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Año 2 #17 Febrero 2016

Los siete platos de arroz con leche

Aunque derechas e izquierdas entronizan a Sarmiento, Lucio Victorio Mansilla es, quizá, el gran escritor argentino del siglo XIX. Hay allí una clave interesante para entender la Argentina: Mansilla había cometido el crimen de decir lo que nadie quería escuchar en Una excursión a los indios ranqueles (no quería Roca y no quiso después Juan B. Justo). Aquí, en “Los siete platos de arroz con leche”, es diferente. Mansilla dice lo que su público quiere escuchar de su tío. (Después de Caseros, claro.)

 

Los siete platos de arroz con leche

De Entre-nos

 

Al señor don Benjamín Posse

“Toute historie doitêtrementeuse de bonnefoi.”

 

Desde que empecé a filosofar, o a preocuparme un poco del porqué y del cómo de las cosas, empezó a llamarme la atención que historia, es decir, que la palabra subrayada, tuviera no sólo muchas definiciones hechas por los sabios, sino también opuestos significados.

Cicerón decía: que era el testigo de los tiempos, el mensajero de la antigüedad, Fontenelle, fábulas convenidas, y Bacon, relato de hechos dados por ciertos.

Hay, como se ve, para todos los gustos, inclinaciones y criterios, tratándose de lo que se llama historia en sentido elevado, y de ahí viene, sin duda, que historia implique también su poquillo de mentira, como cuando exclamamos: eso no es más que una historia, o: no señor, está usted equivocado, ahora le voy a contar la historia de ese negocio, de la glorificación del personaje A o B.

Puede ser que sea cierto que la historia de un hombre no es muchas veces más que la de las injusticias de algunos, aunque hay ejemplos modernísimos en la historia, y bien podría probarse con una apoteosis, que la historia de alguien es la de sus contradicciones e incoherencias, la de sus ingratitudes e injusticias contra todos, por más que en su vida haya ciertos rayos de luz que iluminen el cuadro de alguna buena manía trascendental.

De modo que, allá va eso, Posse amigo, a manera de zarandajas históricas, sintiendo que la pluma deficiente, no pueda, como pincel de artista manco, vivificar el cuadro, puesto que, no viéndonos las caras, en este momento, faltan la voz, el gesto y la acción, eso que el orador antiguo llamaba quasisermocorporis.

Nada más que como un muchacho que tiene ojos para ver, pues no asociaba todavía ideas, había yo recorrido ya el Asia, el África y la Europa, cuando estando en Londres, donde me aburría enormemente, por haber pasado antes por París, que es la gran golosina de los viajeros jóvenes y viejos, recibí la noticia, muy atrasada, como que entonces no había telégrafo y eran raros los vapores, de que Urquiza se había sublevado contra Rozas.

Yo no pensaba entonces sino en gastarle a mi padre su dinero, lo mejor posible, y de buena fe creía, como a él mismo se lo observé en cierta ocasión, que era económico porque todo, todo lo apuntaba, habiendo heredado de mis queridísimos progenitores el atavismo de ciertas prolijas minuciosidades.

Cuando me veía muy embarazado para justificar las entradas con las salidas, hacía como el estudiante de marras, que, teniendo doscientos francos de pensión y necesitando especificar cómo los había gastado, salía del paso anotando: cinco francos a la planchadora, noventa de pensión, cinco para textos, diez de velas y noventa de allumetteschimiques.

Esa noticia me hizo el mismo efecto ¿Qué voy a decir? Si no hay comparación adecuada posible, porque para mí Urquiza y Rozas, Rozas y Urquiza eran cosas tan parecidas como un huevo a otro huevo. Bueno, diré que me hizo el mismo efecto que le haría a Miguel Ángel, el hijo del doctor Juárez Celman, si mañana le llegara a Londres la estupenda, inverosímil nueva de que en Córdoba había estallado una revolución, encabezada por su tío Marcos.

No pensé sino en volver a los patrios lares. De la política se me daba un ardite, no entendía jota de ella. Pero un instinto me decía que mi familia, esto era entonces todo para mí, corría peligro, y me vine sin permiso, cayendo aquí como una bomba en el paterno hogar.

Esto era hacia fines del mes de diciembre de 1851.

De allá a acá, Buenos Aires se ha transformado extraordinariamente: el cambio es completo en lo material, en lo físico, en lo moral, en lo intelectual.

No me voy a detener en esto sino un instante, lo dejo para cuando le llegue el turno a Legarreta, a quien le tengo ofrecida una Causerie, que tendrá por título: “Tipos de otro tiempo”.

Pero, para que se tenga una idea de nuestra transformación, diré que cuando me desembarcaron, pasando por esta serie de operaciones (El cambio en esto no es muy grande) la ballenera, el carro, la subida a babucha, los pocos curiosos que estaban en la playa me miraron y me siguieron, como si hubieran desembarcado un animal raro. Verdad, que el público es así: el mismo sentimiento de curiosidad que lo lleva a ver un elefante, lo hace apresurarse a oír al orador tal o a ver el entierro cual. No hay, pues, que juzgar los sentimientos populares íntimos por la aglomeración de la multitud. Yo no traía, sin embargo, nada de extraordinario, a no ser que lo fuera el venir vestido a la francesa, a la última moda, a la parisiense, con un airecito muy chic, que después dejé, por razones que se contarán en su día, con sombrero de copa alta puntiagudo, con levita muy larga y pantalón muy estrecho, que era el entonces en boga, tanto que recuerdo que en un vaudeville se decía por uno de los interlocutores, hablando éste con su sastre: “Faites-moi un pantalontrèscollant, maistrès-collant, je vouspréviens que si j’ y entre, je nevous le prendraipas”.

