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Año 2 #16 Enero 2016

Una muchacha predestinada

En Osvaldo Gallone —y en especial en Una muchacha predestinada— el humor y la inteligencia no moderan la crueldad del texto sino que lo hacen legible. Pero Gallone es más que un escritor con humor refinado —y ciertamente más que una persona inteligente que se da a escribir—; Gallone disecciona la sociedad, subraya la apariencia para mostrar lo oculto que no nombra pero que todos entendemos con claridad. Una muchacha predestinada es un texto notable del que presentamos el siguiente fragmento.

Voria Stefanosky Editores, Buenos Aires, 2014.

 

Antes de que ocurriera lo que ocurrió

Antes de que ocurriera lo que ocurrió, Duvil era lo que fue, lo que es y lo que probablemente seguirá siendo a despecho de los vientos de la Historia y de las mudanzas del Tiempo: un pueblo situado al oeste de la provincia de Buenos Aires, a ciento veinte kilómetros de la Capital Federal, cuya actividad preponderante, desde su fundación, es de carácter agrícola-ganadero. Las posibilidades que puede alentar la población masculina son escasas; las de la femenina, casi nulas, con honrosas excepciones como la de Noemí Dinard, tal como se verá a lo largo del desarrollo de esta crónica deshilvanada y de alcances meramente informativos. Como casi todos los pueblos de la provincia —a los que Duvil se parece incluso en su pretensión de singularidad—, la verdadera opción estriba en irse o en quedarse; los más audaces —o a los que el horizonte los ahoga con una intensidad intolerable— terminan el bachillerato en el Liceo Provincial San Martín y emigran hacia la capital; aquéllos que vacilan entre la ciudad grande y el pueblo chico, optan por una solución intermedia: parten en dirección a Estrada —el centro jurídico del partido de Las Flores— o a Las Flores —la cabeza del partido—; el resto se queda, abomina de los que se van, enfatiza que Duvil no tiene nada que envidiarle a nadie y, en virtud de su posición social y económica, trabaja en los hornos de ladrillo o en los frigoríficos, ejerce su profesión liberal, se dedica al campo y a la agricultura, y se felicita por haber permanecido en el lugar donde están enterrados sus muertos.

Antes de que ocurriera lo que ocurrió, el padre Bernardo Padula, el párroco de la Iglesia de la Resurrección, cruzaba el atrio exigiéndole a sus piernas cortas más velocidad de la que estaban acostumbradas a soportar a fin de no llegar más tarde todavía —ya llevaba quince minutos de retraso— a la entrevista con el intendente Esteban Capalbo; el motivo central de la reunión era convencer al ingeniero Capalbo para que destinara una parte del presupuesto anual a la restauración de la fachada de la iglesia.

Desde que se había hecho cargo, hacía siete años, de la parroquia de Duvil, el padre Padula había confirmado una intuición que lo acompañaba desde sus tiempos de seminarista: las mujeres son piadosas; los hombres, erráticos. Una generalización grosera, como toda generalización, admitía; pero el padre Padula, un franciscano bien puesto sobre la faz del planeta y creyente sin fisuras en la palabra evangélica, solía dejarle a los jesuitas las sutilezas teóricas y las exégesis alambicadas: allá ellos, pensaba, con sus especulaciones teológicas; las mujeres son piadosas y los hombres, erráticos, y allí se quedaba el padre Padula, plantado en sus trece. La feligresía de Duvil respondía punto por punto a sus convicciones más arraigadas: las mujeres rezaban por la salvación de su alma; los hombres, por la bondad de las cosechas. Si había sol y el clima estaba templado, el padre Padula sabía que ese domingo el oficio iba a estar destinado a la feligresía femenina; pero si el río Diamante se desbordaba o la sequía se prolongaba más allá de cualquier previsión, los hombres se humedecerían abundantemente los dedos en la pila bautismal, se acomodarían en los largos bancos de madera y reducirían a Dios y a su humilde representante sobre la tierra al patético papel de meteorólogo del reino.

