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Año 1 #11 Agosto 2015

La lenta velocidad del coraje

Sonia, esa mañana, le susurró sus exigencias, le dijo sin decir que debía satisfacerlas: el joven y alto parquero se le habla insolentado. ¿Qué hará él, Tomás Bruck? 

De Cuentos escogidos. Editorial Alfaguara. Buenos Aires, 2000. 

Tomás abrió los ojos, cansado. Sonia estaba sentada, recto el busto, en el borde de la cama. Tomás, tapado por una colcha vieja y grisácea, encogidas las piernas bajo una sábana áspera y la colcha vieja y grisácea, miró la luz que dejaba filtrar el vidrio de la ventana. Aún ardía la lámpara que encendían, por la noche, en el frente de la casa, poco antes de acostarse. Pero las pequeñas hojas del árbol que rozaban el vidrio de la ventana no eran doradas.

De noche, cuando Sonia le daba la espalda, y las plantas suaves de sus pies le recorrían las piernas, y sus caderas anchas y elásticas, le acercaban una calidez que lo turbaba, él cruzaba los brazos bajo la nuca, y contemplaba, por el vidrio de la ventana, el silencio y la paz de la noche, y cómo la luz de la lámpara que acababan de encender encima de la puerta de la casa, doraba las pequeñas, ovaladas hojas del árbol que, de día, recobraban los intensos verdes del verano.

Tomás, quieto en la cama, estiradas las piernas, el corazón en calma, anhelaba, por un largo, desolado instante, que la noche no terminara, que el silencio y la paz de la noche no se extinguieran.

De a poco, imperceptiblemente, la ansiedad lacerante del ruego comenzaba a ceder, y él, quizá, sonreía en la oscuridad y la tibieza del dormitorio y la noche.

Con la sonrisa, olvidada, quizá, en sus labios, Tomás giraba su cuerpo, con lentitud, con rigidez, hacia la oscura curva que separaba las nalgas de su mujer, ésa que ella le permitía acariciar con los dedos, si él untaba los dedos con una crema recomendada para rectal thermometers, enemas, and douches.

Tomás escuchaba, el corazón latiéndole sordamente en las venas, la noche como un espejo opaco e infinito e incesante, un chasquido de succión, allá abajo, bajo el peso leve de la sábana y la colcha vieja y grisácea, inaudible el chasquido de succión para nadie que no fuese él, que no podía llorar.

Pero, ahora, los ojos abiertos, escuchó a Sonia que, sentada en el borde de la cama, decía, con una voz que era irrefutable y, también, imperiosa, que el parquero se le había insolentado; y decía, la voz modelada por una vaga, difusa e irrefutable exigencia, que ella solicitó al parquero que renovase el agua de la pileta de natación, y que el parquero le contestó que lo haría cuando lo creyese conveniente. Y que ella insistió, pese al desplante del parquero: ¿no pagaron, acaso, el alquiler de la casa a un italiano mentiroso y basto y, a su modo, astuto, un plus por el mantenimiento del parque, de la casa, de la pileta de natación, del césped, de los árboles, y de las flores? ¿Se suponía que uno debía aceptar, en silencio, las zafadurías de un mocoso que no guardaba el debido respeto?

Sonia acarició las mejillas de Tomás —mano tibia deslizándose por áspera barba del hombre que yace boca arriba, los ojos abiertos—, y pidió, a Tomás, que la disculpase por despertarlo, pero era fastidioso tropezar con tanto guarango suelto. Y Sonia le besó los párpados, y salió al parque, y montó en una bicicleta, que se incluyó en el alquiler de la casaquinta y sus comodidades.

Tomás, de pie contra la ventana del dormitorio, miró pedalear a Sonia, los muslos compactos moviéndose arriba y abajo en el lustroso asiento de la bicicleta, y la bolsa de las compras colgando del manubrio de la bicicleta.

Tomás se cepilló los dientes, se afeitó, se lavó la cara, y lo que pensaba, fuera lo que fuese, refluyó.

Tomás entró en la cocina, y vio la taza vacía de Sonia, en la mesa de la vasta y silenciosa cocina, y débiles manchas de la pintura de los labios de Sonia en los bordes de la taza. Se sirvió café, en la taza de Sonia, de un termo ancho y de color rojo. Mordisqueó una tostada, y enjuagó la taza.

En la sala de estar, se hundió en un sillón de cuero. Miró sus pies, las ojotas que calzaban sus pies, y miró sus piernas flacas y sus rodillas huesudas, y la profusión de venas violáceas, breves, que se esparcían por la escasa carne de sus muslos.

Vio que el hogar de la chimenea estaba limpio de cenizas, que las piedras del hogar estaban ennegrecidas por el fuego, y que había cinco o seis rollizos de leña apilados al pie del hogar de la chimenea. Vio una fotografía de Aldo Salvitti, el propietario de la casaquinta, con su madre calabresa sentada en el suelo, vestida de negro, gorda, la boca entreabierta como si jadease; y dos críos de Salvitti, uno a cada lado de la abuela calabresa, las caras retorcidas por muecas de monos idiotizados. Y vio a la mujer de Salvitti, flaca, lisa, sin pechos, y de cabello pajizo, alejada del grupo familiar, casi fuera de foco. Los cuchillos yacían en la repisa del hogar de la chimenea.