Los curiosos me escoltaron hasta mi casa donde recién supieron que yo había vuelto cuando entraba en ella, pues como mi resolución de venirme fue instantáneamente puesta en práctica, no tuve miedo de anticiparles a mis padres la sorpresa que les preparaba.

El gusto que ellos tuvieron al verme fue inmenso. Me abrazaron, me besaron, me miraron, me palparon, casi me comieron, y criados de ambos sexos salieron en todas direcciones para anunciarles a los parientes y a los íntimos que el niño Lucio había llegado, y cosa que ahora no se hace, porque se cree menos que entonces en la Divina Providencia, se mandó decir una misa en la iglesia de San Juan, que era la que quedaba, y queda, cerca de la casa solariega.

Los momentos eran de agitación. Aníbal estaba ad-portas, o lo que tanto vale, según el lenguaje de la época, el “loco, traidor, salvaje unitario, Urquiza”, avanzaba victorioso, mas eso no impidió que hubiera gran regocijo, siendo yo objeto de las más finas demostraciones, no tardando en llegar las fuentes de dulces, cremas y pasteles con el mensaje criollo tan consabido: “Que cómo está su merced, que se alegra mucho de la llegada del niño, y que aquí le manda esto por ser hecho por ella.”

En medio de aquel regocijo, yo era el más feliz de todos, porque si es cierto que los más felices son los que se van, cierto debe ser también que el más dichoso de todos es el que vuelve.

Y se comprende que, dados los antecedentes de mi prosapia y de mi filiación, yo no había de tardar mucho en preguntar: “¿Y cómo está mi tío? ¿Y cómo está Manuelita?” Y que la contestación había de ser como fue: “Muy buenos, mañana irás a saludarlos.”

Yo no veía la hora de ir a Palermo, y me devoraba la misma impaciencia que tenía por ver las pirámides de Egipto, cuando estaba en El Cairo, o San Pedro en Roma, cuando estaba en la Ciudad Eterna. Pero era necesario darse un poco de reposo, luego, una madre que recupera a su hijo no se desprende tan fácilmente de él, sobre todo una madre como la mía, que, por la intensidad de sus afectos, que por su educación, y tantas otras circunstancias, era moralmente imposible que viera claro en la situación, no obstante los sermones de mi padre, a cuya perspicacia no podía escaparse que estábamos en vísperas de una catástrofe.

Descansé, pues, y al día siguiente por la tarde monté a caballo y me fui a Palermo a pedirle a mi tío la bendición.

No sé si padezco en esto la misma aberración del que, al comparar la iglesia de su aldea con la basílica monumental de la diócesis metropolitana, encuentra que las diferencias de tamaño, de elegancia y esplendor, no son tan considerables como él se imaginaba. Pero el hecho es que el Palermo de entonces me parecía a mí más bello, bajo ciertos aspectos, que el Palermo de ahora. A no dudarlo, el suelo del Palermo de entonces era mejor que el suelo del Palermo de ahora, como el Palermo de entonces incuestionablemente tenía un aspecto más agreste, más de bosque de Boulogne que el de ahora, y en el que la simetría, hasta para pasearse, comienza a ser de una monotonía insoportable.

Llegué. Serían como las cinco de la tarde, hacía calor, no había nadie en las casas, en esas casas que todavía persisten, como tantas otras antiguallas, en mantenerse sobre sus cimientos, ahogándose dentro de sus muros los pobres alumnos del Colegio Militar. (Al Diablo no se le ocurre, pero se le ocurrió a Sarmiento, poner un Colegio de esa clase en un parque). La niña (Era su nombre popular), me dijo alguien, porque yo pregunté por Manuelita, está en la quinta.

Dejé mi caballo en el palenque y me fui a buscar a Manuelita, a la que no tardé en hallar. Estaba rodeada de un gran séquito, en lo que se llamaba el jardín de las magnolias, que era un bosquecillo delicioso de esta planta perenne, los unos de pie, los otros sentados sobre la verde alfombra de césped perfectamente cuidado, pero ella tenía a su lado, provocando las envidias federales, y haciendo con su gracia característica todo amelcochado el papel de cavaliereservente, al sabio jurisconsulto don Dalmacio Vélez Sarsfield.

 

II

Palermo no era un foco social inmundo, como los enemigos de Rozas lo han pretendido, por más que éste y sus bufones se sirvieran, de cuando en cuando, de frases naturalistas, chocantes, de mal género, pues Rozas no era un temperamento libidinoso, sino un neurótico obsceno, que Esquirol mismo se habría hallado embarazado, si hubiera tenido que clasificarlo, para determinar sus afecciones mentales de origen esencialmente cerebral.

Manuelita, su hija, era casta y buena, y lo mejor de Buenos Aires la rodeaba, por adhesión o por miedo, por lo que se quiera, inclusive el doctor Vélez Sarsfield, que ya hemos visto rendido a sus pies, vuelto de la emigración, como tantos otros, que o desesperaban, o estaban cansados de la lucha contra aquel poder personal irresponsable, que todo lo avasallaba.

