún caso había resistido con éxito sus embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para confesar el asesinato del cual era culpable se enfrentaba conmigo como la verdadera sombra de mi asesinado y me llamaba a la muerte.

Al principio hice un esfuerzo para sacudir esta pesadilla de mi alma. Caminé vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un deseo enloquecedor de gritar con todas mis fuerzas. Cada ola sucesiva de mi pensamiento me abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien, que pensar, en mi situación, era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles atestadas. Al fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación de mi destino. Si hubiera podido arrancarme la lengua, lo habría hecho, pero una voz ruda resonó en mis oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca para respirar. Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego, sordo, aturdido; y entonces algún demonio invisible —pensé— me golpeó con su ancha palma en la espalda. El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.

Dicen que hablé con una articulación clara, pero con marcado énfasis y apasionada prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero densas frases que me entregaban al verdugo y al infierno.

Después de relatar todo lo necesario para la plena acusación judicial, caí por tierra desmayado.

Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré libre!

Pero, ¿dónde?

  • Edgar Allan Poe
    Poe, Edgar Allan

    Edgar Allan Poe (Boston, Estados Unidos, 1809-Baltimore, Estados Unidos, 1849) fue uno de esos artistas que marcan un antes y un después. Un revolucionario. Narrador, poeta, crítico y periodista, es generalmente reconocido como el maestro del relato corto.

    Huérfano desde muy pequeño, subsistió de la caridad de sus parientes, Fue criado por John Allan, un hombre de negocios rico de Richmond, Virginia, del que tomó su apellido, que se dedicaba al comercio de tabaco en Virginia. Edgar Allan Poe recibió su educación en Inglaterra y en Norteamérica. Poe siempre tuvo problemas con John Allan y estos no hicieron más que agravarse a lo largo de la relación entre ambos.

    Edgar Allan padeció durante su vida una salud deteriorada y la poca resistencia al alcohol que. Por otra parte la suya fue una época de cambios sociales en Estados Unidos: la creciente hostilidad entre el Sur y el Norte, la esclavitud, y las leyendas de horror y misterio que los negros contaban.
     
    Durante su adolescencia empezó a escribir poemas con los que enamoró a una larga lista de mujeres. Su mayor influencia fue Lord Byron, aunque leía todo lo que estaba a su alcance.

    Su vida universitaria fue rebelde y libertina, a pesar de que siempre estuvo en jaque por el poco apoyo económico que recibía por parte de su protector. También en esta época es cuando el poeta empieza a beber. Lo interesante es que unas cuantas copas bastaban para volverlo loco, no soportaba mucho el alcohol. Finalmente, el joven Allan fue expulsado de la Universidad de Virginia por jugador. Entonces, marchó a Boston, luego de romper relaciones con su padre adoptivo.

    En Boston publicó, en 1827, su primer volumen de poesías, Tamerlán. En esa obra se denota una leve inclinación byroniana.

    La miseria y el hambre lo acompaban y no tuvo más remedio que enrolarse en el ejército, cosa que no duró mucho, por lo que tuvo que volver a recurrir a John  Allan en busca de ayuda, que no le fue concedida.

    En 1830 lo admitieron en la Academia Militar de West Point, de la que pronto fue expulsado.

    Publica Poesías en 1831 y ya muestra un estilo propio, con un matiz auténtico.

    Con la muerte de John Allan, el poeta pierde toda esperanza de que su trabajo literario se realizara en condiciones económicas favorables. Poe vivió en varias  ciudades: Nueva York, Filadelfia, Baltimore, en donde trabajó en diversas revistas como crítico, tarea que le costó muchas enemistades, pues destrozaba a sus contemporáneos.

    En 1836 se casó con Virginia Clemm, una prima de trece años de edad. Dicho  matrimonio colaboró, aunque precariamente, con su siempre deteriorado equilibrio mental.

    Por entonces vivía al día, como periodista con un sueldo mediocre, pero estas actividades lo llevaron a conseguir muchos trabajos en calidad de colaborador y posteriormente, llegar a la dirección de numerosos periódicos, entre ellos el Southern Literary Messenger, que se convirtió bajo su dirección en el más importante periódico del Sur.

    La característica principal de todos estos empleos radica en que recibía un sueldo mísero, pero a cambio le daban la oportunidad de publicar sus relatos y alcanzar la fama. Sólo la fama, porque la mayor parte del tiempo vivió en la más absoluta miseria, con algunos lapsos de relativa calma.

    Víctima de la tuberculosis, en 1847 muere la esposa de Poe. Aún hundido en la desolación, terminó, en 1849, el poema "Eureka". Con la muerte de Virginia, la vida de Poe se vino abajo. Aunque mantuvo relaciones con Sarah Helen Whitman y con Elmira, su novia de  juventud, quien alivió en parte su dolor, Poe había llegado a un punto sin retorno.