Tomás empuñó los cuchillos: uno era un cuchillo de carnicero, de hoja ancha y mango de madera negra; el otro, una daga de mango de hueso y hoja curva y brillante, que le regaló un cliente de su estudio de abogado.

Los cuchillos estaban afilados. Y eran suyos. Él los afilaba, en la mesada del quincho, a la hora de preparar el asado.

Mojaba, con unas gotas de agua, la piedra de afilar, a la hora del asado, y pasaba el filo de los cuchillos por la superficie de la piedra de afilar, rectangular, gris oscura, con movimientos lentos y precisos. Y era bueno y paciente para eso. Y era bueno y paciente en la preparación del fuego; y era cuidadoso en la limpieza de la parrilla, la distribución de los trozos de carbón, del papel necesario para encender el fuego, y de las cortas ramas secas, finas y quebradizas, que recogía en el parque de la casaquinta, y que ardían con un ruido breve y como lejano. Salaba y aderezaba la carne, con tiempo, y la cubría con una servilleta, blanca y angosta. Y contemplaba, en mañanas de lluvia o de sol, el esplendor de las lenguas del fuego, azuladas, amarillentas, que lamían los hierros de la parrilla. Y eso era bueno para él, que era bueno y paciente para elegir el tamaño de los carbones, y limpiar los ajíes morrones, rojos y verdes, y asarlos junto a la carne salada y jugosa. Y servir carne y ajíes morrones, ya asados, en el punto exacto de su sabor. Y esa muda ceremonia le proporcionaba una serenidad que nada ni nadie era capaz de darle.

Tomás volvió a sentarse en el sillón de cuero de la sala de estar, un cuchillo en cada mano, las manos cerradas en las empuñaduras de los cuchillos. Y miró las hojas de los cuchillos. Y las miró.

No quiso responder a los interrogantes que levantaban las hojas pálidas de esos cuchillos. ¿Hablaban del abogado inteligente, y hasta culto, cuyos trabajos fueron mencionados en alguna memoria judicial por su fuerza argumental y la elegancia y causticidad de su escritura? ¿Le diría eso al joven y hermoso parquero, el muchacho alto que vestía bermudas deshilachadas y una camisa sin mangas sobre los músculos perfectos del torso?

¿Le diría que él se consideraba un hombre maduro y comprensivo y sin ilusiones, y que veneró a una mujer que, sin quejas, supo costearle la carrera universitaria, y fue la más exquisita, atenta y sutil confidente que hombre alguno haya tenido jamás?

¿Le diría que esa mujer, esa mujer que fue su madre, tuvo la inigualable generosidad de morir cuando él se casó con Sonia?

¿Le diría que la pena y el duelo por esa muerte, que fue el último tributo que su madre rindió a una crianza y a una relación devotas, sin reproches mezquinos, proseguirían en él mientras él viviera?

¿Diría eso con una voz reflexiva, fatigada, sabia, como si no tuviera a ese muchacho alto e impasible a su lado?

¿Detendría el muchacho de músculos lisos y alargados y bermudas deshilachadas sus grandes zancadas, y la máquina de cortar césped, que llevaba de una punta a otra del parque de la casaquinta, y reconocería, como deslumbrado, el sombrío valor de las palabras que él cuchicheaba en el silencio de la sala de estar, los labios sellados, en una mañana de sol?

¿Desaparecería de la cara del muchacho de bermudas deshilachadas —tocado por la comprensión de las palabras que él emitiría en un tono de evocación— esa impasibilidad arrogante?

¿Iluminaría los ojos del muchacho alto y hermoso el amor desgarrado de Tomás a su madre?

Tomás, sentado en el sillón de cuero de la sala de estar, hundió el filo de la daga de mango de hueso en la carne del pulgar de su mano izquierda. El filo cortó. Tomás exhaló un silbido de dolor. Llevó el pulgar a su boca, y chupó la sangre que brotaba, rápida y roja. Tomás se puso de pie. Abrió las piernas. El filo de los cuchillos, que sus manos empuñaban, apuntaba hacia el techo de la sala de estar.

Tomás miró su cuerpo. Y se despreció. El muchacho alto y hermoso e impasible no entendería que un hombre flaco y sin músculos, y a quien la violencia le aplanaba las tripas y reducía a una callada mansedumbre, arrojase sobre él palabras y pausas y silencios forjados por esa obscenidad que nace con uno, y que se llama miedo.

Pero Sonia, esa mañana, le contó con una voz cargada de vagas exigencias que Tomás debía develar y satisfacer, que el joven y alto parquero se le habla insolentado. Y se lo decía a él, que sólo buscaba que ella aprobase, gozosa, cómo él develaba y satisfacía sus exigencias, sus vagas e insaciables exigencias. 

Tomás Bruck se sentaba, esos días de verano, a la puerta de su casa, con un diario sobre las rodillas. Se sentaba y esperaba.