No tengo por qué callarlo y no lo callaré, el gobierno de Rozas fue estéril, y no puedo ser partidario suyo, como es uno partidario teóricamente, en presencia de personajes históricos, que pueden llamarse Sila o Augusto.

El gobierno no sirve más que para tres cosas, no se ha descubierto hasta ahora que sirva para más. Sirve para hacer la felicidad de una familia, la de un partido o la de la patria. Rozas no hizo nada de esto. Y no sólo no lo hizo, sino que se dejó derrocar por uno de sus tenientes, que le arrebató una gloria fácil, que él habría podido alcanzar constituyendo el país, sin el auxilio del extranjero, haciendo posible quizá que se olvidaran sus torpezas y la realización de la única idea trascendental, que a mi juicio vagaba en su cabeza: reconstruir el virreinato, ensanchando los límites materiales de la República actual.

Llegar, verme Manuelita, y abrazarme, fue todo uno, los circunstantes me miraban como un contrabando.

Mi facha debía discrepar considerablemente, con mi traje a la francesa, en medio de aquel cortejo de federales de buena y mala ley, como el doctor Vélez Sarsfield. Porque yo, con mi pseuda corteza europea, no obstante ser verano, me había abrochado hasta arriba la levita, para que no se me viera el chaleco colorado, el cual me hacía representar, a mis propios ojos, el papel de un lacayo del faubourg Saint-Germain, por cuyos salones había pasado, siendo en ellos presentado cuasi, cuasi, como un principito de sangre real.

Me acuerdo que fue el capitán Le Page el que en ellos me introdujo, presentándome en casa de la elegante marquesa de La Grange, con cuyo nombre he dicho todo.

Aquí viene, como pedrada en ojo de boticario, contar algo, lo contaré.

La marquesa, que era charmante y que, indudablemente, me halló apetitoso, pues yo era a los diez y ocho años mucho más bonito que mi noble amigo Miguel Cuyar, ahora, invitóme a comer y organizóuna fiesta para exhibirme, ni más ni menos que si yo hubiera sido un indio, o el hijo de algún nabab, según más tarde lo colegí, porque terminada la comida hubo recepción, y yo oía, después de las presentaciones de estilo, que les bellesdames decían: “Commeildoitêtrebeauavecsesplumes.” Naturalmente, yo, al oír aquel beau, me pavoneaba, je posais, expresión que no se traduce bien, pero al mismo tiempo decía en mi interior: ¡Qué bárbaros son estos franceses!

Volvimos del jardín de las magnolias a los salones de Palermo. Manuelita recibía donde ahora está el gabinete de física del Colegio Militar. Una vez allí le repetí que quería ver a mi tío: ella salió, volvió y me dijo: Ahora te recibirá. Se fueron a comer. Yo no quise aceptar un asiento en la mesa, porque en mi casa me esperaban y porque no contaba con que aquel ahora sería como el vuelva usted mañana de Larra, o como el mañana de nuestras oficinas públicas (Que no en balde tenemos sangre española en las venas), un mañana, que casi nunca llega o que, cuando llega, ya es tarde, u otro le ha soplado a uno la dama.

Yo esperaba y esperaba, las horas pasaban y pasaban. No sé si me atreví a interrogar, pero es indudable que alguna vez debí mirarla a Manuelita como diciéndole: ¿Y?

Y que Manuelita debió mirarme, como contestándome: Ten paciencia, ya sabes lo que es tatita.

Allá, como a eso de las once de la noche, Manuelita, que era movediza y afabilísima, salió y volvió reiteradamente, y con una de esas caras tan expresivas en las que se lee un “por fin”, me dijo: “Dice tatita que entres” Y sirviéndome de hilo conductor, me condujo, como Ariadna, de estancia en estancia, haciendo zigszags, a una pieza en la que me dejó, agregando: “Voy a decirle a tatita.”

Si mi memoria no me es infiel, la pieza esa quedaba en el ángulo del edificio que mira al naciente: era cuadrilonga, no tenía alfombra sino baldosas relucientes, en una esquina, había una cama de pino colorado con colcha de damasco colorada también, a la cabecera una mesita de noche, colorada, a los pies una silla colorada igualmente, y casi en el medio de una habitación una mesa pequeña de caoba, con carpeta, de paño de grana, entre dos sillas de esterilla coloradas, mirándose, y sobre ella dos candeleros de plata bruñidos con dos bujías de esperma, adornadas con arandelas rosadas de papel picado. No había más, estando las puertas y ventanas, que eran de caoba, desguarnecidas de todo cortinaje. Yo me quedé de pie, conteniendo la respiración, como quien espera el santo advenimiento, porque aquella personalidad terrible producía todas las emociones del cariño y del temor. Moverme, habría sido hacer ruido, y cuando se está en el santuario, todo ruido es como una profanación, y aquella mansión era, en aquel entonces, para mí algo más que el santuario. Cada cual debe encontrar dentro de sí mismo, al leerme, la medida de mis impresiones, en medio de esa desnudez severa, casi sombría, iluminada apenas por las llamas de las dos bujías transparentes, que ni siquiera se atrevían a titilar. Reinaba un silencio profundo, en mi imaginación al menos, los segundos me parecían minutos, horas los minutos.

