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Año 1 #6 Marzo 2015

Hotaru

Novela interesante que cruza con imaginación y delicadeza la tradición japonesa con un peronismo de conurbano.

Hotaru

Editorial Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2014.

 

Una noche de mil novecientos setenta y pico mi abuelo salió a caminar por los alrededores de Derqui para aliviarse de una borrachera, y se perdió.

Estábamos en la casa de mi tío Pancho, celebrando no recuerdo qué.

Era una fiesta increíble. Más de cien invitados, una banda en vivo que tocaba lo que se le pidiera, mucho cotillón, barriles de vino, cerveza tirada, miles de cajones de gaseosas para nosotros, los más chicos.

La estábamos pasando tan bien que recién a las dos de la mañana nos dimos cuenta de que mi abuelo no estaba.

La música se detuvo.

Mi tío Pancho, en un estado deplorable, llamó a la policía y, como pudo, explicó que no tenía idea de qué había pasado con su hermano.

Mi mamá se puso a llorar.

Yo también.

Mi abuela no.

—Se debe haber ido con alguna —dijo.

Tambaleándose, mi tío Armando fue hacia su Dodge plateado y le pidió a mi primo Enrique que lo acompañara:

—Gamos a guscarlo...

Pero apenas subieron al auto, mi abuela dijo:

—Esperen —y agregó—: Ahí viene, ¿no?

Era cierto. En la otra cuadra, del lado de la vereda de enfrente, había una mancha oscura, con forma de aceituna, que por alguna razón todos relacionamos con mi abuelo.

—Sí —dijo mi mamá.

Y fuimos hacia él. Todos menos mi abuela, que se quedó esperándolo junto a la puerta marrón.

—Me perdí —dijo mi abuelo, que parecía recién salido de una pileta llena de alcohol—. No sé por dónde anduve... Qué sé yo. Estuve por ahí, por donde está lleno de yuyos... Por lo de la japonesa...

—¿Qué japonesa? —preguntó mi tío Pancho.

—Una japonesa, no sé de dónde apareció. Una pibita. Le salían cosos de las manos, bichitos de luz...

La escena me gustó, una japonesa que lanzara insectos luminosos de la mano como si se tratara de rayos láser no podía no atraerme.

—¿Pero era una japonesa japonesa, o parecía japonesa, como la Gladys?

—No, japonesa japonesa japonesa —mi abuelo rió como si hubiera dicho un chiste—. No estaba vestida con esos ponchos que usan ellos, pero era una japonesa.

—¿Qué ponchos? —le preguntó mi abuela.

—Los ponchos esos de los samuráis. Esos que usa Kung Fu.

Mi abuela negó con la cabeza. No tenía sentido seguir con las preguntas.

—Pero igual tenía ropa japonesa —continuó mi abuelo—. Un quinoto rojo y con otros colores que ahora no me acuerdo.

—Kimono —corrigió mi abuela.

—Sí, kimono... Pobre japonesa, no sé cómo no le daba miedo. No hay un alma por ahí... Encima, me pareció que le faltaba el..., el..., el coso...

—¿Qué coso?

—El coso este —mostró el pulgar de su mano derecha.

—¿El dedo gordo?

—Sí... —mi abuelo volvió a reír, con una risa que parecía de doble sentido, como si quisiera darle un matiz atrevido, pícaro, a sus palabras— el gordito...

—Bué... —dijo mi tío, ya sin paciencia—. Volvamos a la casa, entonces. La noche todavía está en pañales-

Todos gritamos, algunos al estilo sapucay, y seguimos con la fiesta.

La increíble fiesta.

Que duró hasta el amanecer.

Cuando nos estábamos yendo, apareció un patrullero.

Bajó un policía morrudo, retacón, morocho.

Preguntó si mi abuelo estaba bien.

—Sí —dijo mi tío Pancho—. Yo llamé para avisar.

—Sí, lo atendí yo. Pero por las dudas queríamos asegurarnos de que todo sigue en orden.

—Sí, gracias por preocuparse.

—Anduve por lo de la japonesita —dijo mi abuelo, como si brotara.

—¿Qué japonesita? —preguntó el policía.

—La de los bichitos de luz...

Mi tío le hizo una seña al policía, dándole a entender que mi abuelo había bebido y estaba diciendo cualquier cosa. El policía entendió:

—Nos retiramos —dijo—. Que tengan un buen día.

El patrullero se alejó y nosotros (mis abuelos, mi madre y yo) empezamos a caminar hacia la estación de trenes. Todavía teníamos por delante más de una hora de viaje para llegar a casa.

Mi abuela no tocó el tema de la japonesa de los bichitos de luz. Odiaba que mi abuelo dijera disparates.

Hablamos de la fiesta.

Y de otras cosas.

Pero mi abuelo, a pesar de la borrachera, tenía razón.

No había mentido.

Allí, por los alrededores de Derqui, donde todo era barro, oscuridad y yuyos, se había cruzado con una japonesa.

Y la japonesa tenía puesto un kimono jade con flores rojas y un obi azul.

Y llevaba en sus manos varias luciérnagas que, al igual que ella, brillaban fríamente, como de pena.

Mi abuelo había visto esa imagen.