Cuando el sol cubría los verdes del parque, Tomás prendía los fuegos del asado, y afilaba los cuchillos, y los carbones no demoraban en ser brasas, y Sonia nadaba en la pileta, la malla negra, enteriza, marcándole las suaves curvas de los pechos y del vientre.

Tomás la miraba nadar, lenta, de cara al cielo, los ojos cerrados. ¿Era esa mujer, que cortaba el agua azul de la pileta, ajena al mundo, la misma que, algunas noches, reptaba sobre él, en la cama del dormitorio, y aplicaba labios y lengua sobre las tetillas de él, y él, complacido con la tortura, suplicaba que la tortura no terminase, que ella no apartara labios y lengua y saliva ácida de sus tetillas, y ella, entonces, le apretaba el pene, y él gritaba a la noche, y ella, distante, labios, lengua, saliva ácida aplicados a su piel, musitaba que él no se moviera, que ella no había terminado, y que se diera vuelta, que ella lo montaría.

Tomás quedaba boca abajo en la cama, y ella hacía lo suyo, y Tomás rezaba O good Lord, en el idioma de sus padres.

Una mañana, el joven y alto muchacho de las bermudas deshilachadas cruzó, a grandes zancadas, el parque de la quinta, abrió la puerta del cuartucho en el que se guardaba la máquina de cortar césped, la sacó del cuartucho y la puso en marcha.

Tomás, sentado bajo el alero de la casa, un diario sobre las rodillas, esperó. El cable, que trasmitía energía eléctrica a la máquina de cortar césped, se extendió hasta detrás del frente de la casa. Tomás saltó hacia adelante y desenchufó el cable, y volvió a sentarse.

El joven parquero caminó, impasible, hasta la pieza en la que se guardaba la máquina de cortar césped. Y Tomás, que empuñaba los dos cuchillos, los filos dirigidos hacia el cielo, plantó los talones de sus pies en el umbral del cuartucho en el que se guardaba la máquina de cortar césped, y le dijo al muchacho que vestía bermudas deshilachadas que girase de cara a la pared, y que escuchara, quieto, sin moverse, lo que iba a decirle.

El muchacho se propuso, tal vez, obedecer la orden que le impartió Tomás, un hombre al que vio flaco, y menudo, y con la boca entreabierta. El muchacho trató, quebrado su ensimismamiento, de ganar tiempo, tal vez, y organizar las complicidades que se le pedían.

El muchacho, al iniciar el giro para darle la espalda al hombre flaco y menudo, tropezó con un desnivel del piso de ese estrecho cubículo, o con un listón de madera que, a la altura de su cuello, servía para sostener una parva de zapatillas que olían a goma podrida, bidones vacíos de gas oil y herramientas enmohecidas.

Tomás, cuya cara invadía el espanto, sospechó que el muchacho se le venía encima y procuró detenerlo, y movió los brazos hacia adelante. Los cuchillos centellearon en la mañana de verano.

  • Andrés Rivera
    Rivera, Andrés

    Andrés Rivera (Buenos Aires, 1928) es hijo de inmigrantes, se desempeñó sucesivamente como obrero textil y periodista. Marcos Ribak (su verdadero nombre) comenzó a escribir a finales de los años cincuenta, etapa que dio origen a obras como El precio (1957), Los que no mueren (1959), Sol de sábado (1962) y Cita (1965). Este primer momento de su creación literaria se enmarca dentro del compromiso militante que sostenía en el Partido Comunista, al que se afilió en 1945 y del que fue expulsado en 1964.

    En 1972 publica Ajustes de cuentas, colección de cuentos cuya construcción narrativa lleva la impronta de la novela negra a la manera de Chandler o Hammet, autores admirados por Rivera. Los diez años posteriores a este libro fueron un paréntesis de silencio en la carrera del escritor que le permitieron acercarse a grandes autores que, según sus propias palabras, no leía por prejuicio.

    Con Una lectura de historia, en 1982, Rivera inaugura una segunda etapa en la que lo dicho es tan importante como lo que se omite a través de un lenguaje lacerante y despojado de afectación.

    En muchas de sus obras, como en la colección de cuentos que integran Mitteleuropa (1993), el elemento histórico actúa como escenario para los personajes que vacilan y desean en un marco de exilios, guerras y luchas de poder.

    Prefiere escribir por las mañanas, en cuadernos y con una lapicera de buen trazo, relee y corrige una y otra vez los manuscritos. Ha dicho en diversas oportunidades que para él existen dos tipos de escritores: los que quieren ser escritores y los que quieren escribir.

    Fue reconocido con distintos premios. En 1985, obtuvo el Segundo Premio Municipal de Novela con En esta dulce tierra; en 1992, recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela La revolución es un sueño eterno; en 1993, la Fundación El Libro distinguió La sierva como el mejor libro publicado en 1992, y El verdugo en el umbral obtuvo el Premio Club de los XIII 1995.

    Su obra El Farmer, publicada en 1996, sitúa a Rivera entre los autores más reconocidos por el público y la crítica. Un año más tarde publica Nada que perder, y en 1998 el volumen de cuentos La lenta velocidad del coraje. Dentro de sus últimas obras se encuentran El profundo surTierra de exilio y Hay que matar.