Mi tío apareció: era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla, de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones, de cejas no muy guarnecidas, poco arqueadas, de movilidad difícil, de mirada fuerte, templada por el azul de una pupila casi perdida por lo tenue del matiz, dentro de unas órbitas escondidas en concavidades insondables, de nariz grande, afilada y correcta, tirando más al griego que al romano, de labios delgados casi cerrados, como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus resoluciones, sin pelo de barba, perfectamente afeitado, de modo que el juego de sus músculos era perceptible. Sería cruel, no parecía disimulada aquella cara, tal como a mí se me presentó, tal como ahora la veo, al través de mis reminiscencias infantiles. Era incuestionablemente una mistificación, en la que Lavater, con toda su agudeza de observador, no habría acertado a perfilar la silueta siniestra en su evolución transformista de fanático implacable lleno de ternezas.

Agregad a esto una apostura fácil, recto el busto, abiertas las espaldas, sin esfuerzo estudiado, una cierta corpulencia del que toma su embonpoint, o sea su estructura definitiva, un traje que consistía en un chaquetón de paño azul, en un chaleco colorado, en unos pantalones azules también, añadid unos cuellos altos, puntiagudos, nítidos, y unas manos perfectas como forma, y todo limpio hasta la pulcritud, y todavía sentid y ved, entre una sonrisa que no llega a ser tierna, siendo afectuosa, un timbre de voz simpático hasta la seducción y tendréis la vera efigies del hombre que más poder ha tenido en América y cuyo estudio psicológico in extenso sólo podré hacer yo, porque soy sólo yo el único que ha buscado en antecedentes, que otros no pueden conseguir, la explicación de una naturaleza tan extraordinaria como ésta.

Y digo extraordinaria, porque solamente siéndolo se explica su dominación, sin mengua para este pueblo argentino, que alternativamente le apoyó y le abandonó, hasta dar en tierra con él, protestando contra sus desafueros, que eran un anacronismo en presencia de los ideales que tuvieron en vista nuestros antepasados al romper las cadenas de la madre patria, de esa España que no fue, sin embargo, madre desnaturalizada, pues nos dio todo cuanto podía darnos, después de los gobiernos de los Felipe II.

Así que mi tío entró, yo hice lo que habría hecho en mi primera edad, crucé los brazos y le dije, empleando la fórmula patriarcal, la misma, mismísima que empleaba con mi padre, hasta que pasó a mejor vida: ¡La bendición, mi tío!

Y él me contestó:

¡Dios lo haga bueno, sobrino! Sentándose incontinenti en la cama, que antes he dicho había en la estancia, cuya cama (La estoy viendo), siendo muy alta, no permitía que sus pies tocaran en el suelo, e insinuándome que me sentara en la silla, que estaba al lado.

Nos sentamos. Hubo un momento de pausa, él la interrumpió diciéndome: Sobrino, estoy muy contento de usted.

Es de advertir que era buen signo que Rozas tratara de usted, porque cuando de tú trataba, quería decir que no estaba contento de su interlocutor, o que por alguna circunstancia del momento fingía no estarlo. Yo me encogí de hombros, como todo aquel que no entiende el porqué de un contentamiento. Sí, pues, agregó: estoy muy contesto de usted. Y esto lo decía balanceando las piernas, que no alcanzaban al suelo, ya lo dije, porque me han dicho, y yo había llegado recién el día antes ¡Qué buena no sería su policía! Que usted no ha vuelto agringado.

Este agringado no tenía la significación vulgar, significaba otra cosa: que yo no había vuelto y era la verdad, preguntando como tantos tontos que van a Europa baúles y vuelven petacas: ¿Y comment se llaman éste chosebianqui que ponen las galin? Por no decir huevos, o, esta cosa que se ponen en las manos. Por no decir guantes.

Yo había vuelto vestido a la francesa, eso sí, pero potro americano hasta la médula de los huesos todavía, y echando unos ternos, que era cosa de taparse las orejas: el traje había cambiado, me vestía como un europeo, pero era tan criollo como el Chacho, el cual, estando emigrado en Chile (En Chile que no es Europa, a Dios gracias) y preguntándole cómo le iba, contestó: ¿Y cómo quiere que me vaya: en Chile y a pie? Cuando hay énque (Pongan el acento en la primera e), no hay cónque (Pongan el acento en la o), y cuando hay cónque no hay énque.

Posse amigo: acabaremos (¡Y qué difícil es acabar!), si Dios nos da vida y salud, en el próximo número, y en él sabrá usted, qué fueron al fin y al cabo los siete platos de arroz con leche.

 

III

Yo estaba ufano: no había vuelto agringado. Era la opinión de mi tío. ¿Y cuánto tiempo has estado ausente? Agregó él.

Lo sabía perfectamente. Había estado resentido, no es la palabra, “enojado”, porque diz que me habían mandado a viajar sin consultarlo. Comedia.

Cuando mi padre resolvió que me fuera a leer a otra parte el Contrato Social veinte días seguidos estuve yendo a Palermo, sin conseguir verlo a mi ilustre tío.

Manuelita me decía, con su sonrisa siempre cariñosa: Dice tatita que mañana te recibirá.

El barco que salía para Calcuta estaba pronto. Sólo me esperaba a mí. Hubo que empezar a pagarle estadías. Al fin, mi padre se amostazó y dijo: Si esta tarde no consigues despedirte de tu tío, mañana te irás de todos modos, ya esto no se puede aguantar.