Cuando el padre Padula recaló en la parroquia de Duvil por orden expresa de la diócesis de Las Flores -«austeridad y silencio», le había encarecido monseñor Grau, habida cuenta de que el antecesor del padre Padilla, el padre Teófilo Linares, estaba siendo juzgado por la justicia ordinaria por enriquecimiento espurio, asociación ilícita y franca colaboración con el gobierno militar depuesto hacía algunos años— se encontró con una iglesia que tenía toda la traza de una mansión patricia venida a menos: se adivinaba el oropel, se atisbaban las huellas del ornato y sobrevivían los vestigios del lujo, pero el efecto de la pátina del tiempo había sido devastador: la plata bruñida de los crucifijos estaba sepultada bajo capas de polvo, los vitraux que representaban la Pasión se sostenían precariamente en las guías gastadas de sus molduras y las placas atornilladas de los bancos —«Donación del matrimonio Cañizares», «Donación de la familia Iñíguez»...— apenas eran legibles porque el bronce había estado expuesto al lento trabajo de la corrosión. Durante quince largos días, con la colaboración de Nanito Casavalle —un muchachón de dieciséis años, con un ligero retraso mental, convenientemente huérfano de padres y familia conocida, dotado de una encomiable buena voluntad que matizaba con una torpeza sin remedio y que terminó por ser monaguillo, sacristán, ordenanza y pensionista sine die, con un cuarto precariamente acondicionado detrás de la sacristía— y cargado de baldes, bidones de lavandina y estropajo, el padre Padula fregó pisos, desinfectó rinconeras, pulió bronces, pulverizó telarañas y aligeró el aire de ácaros y malos espíritus, que una cosa lleva a la otra, como le decía a Nanito Casavalle cuando lo instaba a la ducha matinal con agua apenas tibia y jabón blanco, que el agua caliente abomba y el jabón perfumado amaricona. Luego de dejar la iglesia reluciente (se estará viniendo abajo, pero se puede comer en el piso, reconocía con moderado orgullo), el padre Padula fue hasta su dormitorio y pegó con cinta adhesiva, debajo del crucifijo de madera, una inscripción con un dístico que lo acompañaba desde hacía años y que ilustraba con holgura su relación con los bienes de este mundo: La Iglesia debe ser hogar para el hambriento /y lugar de tránsito para el opulento.

Antes de que ocurriera lo que ocurrió, hacía tres cuartos de hora, minuto más minuto menos, uno sabe cuándo empieza una audiencia de lenta persuasión y circunloquios, pero nunca se sabe cuándo termina, que el ingeniero Capalbo estaba tratando de obtener del rabino Simón Levensohn (más jugo se le saca a una piedra, pensaba el ingeniero Capalbo) el compromiso de un respaldo público de la comunidad judía para los próximos comicios municipales en los que el ingeniero Capalbo alentaba la firme intención de ser reelegido por tercera vez para el cargo de intendente apoyado en un eslogan que presidía la campaña electoral y que resultaba, por lo menos, paradójico: Vote por Capalbo - Vote por el cambio. Se podía pensar —y, de hecho, algunos duvilenses lo pensaban en la intimidad del hogar o en interminables charlas de café en la confitería La Herradura— que la apelación del ingeniero Capalbo aludía a transformaciones de orden personal en mayor medida que institucional: luego de seis años de empecinada gestión, divida en dos períodos trienales, el ingeniero Capalbo se había hecho un implante dental de porcelana en el Instituto Odontológico de Estrada (merced al cual hacía uso y abuso a todas horas de una sonrisa que si bien no siempre resultaba pertinente era, sin duda, deslumbrante), había cambiado un coche de procedencia nacional por un utilitario y un descapotable de origen alemán (con cualquiera de los dos vehículos cubría en veinte minutos la distancia que mediaba entre Duvil y Las Flores) y se había mudado de un departamento de tres ambientes en la calle Colón, a metros de la Plaza Independencia, a una casa-quinta en las afueras de Duvil donde sus dos hijos chapoteaban en la piscina de agua climatizada y su mujer intentaba, sin éxito aparente, ajustar su figura a los cánones al uso en las instalaciones del gimnasio privado (una rutina draconiana que incluía innumerables series de abdominales, cuarenta minutos montada en la bicicleta fija y media hora sobre la cinta aeróbica, pero que no alcanzaba para quemar las calorías almacenadas con motivo de la ingesta de bombones de chocolate, merengues de crema y masas vienesas: «Me llaman —reconocía la señora Capalbo con plañidero acento—, me llaman...»).