    A punto estuvo de casarse por segunda vez cuando, después de haber celebrado el  inminente acontecimiento con algunos amigos, lo encontraron moribundo en una calle de Baltimore. Falleció cuatro días después, el 7 de octubre de 1849. Sus últimas palabras fueron "que dios ayude a mi pobre alma".

     

    Obra:

    Cuentos

    • "Metzengerstein", 1832.
    • "Manuscrito hallado en una botella" ("MS. Found in a Bottle"), 1833.
    • "El Rey Peste" ("King Pest"), 1835.
    • "Berenice", 1835.
    • "Ligeia", 1838.
    • "La caída de la Casa Usher" ("The Fall of the House of Usher"), 1839.
    • "El hombre de la multitud" ("The Man of the Crowd"), 1840.
    • "Un descenso al Maelström" ("A Descent into the Maelström"), 1841.
    • "Los crímenes de la calle Morgue" ("The Murders in the Rue Morgue"), 1841.
    • "La máscara de la Muerte Roja" ("The Masque of the Red Death"), 1842.
    • "El pozo y el péndulo" ("The Pit and the Pendulum"), 1842.
    • "El retrato oval" ("The Oval Portrait"), 1842.
    • "El escarabajo de oro" ("The Gold Bug"), 1843.
    • "El misterio de Marie Rogêt" ("The Mystery of Marie Roget"), 1843.
    • "El gato negro" ("The Black Cat"), 1843.
    • "El corazón delator" ("The Tell-Tale Heart"), 1843.
    • "La caja oblonga" ("The Oblong Box"), 1844.
    • "La carta robada" ("The Purloined Letter"), 1844.
    • "El entierro prematuro" ("The Premature Burial"), 1844.
    • "El demonio de la perversidad" ("The Imp of the Perverse"), 1845.
    • "La verdad sobre el caso del señor Valdemar" ("The Facts in the Case of M. Valdemar"), 1845.
    • "El sistema del Dr. Tarr y el profesor Fether" ("The system of Dr. Tarr and Prof. Fether") 1845
    • "El barril de amontillado" ("The Cask of Amontillado"), 1846.
    • "Hop-Frog", 1849

     

    Poesía:

    • "Tamerlane" ("Tamerlane") (1827)
    • "A..." ("A...") (1827)
    • "Sueños" ("Dreams") (1827)
    • "Espíritus de los muertos" ("Spirit of the Dead") (1827)
    • "Estrella del anochecer" ("Evening Star") (1827)
    • "Un sueño" ("A Dream") (1827)
    • "El día más feliz, la hora más Feliz" ("The Happiest Day, The Happiest Hour) (1827)
    • "El lago: A ..." ("The Lake: To ...") (1827)
    • "Al Aaraaf" ("Al Aaraaf") (1829)
    • "Soneto a la Ciencia" ("Sonnet To Science") (1829)
    • "Solo" ("Alone") (1829)
    • "A Elena" ("To Helen") (1831)
    • "La ciudad en el mar" ("The City in the Sea") (1831)
    • "La durmiente" ("The Sleeper") (1831)
    • "El valle de la inquietud" ("The Valley of Unrest") (1831)
    • "Israfel" ("Israfel") (1831)
    • "El Coliseo" ("The Coliseum") (1833)
    • "A alguien en el paraíso" ("To Someone in Paradise") (1834)
    • "Himno" ("Hymn") (1835)
    • "Soneto a Zante" ("Sonnet to Zante") (1837)
    • "Balada nupcial a ..." ("Bridal Ballad to ...") (1837)
    • "El palacio encantado" (The Haunted Palace) (1839)
    • "Soneto del silencio" ("Sonnet-Silence") (1840)
    • "Lenore" ("Lenore") (1843)
    • "Tierra de sueños" ("Dream Land") (1844)
    • "El cuervo ("The Raven") (1845)
    • "Eulalie, una canción" (Eulalie, A Song") (1845)
    • "Ulalume" (1847)
    • "Un sueño en un sueño" ("A Dream Within a Dream") (1849)
    • "Annabel Lee" (1849)
    • "Las campanas" ("The Bells") (1849)
    • "A mi madre" ("To My Mother") (1849)

     

    Novela

    • La narración de Arthur Gordon Pym (1838)

     

    Ensayo y crítica

    • "Filosofía de la composición" ("The Philosophy of Composition") (1846)
    • "El principio poético" ("The Poetic Principle") (1848)
    • Eureka (1848)
    • "Charles Dickens"
    • "Longfellow"
    • "Hawthorne"
    • "Criptografía"
    • "Arabia pétrea"
    • Marginalia (1844-49)