¡Eh! Esa tarde sucedió lo de las anteriores, mi tío no me recibió. Y, al día siguiente, yo estaba singlando con rumbo a los hiperbóreos mares.

Sí, el hombre se había enojado, porque, algunos días después, con motivo de un empeño o consulta que tuvo que hacerle mi madre, él le arguyó: Y yo ¿Qué tengo que hacer con eso? ¿Para qué me meten a mí en sus cosas? ¿No lo han mandado al muchacho a viajar, sin decirme nada?

A lo cual mi madre observó: ¡Pero, tatita (Era la hermana menor, y lo trataba así), si ha venido veinte días seguidos a pedirte la bendición y no lo has recibido! Replicando él: Hubiera venido veintiuno.

Lo repito: él sabía perfectamente que iban a hacer dos años que yo me había marchado, porque su memoria era excelente. Pero entre sus muchas manías tenía la de hacerse el zonzo y la de querer hacer zonzos a los demás.

El miedo, la adulación, la ignorancia, el cansancio, la costumbre, todo conspiraba en favor suyo, y él, en contra de sí mismo.

No se acabarían de contar las infinitas anécdotas de este complicado personaje, señor de vidas, famas y haciendas, que hasta en el destierro hizo alarde de sus excentricidades. Yo tengo una inmensa colección de ellas. Baste por hoy la que estoy contando.

Interrogado, como dejo dicho, contesté: Van a hacer dos años, mi tío. Me miró y me dijo: ¿Has visto mi Mensaje?

¿”Su Mensaje”? Dije yo para mis adentros. “¿Y qué será esto? No puedo decir que no, ni puedo decir que sí, ni puedo decir, no sé qué es” Y me quedé suspenso.

El, entonces, sin esperar mi respuesta, agregó: Baldomero García, Eduardo Lahitte y Lorenzo Torres, dicen que ellos lo han hecho. Es una botaratada. Porque así, dándoles los datos, como yo se los he dado a ellos, cualquiera hace un Mensaje. Está muy bueno, ha durado varios días la lectura en la Sala. ¡Qué! ¿No te han hablado en tu casa de eso?

Cuando yo oí lectura, empecé a colegir, y como, desde niño, he preferido la verdad a la mentira (Ahora mismo no miento, sino cuando la verdad puede hacerme pasar por cínico), repuse instantáneamente: ¡Pero, mi tío, si recién he llegado ayer!

¡Ah! Es cierto, pues no has leído una cosa muy interesante, ahora vas a ver, y esto diciendo se levantó, salió, y me dejó solo.

Yo me quedé clavado en la silla, y así como quien medio entiende (¡Vivía un mundo de pensamientos tan raros!) vislumbré que aquello sería algo como el discurso de la reina Victoria al Parlamento, ¿Pues qué otra explicación podría encontrarle a aquel “ahora vas a ver”?

Volvió el hombre que, en vísperas de jugar su poderío, así perdía su tiempo con un muchacho insustancial, trayendo en la mano un mamotreto enorme.

Acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de las dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie y empezó a leer desde la carátula que rezaba así: “¡Viva la Confederación Argentina!”

“¡Mueran los Salvajes Unitarios!”

“¡Muera el loco traidor, Salvaje Unitario Urquiza!”

Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851, pronunciando la ce, la zeta, la ve y la be, todas las letras, con la afectación de un purista.

Y continuó así, deteniéndose, de vez en cuando, para ponerme en aprietos gramaticales, con preguntas como ésta, que yo satisfacía bastante bien, porque eso sí he sido regularmente humanista, desde chiquito, debido a cierto hablista, don Juan Sierra, hombre excelente del que conservo afectuoso recuerdo: Y aquí ¿Por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?

Por ese tenor iban las preguntas, cuando, interrumpiendo la lectura, preguntóme: ¿Tienes hambre?

Ya lo creo que había de tener, eran las doce de la noche, y había rehusado un asiento en la mesa, al lado del doctor Vélez Sarsfield, porque en casa me esperaban.

Sí, contesté resueltamente.

Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche.

El arroz con leche era famoso en Palermo y aunque no lo hubiera sido, mi apetito lo era, de modo que empecé a sentir esa sensación de agua en la boca, ante el prospecto que se me presentaba, de un platito que debía ser un platazo, según el estilo criollo y de la casa. Mi tío fue a la puerta de la pieza contigua, la abrió y dijo: Que le traigan a Lucio un platito de arroz con leche.

La lectura siguió.

Un momento después, Manuelita misma se presentó con un enorme plato sopero de arroz con leche, me lo puso por delante y se fue.

Me lo comí de un sorbo.

Me sirvieron otro, con preguntas y respuestas por el estilo de las apuntadas, y otro, y otro, hasta que yo dije: Ya, para mí, es suficiente.

Me había hinchado, ya tenía la consabida cavidad solevantada y tirante como el parche de una caja de guerra templada, pero no hubo más, siguieron los platos, yo comía maquinalmente, obedecía a una fuerza superior a mi voluntad.

La lectura continuaba.