Durante los últimos años, la comunidad judía asentada en el partido de Las Flores había crecido considerablemente y gran parte de sus integrantes recaló en Duvil, por lo que el paisaje urbano del pueblo se había modificado de forma progresiva gracias a la instalación de una buena cantidad de negocios kosher y la construcción del Centro de Estudios Maimónides, un edificio de cinco pisos, situado sobre la calle Alférez Cabrera, a la vuelta del Banco de la Nación. El Centro era, básicamente, un colegio que ofrecía los tres niveles de enseñanza (inicial, primario y secundario), era trilingüe (castellano, inglés y hebreo), se egresaba con el título de bachiller (con orientación en Artes y Humanidades) y poseía la biblioteca judía más completa del partido («Con lo que cobran —murmuraba el padre Padula con el mandamiento de la austeridad cosido debajo de la piel— deberían haber reconstruido la Biblioteca de Alejandría», exceso conceptual que debería tomarse a mero beneficio de inventario porque la cuota mensual dispuesta por el Centro de Estudios Maimónides no excedía la de cualquier buen colegio privado de la zona).

El rabino Simón Levensohn, un hombre de cincuenta y cuatro años, barba rala y de color azafranado, y diestro como pocos en el arte de la controversia sagaz derivado del pil-pul talmúdico, se había trasladado de la BeitJabad de Estrada a Duvil, donde se hallaba la mayor concentración judía de la comunidad, y ocupaba el último piso del Centro de Estudios, donde tenía su despacho de director y vivía en un cuarto tapizado de libros cuyo único lujo consistía en un centro musical en el cual se alternaban las cantatas de Bach y la discografía completa de Los Beatles («Estos muchachos sabían lo que hacían, no hay ninguna duda...», solía ponderar el rabino Levensohn aludiendo indistintamente al cuarteto de Liverpool y al maestro alemán acompañado por su numerosa y musical familia). Desde los ventanales del quinto piso se podía apreciar panorámicamente la fachada de la Iglesia de la Resurrección, así como desde la ventana del cuarto del padre Padula se recortaba el diseño, prudentemente moderno y no exento de detalles clásicos en las molduras y los antepechos, del Centro Maimónides; desde sus respectivos atalayas, ambos pastores se atisbaban, se intuían y se sospechaban en el marco de una relación signada por el malentendido. Pese a la buena voluntad que ponía en el intento, al padre Padula se le mezclaban las festividades y conmemoraciones de la grey judía, razón por la cual había resuelto, ya fuera la celebración de Pesaj, el ritual de las luminarias deHannukah o el Año Nuevo, susurrar un aséptico «El Señor sea contigo» cada vez que se cruzaba con el rabino Levensohn, con lo cual el rabino no terminaba de entender si el padre Padula se estaba mofando o ignoraba limpiamente las fórmulas adecuadas de saludo para cada fecha. Recíprocamente, el Shalom con que le respondía el rabino sonaba a los oídos del padre Padula como una exhortación al silencio («¡Shhhh!») o una contraseña lindante con la befa; en cualquiera de los dos casos, el padre Padula se congratulaba de haber nacido católico, apostólico y romano: «La Navidad es el 25 de diciembre y el Año comienza el 1ro. de enero —se descargaba con Nanito Casavalle, que no entendía bien a qué venía semejante memorabilia absurda—, ¡que no me vengan con tejemanejes ni gatos de cinco patas! ¡Qué «shhhh» ni «shhhh» ¡A mí el único que me hace callar es monseñor Grau!». Para no naufragar en equívocos que podían costarle un voto o un bochorno protocolar, el ingeniero Capalboagendaba prolijamente cada efemérides religiosa, se interiorizaba de los rituales del caso, abría el cajón derecho del escritorio (donde guardaba un kipá de terciopelo morado) o el cajón izquierdo (donde descansaba un rosario perfumado de sándalo) y pensaba con ejemplar agnosticismo: «Vaya uno a saber si el Mesías ya llegó o está por venir... por las dudas, es mejor considerar ambas posibilidades».