Si se busca el Mensaje ese, por algún lector incrédulo o curioso, se hallará en él un período, que comienza de esta manera: “El Brasil, en tan punzante situación.” Aquí fui interrogado, preguntándoseme: ¿Y por qué habré puesto punzante?” Como el poeta pensé que en mi vida me he visto en tal aprieto. Me expliqué. No aceptaron mi explicación. Y con una retórica gauchesca, mi tío me rectificó, demostrándome cómo el Brasil lo había estado picaneando, hasta que él había perdido la paciencia, rehusándose a firmar un tratado que había hecho el general Guido. Ya yo tenía la cabeza como un bombo, y lo otro tan duro, que no sé cómo aguantaba.

El, satisfecho de mi embarazo, que lo era por activa y por pasiva, y poniéndome el mamotreto en las manos, me dijo, despidiéndome:

Bueno, sobrino, vaya no más, y acabe de leer eso en su casa, agregando en voz más alta: Manuelita, Lucio se va.

Manuelita se presentó, me miró con una cara que decía afectuosamente “Dios nos dé paciencia”, y me acompañó hasta el corredor, que quedaba del lado del palenque, donde estaba mi caballo.

Eran las tres de la mañana.

En mi casa estaban inquietos, me habían mandado a buscar con un ordenanza. Llegué sin saber cómo no reventé en el camino.

Mis padres no se habían recogido.

Mi madre me reprochó mi tardanza, con ternura.

Me excusé diciendo que había estado ocupado con mi tío.

Mi padre, que, mientras yo hablaba con mi madre, se paseaba meditabundo, viendo el mamotreto que tenía debajo del brazo, me dijo:

¿Qué libro es ése?

Es el Mensaje que me ha estado leyendo mi tío.

¿Leyéndotelo? Y esto diciendo se encaró con mi madre y prorrumpió con visible desesperación: “No te digo que está loco tu hermano.

Mi madre se echó a llorar.

Pocos días después, muy pocos días, el edificio de la tiranía se había desplomado, el 3 de febrero por la tarde yo oía en la plaza de la Victoria gritar furiosos “Muera Rozas” a algunos de los mismos conspicuos señores, que, pocas horas antes, había visto en Palermo, reunidos a los pies de la niña. Confieso que todavía no entendía una palabra de lo que pasaba, y que los gritones, más que el efecto de libertados, me hacían el de locos.

Y eso que ya me había reído a carcajadas, leyendo a JerômePaturot, en busca de la mejor de las Repúblicas, en el que hay una escena por el estilo de la que presencié azorado el 3 de febrero, en la plaza de la Victoria, para que una vez más se persuadan los que viven sólo en el presente, que “del dicho al hecho hay un gran trecho”.

Pocos días después, mi padre, Sarmiento y yo, el Sarmiento cuya glorificación acabamos de presenciar, navegábamos en el vapor inglés Menay hacia Río Janeiro. Yo no hablé, durante la travesía, con el que después fue mi candidato, a pesar de las obsesiones exigentes de mi padre, hasta que no estuvimos en tierra brasilera, donde nos explicamos. Y es a este incidente al que él se refiere en sus Boletines del Ejército Grande.

Creo que para mi padre fue una suerte que yo le acompañara en aquel viaje, porque Sarmiento le iba haciendo perder la cabeza. El que hace un cesto hace un ciento. Quería inducirlo a que se fuera con él a Chile, para volver contra Urquiza, del cual iba huyendo, porque sus primeros actos en Buenos Aires le parecían precursores de que el país estaba expuesto a volver a las andadas. Lo explotaba, hablándole constantemente del señor don Domingo de Oro, su pasión, y como era débil de carácter, a no ser yo, lo arrastra.

El Dictador se había refugiado en un buque de guerra inglés, llamado por singular coincidencia El Conflicto (TheConflict), y tardó mucho más que nosotros, con quienes iba también mi caro Máximo Terrero, en llegar a Europa.

Mi padre se quedó en Lisboa y me mandó a París, donde yo era ya buzo y ducho, a prepararle un apartamiento, que tardé muchísimo en prepararle, por razones que ya se imaginará el penetrante lector, pero que al fin le preparé.

Viniendo de Lisboa a Francia, mi buen viejo quiso visitar a Manuelita y nos fuimos a Southampton. Allí estaban alojados, en la misma casa, una modesta quintita de los alrededores: Rozas, Manuelita, Juan Rozas mi primo, Mercedes Fuentes su mujer, Juan Manuel mi sobrino, Máximo Terrero, y un negrito, al cual ya mi tío le decía, por ironía, Mister. Por supuesto que, si el cambio de hemisferio y de situación era como una transición entre el día y la noche, otra cosa eran los sentimientos y las manías. Mi tío conservaba su chaleco colorado y Manuelita su moño. Mi padre, que era muy amigo de Manuelita, que la quería en extremo, como la quiero yo, por sus virtudes, le observó que aquel parche colorado no estaba bien. Pero ella, cuyo amor filial no tenía límites, contestóle: que no se lo sacaría hasta que no se lo mandaran.

Un día, almorzábamos todos juntos: mi tío era sobrio, concluyó primero que los demás y se levantó, yéndose. Manuelita, ganosa de echar un párrafo con mi padre, me dijo: “Acabá ligero, hijito, y andá, entretenelo a tatita.” Yo me apuré, concluí, salí, y me fui en busca de mi tío que estaba sentado en el sofá de una salita, con vista al jardín, y me arrellené en una poltrona. Mi tío y yo permanecimos un instante en silencio. Yo lo miraba de rabo de ojo. Creía que él no me veía. ¡Me había estado viendo! Confusamente, porque yo no tenía entonces sino como intuiciones de reflexión, los pensamientos que me dominaban en aquel momento, al contemplar el coloso derribado, podrían sintetizarse exclamando ahora: sic transit gloria mundi. (Así transa don Raimundo, como decía el otro.)

De repente miróme mi tío y me dijo: ¿En qué piensa, sobrino? En nada, señor.

No, no es cierto, estaba pensado en algo. ¡No señor, si no pensaba en nada!

Bueno, si no pensaba en nada cuando le hablé, ahora está pensando, ya. ¡Si no pensaba en nada, mi tío!

Si adivino, ¿Me va a decir la verdad?

Me fascinaba esa mirada, que leía en el fondo de mi conciencia, y maquinalmente, porque habría querido seguir negando, contesté “sí”.

Bueno, repuso él ¿A que estaba pensando en aquellos platitos de arroz con leche, que le hice comer en Palermo, pocos días antes de que el “loco” (El loco era Urquiza) llegara a Buenos Aires?

Y no me dio tiempo para contestarle, porque prosiguió: ¿A que cuando llegó a su casa, a deshoras, su padre (E hizo con el pulgar y la mano cerrada una indicación hacia el comedor) le dijo a Agustinita: ¿No te digo que tu hermano está loco?

No pude negar, queriendo, estaba bajo la influencia del magnetismo de la verdad y contesté sonriéndome: Es cierto.

Mi tío se echó a reír burlescamente.

Aquella visión clara, aquel conocimiento perfecto de las personas y de las cosas, es una de las impresiones más trascendentales de mi vida, y debo confesarlo aquí, no teniendo estas páginas más que un objeto: iluminar, con un rayo de luz más, la figura de un hombre tan amado como execrado: sin esa impresión yo no habría conocido, como creo conocerla, la misteriosa y extraña personalidad de Rozas. Mi querido Posse: siento mucho que, padeciendo usted de dispepsia, no pueda comerse, como yo, de una sentada, siete platos de arroz con leche.

Y para concluir, y antes de decirle, como Cicerón a sus amigos, Jubeo te bene valere, le daré una receta para su enfermedad: ejercicio, gimnasia, viajes que no fatiguen, poco vino, mucha sal, no aumenta ésta la sed, y en último caso, ningún vino, y poco de aquello.

Hay dos falsificaciones que hacen mucho daño: la de la mujer y la del vino. Desgraciadamente, cuando caemos ya en cuenta, es demasiado tarde.

Traduzco, pues, a Cicerón y suponiendo que ha caído en cuenta “le ordeno que goce de buena salud”.

Postdata: Dice X. que este cuento, narrado por mí, tiene mucha más animación y movimiento, y que yo, como Carlos Dickens, debiera dar conferencias para referir mis aventuras. Estoy listo, a pesar de la rabia que esto pueda darle a mi querido X, siempre que las conferencias sean patrocinadas por las Damas de Misericordia.

Necesito indulgencias... literarias.

  • Lucio Victorio Mansilla
    Mansilla, Lucio Victorio

    Lucio Victorio Mansilla fue periodista, escritor, militar, diplomático y un dandy. Dueño de una de las vidas más novelescas de la historia argentina, nació en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831. Fueron sus padres el general Lucio Norberto Mansilla y doña Agustina Rozas, hermana del "Restaurador", conocida como "la belleza de la federación". Siendo un adolescente sus padres lo enviaron de viaje para alejarlo de "unos amores que la prudencia no veía con buenos ojos". Estuvo en la India, Egipto, Turquía, Italia, Francia e Inglaterra. El pronunciamiento de Urquiza en 1851 lo obligó a regresar apresuradamente al país. Tenía apenas 20 años.

    El 2 de febrero, mientras las tropas de Urquiza se dirigían a Buenos Aires, Lucio visita a su tío Juan Manuel en Palermo quien le lee sin inmutarse su extenso discurso a la legislatura, como si nada sucediera. El episodio quedó reflejado en su relato "Los siete paltos de arroz con leche", donde cuenta cómo el gobernador probaba su discurso con él mientras cada tanto, como marcando el tiempo, irrumpía Manuelita Rosas con un plato de arroz con leche.

    Caído Rosas, Mansilla en compañía de su padre y de su hermano Lucio Norberto, regresó a Europa instalándose en Francia. El viaje fue bastante corto y el 19 de agosto de 1852 ya estaban de regreso en Buenos Aires.

    El 18 de septiembre de 1853 se casó con su prima, Catalina Ortiz de Rozas y Almada. La joven tenía entonces diecinueve años. El matrimonio tuvo cuatro hijos: dos varones, Andrés Pío y León Carlos, que murieron siendo niños y dos mujeres, María Luisa y Esperanza, que también murieron a temprana edad, la primera a los veinticinco años y la segunda a los veinticuatro.

    La vida pública de Mansilla comienza con un episodio bastante particular. El 22 de junio de 1856, en el Teatro Argentino, ante unos dos mil espectadores retó a duelo al escritor y senador José Mármol que, según Mansilla, había ofendido a su madre. Pero el autor de Amalia prefirió valerse de sus influencias y hacerlo encarcelar y desterrar. En 1857 Lucio se trasladó a Paraná, capital de la Confederación, donde comenzó su carrera periodística en el periódico El Nacional Argentino del que llegaría a ser director y propietario. Cumplidos los tres años de destierro regresó a Buenos Aires y al periodismo con el periódico La Paz.