Esa mañana, con el kipá bamboleándose sobre la coronilla («¿Cómo hará esta gente, cavilaba el ingeniero, para que el sombrerito se les ajuste tan bien a la cabeza?»), la voz del ingeniero Capalbo, sin apartarse del tono dominante de la demanda, recorría en clave bien temperada los matices de la insinuación y de la complicidad, de la insistencia y del sobreentendido, de la perífrasis y de la persuasión, chocando contra la letanía del rabino Levensohn que no dejaba de asentir con la cabeza y modular con un registro de bajo: «Coincidimos, ingeniero, coincidimos, pero no nos precipitemos...», reticencia que inducía a pensar al ingeniero Capalbo, con un estremecimiento que nacía en los genitales y se extendía a todo el cuerpo, que para comprometerse en un apoyo público y manifiesto el rabino Levensohn le iba a exigir el sacrificio de la circuncisión.«Y eso, nunca», decidía el ingeniero Capalbo incorporándose de su sillón, acompañando al rabino Levensohn hasta la puerta del despacho, quitándose el kipá y entrelazando las cuentas del rosario en los dedos de su mano derecha a la espera de la visita del padre Padula.

Antes de que ocurriera lo que ocurrió, Liliana Schuster, conocida de modo unánime como Lila, se estaba despabilando lentamente bajo el peso de cuatro frazadas («Yo duermo —solía comentar en tono enfático y con un fulgor de orgullo en la mirada, que dejaba al interlocutor de turno en libertad de interpretar sus palabras como un alarde de buena salud o un signo de inocente desparpajo— con una remera suelta y una bombachita, ya sea en invierno o en verano; cualquier otra cosa me molesta») en la cama de dos plazas de su departamento de dos ambientes ubicado en la calle Concepción Arenal al mil trescientos, casi sobre la ruta que unía Duvil con Estrada, en el deslinde del pueblo. Había pasado gran parte de la noche anterior con un hombre cuya identidad, por motivos obvios, este cronista prefiere soslayar, y en el penúltimo sopor de la modorra Lila podía sentir sobre su cuerpo el calor del cuerpo ausente y la memoria cálida del goce, ambas sensaciones de suficiente entidad como para prolongar el entresueño y enredarse entre las sábanas de algodón en una languidez de dicha no exenta de cierta melancolía, un estado de alma de orden compuesto que Lila solía traducir con una sencillez lindante con el reduccionismo: «A veces estoy tristona». Pero no era lo habitual, Lila Schuster le ponía el pecho a la vida —un pecho de dimensiones más que considerables, en consonancia con un cuerpo de formas rotundas e inequívocamente sensuales que despertaba un inocultable deseo en la población masculina de Duvil (expresado en silbidos de admiración, gestos elocuentes y procacidades varias) y una sólida censura en la población femenina (desarrollada bajo las variantes de la maledicencia, el encono y la negación del saludo)— dotada de un ánimo exultante, dicharachero y, con frecuencia, elemental. Una alegría de vivir (como comúnmente se denomina a esa efusión inexplicable que parece ignorar prolijamente las penalidades de la vida y la inexorable precipitación en la muerte, que no es una penalidad menor pese a que el padre Padula proclamara que la existencia terrena es un valle de lágrimas y el rabino Levensohn adujera que la bienvenida muerte ponía fin a la errancia eterna) que en Lila Schuster reconocía un límite infranqueable: cada vez que se hablaba en su presencia de algún político, por menor que fuera la representación que este tuviera en la escena nacional o internacional, el rostro de Lila Schuster se ensombrecía y proclamaba sin la menor reserva: «¡Por favor! Hay que matarlos a todos...», correctivo ejemplificador y un tanto virulento que se extendía, por imperio de la lógica, al electorado todo que era, al fin y al cabo, el responsable de haber elevado al político de turno al rango de dirigente; vale decir, pues, que