    El 17 de septiembre de 1861 intervino en la batalla de Pavón lo que le valió la designación como capitán de línea y un destino militar: el pueblo de Rojas en la provincia de Buenos Aires. Allí escribió Reglamento para el ejercicio y maniobras del Ejército Argentino y para la Revista de Buenos Aires sus Recuerdos de Egipto. En mayo de 1864 subió a escena en el Teatro Victoria de Buenos Aires su obra Una venganza africana, un melodrama romántico, y en octubre de ese año se estrenó su comedia Una tía.

    En 1865 estalló la guerra del Paraguay de la que Mansilla participaría como militar y como periodista. Con diversos seudónimos —Falstaff, Tourlourou, Orión— firmó sus crónicas desde el frente para el diario La Tribuna, criticando la conducción de la guerra. Sus notas despertaron la indignación del ministro de Guerra general Gelly y Obes, quien intentó cambiarlo de destino y enviarlo a San Juan a sofocar una rebelión, pero antes de que el batallón de Mansilla llegara, los rebeldes habían sido vencidos. Lucio regresó entonces al frente paraguayo a tiempo como para participar de la batalla de Humaytá.

    En 1868, al finalizar la presidencia de Mitre, apoyó entusiastamente la candidatura de Sarmiento quien, ya presidente, se lo sacó de encima designándolo comandante de fronteras en Río IV. Allí realizará la campaña que quedará inmortalizada en Una excursión a los indios ranqueles, su obra más importante y una de las más importantes de la literatura argentina del siglo XIX. Se publicó en entregas en el diario La Tribuna a lo largo de 1870. Cinco años más tarde sería galardonada con el primer premio del Congreso Geográfico Internacional de París.

    Durante gran parte del año 1871 Buenos Aires vivió asolada por la epidemia de fiebre amarilla. Mansilla se integró a la comisión de ayuda a los damnificados presidida por Sarmiento.

    Al concluir el mandato presidencial del sanjuanino, en 1874, Mansilla trabajó intensamente a favor de la candidatura de su amigo, el tucumano Nicolás Avellaneda, que se impondrá como todos sus predecesores gracias al fraude electoral. Mitre, su principal oponente denunciará el hecho e intentará dar un golpe cívico militar. Mansilla se hizo cargo del Estado Mayor del Ejército de Reserva y se unió a las fuerzas leales que derrotaron a los mitristas.

    En 1876 fue electo diputado. Permaneció en su banca durante un año, pero su espíritu inquieto lo llevó a solicitarle a Avellaneda la gobernación del Chaco. ¿Por qué el Chaco? Mansilla tenía informaciones sobre importantes yacimientos de oro en el Paraguay. Formó junto a un grupo de amigos una empresa, e intentó manejar sus negocios auríferos desde la gobernación más cercana. El proyecto fue todo un fracaso y Lucio, decepcionado, vendió sus acciones, renunció a la gobernación y se marchó a Europa donde permaneció hasta 1880 cuando regresó para apoyar la candidatura presidencial de Julio A. Roca. A poco de llegar se enfrentó a duelo de pistolas con un contrincante político, Pantaleón Gómez, a quien mató de un balazo al corazón. A poco de asumir, Roca envía a Mansilla a Europa para promover la inmigración y una misión militar secreta.

    Regresó en 1885 y fue electo diputado nacional. Comenzó su mandato como tibio opositor a Roca y fue evolucionando hacia el Juarismo. En 1890 era vicepresidente primero de la Cámara de Diputados sin abandonar su carrera militar llegando al grado de general de división. En 1894, después de varias decepciones políticas, Mansilla se vuelca a la literatura, escribiendo una de sus obras más memorables: Retratos y recuerdos, prologada por el general Roca. Al año siguiente partió nuevamente a Europa, comisionado para estudiar la organización militar de varios países; realizará innumerables viajes, generalmente vinculados a misiones diplomáticas.

    En 1898 conoce a quien sería su segunda esposa, Mónica Torromé, hija de una rica familia de San Nicolás, establecida desde 1869 en Londres. Mansilla tenía el doble de años que su prometida, pero a Mónica el detalle pareció no importarle y la boda se concretó en febrero de 1899 en Londres, con toda la pompa.

    En 1900 fue nombrado ministro plenipotenciario ante las cortes de Alemania, Austria-Hungría y Rusia. La tarea diplomática no lo alejó del periodismo, colaborando con frecuencia con El Diario de Buenos Aires. En 1903 publica En vísperas, un ensayo sociológico sobre la Argentina y en 1904 Mis Memorias y Rosas, una excelente biografía de su tío a la que subtitula como ensayo psicológico-histórico-político.

    A partir de 1906 se radicó en París. Frecuentaba la Sorbona y seguía siendo un lector atento e incansable. Murió poco antes de cumplir los ochenta y dos años en su departamento de la Rue Víctor Hugo, el 8 de octubre de 1913. Los diarios de Buenos Aires le dedicaron extensas necrológicas y Le Figaró de París le dedicó una de sus páginas.

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