lo que Lila Schuster proponía en rigor era una matanza indiscriminada y de proporciones poco menos que bíblicas. Pero a despecho de sus palabras, Lila se había visto favorecida, por lo menos en dos ocasiones, por sendos políticos cercanos a la esfera del poder: un sindicalista cervecero, oriundo de Rentera y con fuertes influencias en todo el partido de Las Flores, había logrado que le adjudicaran a precio vil el departamento de dos ambientes que ocupaba, y un veterano legislador de Estrada, dotado de una ubicuidad envidiable para ocupar su lugar bajo el sol de cualquier oficialismo, le había tramitado y conseguido una jubilación en carácter de instrumentadora quirúrgica y asistente de radiología (cabe aclarar, nobleza obliga y sinceridad apremia, que a Lila le hubiera sido difícil discernir entre un bisturí y un torno odontológico, y que hasta el manejo de una sencilla cámara fotográfica le resultaba poco menos que inaccesible, pero Lila sostenía contra viento y marea que ambos favores le habían sido ofrecidos espontáneamente y, por si hiciera falta, aclaraba que una cosa era querer matar a todos estos zánganos y otra muy otra era quedar como una reverenda boluda, decía Lila, con perdón de la palabra).

Lila había nacido en el pueblo de San Justo, provincia de Santa Fe, hacía cincuenta y tres años, trajinado una infancia en pleno campo (los años dorados, felices, decía Lila, aunque probablemente el recuerdo había transformado una niñez de estrecheces en un paraíso perdido) y emigrado a Duvil, casi coincidiendo con la fundación del pueblo, donde se había casado y separado tras un episodio bochornoso respecto del cual Lila prefería no ahondar porque si yo empiezo a dar nombres, pelos y señales más de uno se tiene que ir del país o hacer un pozo en la tierra y esconderse para siempre. Luego de lo cual Lila se entregó a una existencia itinerante recorriendo gran parte del partido de Las Flores ganándose la vida como modista, diseñadora de vidrieras, vendedora de ropa a domicilio, cortadora a destajo y bordadora fina hasta retornar definitivamente a Duvil, donde cualquier observador ajeno a la particular cosmovisión de Lila hubiera afirmado que se dedicaba al ejercicio de la prostitución, siendo mantenida, como es de rigor en estos casos, por la suma de dinero sufragada por clientes asiduos u ocasionales. Nada ofendía más a Lila Schuster que la ligereza en que se asentaba semejante observación, que una cosa es ser una mujer humilde y otra muy otra una cualquiera. A los hombres que pasaban por su departamento —nunca en gran número, justo es reconocerlo, y siempre conocidos de algún conocido o recomendados por alguna de sus relaciones—, Lila Schuster los definía, de modo austero, aséptico y un tanto ambiguo, como «amigos»: amigos que iban y venían, que provenían de Cuenca, Diamante o Concepción, que vivían en Duvil, que desaparecían por un tiempo para reaparecer tras meses de ausencia o diluirse definitivamente sin dejar rastro ni recuerdo, pero que siempre pagaban: una suma que ni siquiera estaba concertada de antemano, pero que era un acuerdo tácito entre Lila y el amigo en cuestión y que Lila jamás consideraba como un pago por los servicios prestados sino como una «ayuda» para afrontar los gastos de la casa o resolver las urgencias cotidianas. Si algún hombre tocaba el timbre del departamento de Lila, se sentaba a la pequeña mesa del comedor —paso previo y obligado para llegar a la cama de dos plazas— y le proponía, suelto de cuerpo y desprendido de billetera, un ménage á trois, el uso de algún artilugio erótico o un capricho análogo y ajeno a las formas consagradas del intercambio sexual, Lila Schuster advertía, erguido el pecho contundente y maculada la dignidad: «Esto no es un puterío, querido, me parece que te confundiste de lugar...», le señalaba la puerta con ademán imperioso y asunto concluido.

Cuando no estaba recibiendo amigos (un tiempo que se prolongaba o se reducía de acuerdo con el grado de intimidad o desapego con el interesado: desde unos higiénicos treinta minutos hasta largas horas de charla, sexo y cena compartida) o sumando detalles de decoración al ya abigarrado departamento de dos ambientes (una multitud de miniaturas sobre los estantes, decenas de almohadones con fundas tejidas a mano, artesanías de todo tamaño y condición, gasas de diversas tramas y colores colgadas de las paredes a manera de tapices y ni una sola imagen, estampita o motivo que aludiera a la iconografía religiosa «porque para mí —enfatizaba Lila—, el cielo está absolutamente vacío»), Lila se comunicaba con varios programas de radio para decir el título de la canción que estaban emitiendo (el fuerte de Lila era el folklore y, más específicamente, las chacareras), adivinar el nombre del actor del cual se proporcionaban datos sumarios pero harto significativos (Lila era imbatible en el rubro de galanes hollywoodenses de la década del cincuenta) o saludar de acuerdo con una premisa establecida («Hola Lucho, soy una de las que te escucho», o «Tengo clavado el dial en Radio Municipal», o alguna otra sandez elaborada por el equipo creativo del programa en cuestión); merced a tales habilidades cultivadas con empecinamiento, Lila Schuster se hacía acreedora de un par de entradas gratuitas para presenciar espectáculos y entretenimientos varios; las entradas siempre eran dos; ni una, ni tres, ni cinco, sino dos, acaso porque las producciones radiales no sólo se encargaban de distribuir en forma gratuita localidades para cines, teatros o acontecimientos deportivos, sino que alentaban, con encomiable espíritu gregario, las relaciones de pareja, razón por la cual Lila Schuster solía compartir los frutos de su pericia con alguno de los amigos con los que pasaba gran parte de sus noches.

Antes de que ocurriera lo que ocurrió, la señora Teresa Ripetti, encargada de la Biblioteca San Martín, ubicada sobre la avenida Independencia, entre el Banco de la Nación y el Liceo Provincial, estaba sentada detrás de su escritorio, con la vista clavada en la grilla del crucigrama que La Voz de Duvil publica en la penúltima página de cada edición del diario, entre los avisos fúnebres y los guarismos de la Bolsa de Valores. La señora Ripetti había transcurrido la última hora y media sumida en un estado de honda perplejidad con motivo de un enigma que se presentaba, en principio, como insoluble. La definición de seis letras correspondiente a la cuadrícula cinco vertical rezaba: «Dícese del conjunto de elementos que decora un hogar»; la señora Ripetti vacilaba entre adorno, atavío (palabra cara a su vocabulario y que gustaba de intercalar con una frecuencia excesiva y, en ocasiones, atolondrada) y estilo, habiendo descartado ornato, que era el término correcto, por estar convencida de que se escribía con h.

Edificada sobre una planta de cincuenta metros y rodeada de estanterías de madera pulida y nueve largas mesas de fórmica blanca iluminadas cenitalmente para facilitar la lectura, la Biblioteca San Martín era una de las mejor equipadas del partido de Las Flores, pero encontrar el libro deseado en el lugar previsible era una tarea reservada para iniciados, e incluso estos, en más de una oportunidad, abandonaban el intento tras horas de desorientada busca y transponían la puerta vidriada luego de musitar un saludo dirigido a la figura hierática de la señora Ripetti que casi nunca abandonaba su lugar detrás del escritorio con la esperanza de completar, un día entre los días, el crucigrama que proponía a diario La Voz de Duvil.

Docente jubilada del Liceo San Martín, donde enseñaba con mano férrea y conocimientos vacilantes Historia Universal, la señora Ripetti se había propuesto como bibliotecaria a la Intendencia luego de transcurrir un año de sólido aburrimiento en su casa de la calle Piedrabuena donde vivía sola, se reunía una vez por semana con sus ex compañeras de trabajo para recordar anécdotas del Liceo y se quedaba mirando televisión hasta que comenzaba a cabecear frente al aparato. Con el puesto vacante y con un sueldo que apenas sobrepasaba el monto básico dispuesto por ley, el ingeniero Capalbo ungió a la señora Ripetti con los óleos de bibliotecaria en ejercicio y se desentendió del asunto, pues el ingeniero sólo frecuentaba la Biblioteca para presidir algún acto de carácter oficial o pronunciar el consabido discurso, que se repetía año tras año, con motivo del Día Internacional del Libro. Para desdicha de los usuarios —alumnos del Liceo San Martín, algún periodista de La Voz ele Duvil, ociosos que se sentaban a las mesas de fórmica a hojear el diario—, la primera medida que tomó la señora Ripetti cuando entró en funciones fue reclasificar el material bibliográfico que tenía a su disposición y bajo su férula. Desechó rápidamente, por considerarlos anticuados y acaso caprichosos, el orden alfabético, el agolpamiento por autor o el criterio temático optando por reunir los libros debajo de diversos carteles de acrílico, de color blanco de acuerdo con las resonancias del título y lo que la señora Ripetti juzgaba su certera intuición. Así, bajo el cartel que rezaba SEXOLOGÍA podían hallarse tres ejemplares de Historia de una pasión argentina; El gatopardo estaba alineado debajo del cartel indicativo de CIENCIAS VETERINARIAS, junto a Adiestramiento del pastor alemán y Fisiología equina; y El revés de la trama se encontraba junto a El arte de tejer bajo el rubro MANUALIDADES Y ARTESANÍAS. Satisfecha del orden impuesto y convencida de estar brindando un servicio a la comunidad, el fastidio de la señora Ripetti rivalizaba con su sorpresa cuando alguien se acercaba a su escritorio, la distraía del crucigrama y le decía que no encontraba un libro. Si el desorientado era un alumno, la señora Ripetti se retrotraía a sus épocas docentes, lo miraba con ojos de fuego y le respondía con voz implacable: «¿Y qué pretendés, querido, que te lo busque yo? Ustedes son todos iguales: vagos, rebeldes, mal ataviados...»; si, en cambio, el que se aventuraba era un adulto, la señora Ripetti no desviaba la vista del crucigrama y replicaba: «Habrá buscado mal, señor, los libros están clasificados por orden, perfectamente ataviados...».

La señora Ripetti, pese a permanecer soltera, fue denominada «señora» desde los tiempos en que comenzó a ejercer la docencia, a despecho de que en los corrillos de Duvil se asegurara que nunca había sido maculada por el sexo opuesto, a pesar de haber mantenido un noviazgo interminable (y, a la postre, infructuoso) con un contable de frigoríficos de apellido Sanabria, nacido en Cuenca y radicado en Duvil, que luego de comprometerse y pocas semanas antes de contraer matrimonio se dio a la fuga en compañía de una militante del Partido Socialista con la cual convivió, tuvo dos hijos y se radicó en la Capital Federal. A partir del episodio, cualquier contratiempo de orden social, político o meteorológico, desde una huelga general a una tormenta de granizo, era atribuido por la señora Ripetti a un único y excluyente responsable: «La culpa es de los comunistas...».

Antes de que ocurriera lo que ocurrió, Nanito Casavalle había logrado desertar de la mirada vigilante del padre Padula, refugiarse en la Biblioteca San Martín y ubicarse, como siempre, junto al estante de SEXOLOGÍA, donde hojeaba con inflamada curiosidad libros de carácter científico que su imaginación trocaba en pornográficos mientras dirigía miradas furtivas a la señora Ripetti que ni siquiera se percataba de su presencia y, por lo tanto, mal podría haberle censurado el tembloroso afán con que Nanito Casavalle pasaba las páginas de la Anatomía de Grey con la mano izquierda mientras con la diestra se ocupaba, con singular destreza, de menesteres tan urgentes como insatisfactorios, un placebo, en suma, que, como tal, obligaba a Nanito Casavalle a la reiteración, y así ad infinitum. En esos apremios fue sorprendido meses atrás por el padre Padula (para agregar humillación al bochorno: en medio de esos apremios: sofocado, en éxtasis y a punto de arribar a la culminación dichosa), quien puso el grito en el cielo y el ojo en la Santa Biblia y procedió a leerle con lujo de detalles, riqueza de matices y variedad de sinónimos la ejemplificadora historia de Onán. Pero Nanito Casavalle ni siquiera lo escuchó; con el miembro aún erecto y en un estado inminente de explosión, delante de su cara pasaban, en un desfile intolerable y gozoso, pechos exuberantes, nalgas esculpidas, cinturas estranguladas, atributos todos que se completaban con el rostro, entre angelical y lúbrico, de Noemí Dinard, la pitonisa de Duvil.

  • Osvaldo Gallone
    Gallone, Osvaldo

    Osvaldo Gallone (1959) es un periodista, editor y escritor argentino. Se recibió de profesor de francés y estudió cuatro años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Como periodista, ha trabajado y colaborado en numerosos medios como La Razón, Tiempo argentino, Página 12, Cuadernos Hispanoamericanos, Le monde diplomatique, Revista Ñ y la virtual Evaristo.

    Como editor, también ha trabajado para el Fondo Nacional de las Artes, el Grupo Editorial Planeta e Infobae. A lo largo de su vasta trayectoria ha dictado numerosos seminarios, entre ellos "Literatura argentina contemporánea" y "Literatura hispanoamericana del siglo XX" en el Centro Cultural San Martín en la década de los años ochenta, "Las ciudades en la literatura", en la Universidad de Arquitectura de La Plata, a fines de los noventa, y "Teoría y crítica literaria", dictado en la Biblioteca Nacional, del 2003 hasta la fecha, entre otros.

     

    Como escritor ha publicado:

    Crónica de un poeta solo (poesía, 1975)
    Ejercicios de ciego (poesía, 1976)
    Montaje por corte (novela, 1985)
    La ficción de la historia (ensayo, 2002)
    Lectura de seis cuentos argentinos (2012)
    Una muchacha predestinada (novela, 2014)
    La boca del infierno (2017)

     

    Por su desempeño como escritor ha recibido numerosos premios y reconocimientos. Algunos de ellos son:

    1992: Mención de honor en el Primer certamen de ensayo breve organizado por la Fundación Banco Mercantil Argentino.
    2010: Primer premio en la Convocatoria Nacional “Cuento y Ensayo”, organizada por “San Luis Libro”, con la obra Lectura de seis cuentos argentinos.
    2011: Primer premio a la Mejor Novela en el III Premio de Novela Corta 2011, auspiciado por el Municipio de Alcobendas (Madrid, España) con la obra La niña muerta.
    2013: Primer premio a la Mejor Novela en la convocatoria realizada por V.S. Editores en el curso del año 2013 por la novela Una muchacha predestinada.
    2014: Primer premio en la VIII edición del Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet”, con el cuento titulado “El estilista”

     

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