Pero nosotros le creímos recién unos meses después, cuando el tío Pancho nos contó lo que había sucedido en Derqui.

—Es de no creer —dijo—. Pero lo creo porque una parte la vi con mis propios ojos y la otra me lo contó directamente el capo del destacamento, que es amigo mío. Y no anda con cuentos. Así que le creo. Pero es de no creer.

—Pero qué es lo que pasó.

—Mirá, por donde vos anduviste perdido la vez pasada hay una casa que hace años que está abandonada.

—¿Ahí por los yuyos? -Sí.

—Yo no la vi.

—Es una casa vieja, que nadie la ocupa porque ¿viste cómo es?, se cuentan pavadas, y la gente las cree.

—¿Está embrujada?

—Dicen, pero no. Esto que pasó no tiene nada que ver con fantasmas —mi tío Pancho sacó los cigarrillos, y prendió uno para agregarle suspenso al relato—. Tiene que ver con guerrilleros.

—¿Guerrilleros?

—Sí, no sé si Montos o qué, pero guerrilleros. Y los tipos estaban en esa casa que te digo. La tenían como aguantadero. Nadie se daba cuenta porque vivían a oscuras. Para los vecinos más cercanos, que son cinco o seis, la casa parecía igual de deshabitada que siempre. Pero anteayer a la noche pasó una cosa increíble. De la casa esa empezaron a salir bichitos de luz, un montón, cientos, y se quedaron como flotando sobre el techo... Imagínate el espectáculo, se veía hasta de mi taller, que está lejísimos de ahí. Y bueno, la gente se empezó a acercar. Yo también. Y apenas llegué a la casa, salieron de adentro cinco personas, cinco sombras, y salieron disparando a campo traviesa, como si alguien los estuviera persiguiendo. En un segundo, chau, se esfumaron, y los que estábamos ahí nos miramos desorientados, mientras los bichitos de luz seguían sobre la casa como si nada. No sé cómo se enteraron los canas, pero a los cinco o diez minutos apareció un patrullero. Le contamos que vimos salir a unas personas, pero que no pudimos identificar si eran hombres o mujeres. Uno de los policías fue al patrullero, habló por la radio y regresó. Golpearon la puerta. Esperaron. Golpearon otra vez. Y como no obtuvieron respuesta, sacaron los chumbos y abrieron la puerta de una patada...

—¿Sin orden de allanamiento?

—No existe la orden de allanamiento. Eso es una gilada de las series gringas.

—¿Y adentro encontraron armas?

—No. Lo que encontraron fue lo más increíble de todo. Más que las luciérnagas. El interior de la casa estaba todo decorado como si fuera una casa japonesa. Yo no sé mucho de muebles y adornos, pero vi la casa y era como una casa japonesa. Había biombos, un altarcito, almohadoncitos, cosas así, japonesas. Muy lindo.

—¿Y eso qué tiene que ver con los guerrilleros?

—Bueno, ahora viene. Además de todo lo japonés, los canas encontraron otras cuestiones: documentos de política, unos frasquitos raros que andá a saber para qué los usaban, proyectos de un golpe a un banco, cosas por el estilo..., y además, en una de las habitaciones encontraron indicios de que tenían secuestrada a una mina.

—¿A la japonesa?

—No, una mina que parece que secuestraron hace unos días, la hija de un empresario. El capo del destacamento me confirmó que encontraron cosas que eran de ella.

—¿Y se la llevaron?

—Sí, sospechan que sí, pero eso lo van a saber cuando los agarren. Por ahora, y esto me lo aseguró él, no tienen idea de por dónde andan.

Recién entonces yo participé de la conversación:

—¿Y los bichitos de luz?

Mi tío se rió. Le causó gracia que mi interés pasara por las luciérnagas.

—Se fueron. Se quedaron un rato, una o dos horas, y después qué sé yo. Aparentemente, los loquitos estos eran criadores de luciérnagas, y las liberaron porque se ve que tuvieron que salir de raje y no les quedó otra que deshacerse de ellas.

Dejé de prestar atención a lo que decían. No me interesaba. Para mí, la historia se reducía a dos imágenes: la japonesa perdida en un yuyal de Derqui y la casa envuelta por luciérnagas.

Lo demás se me escapaba. Era demasiado chico como para saber en qué tipo de país estaba viviendo. La dictadura militar no era ni siquiera un rumor molesto, un mal susurro para mí. Videla me caía bien porque me caían bien todos los hombres que tuvieran bigotes o barba. Y los uniformes no me causaban náuseas, como ahora.

Varios años después, muchos, más de veinte, me puse de novio con una chica de Derqui, María José, y le mencioné la historia de los bichitos de luz.

—Mi abuela me contó esa historia —me dijo—. Ella estuvo esa noche en la casa. Pero no me dijo nada de los montoneros.

Me puse a investigar. Hablé con la abuela de mi novia, con gente del barrio que había presenciado la escena.

Pero no obtuve mucho, hasta que conocí a Gervasio Nievas, un ex periodista de Derqui que tenía bien presente lo que había sucedido en "el rancho de las luciérnagas".

—En una época yo quise escribir un libro sobre esa historia. Por algunos policías conocidos sabía que la piba esta, Mercedes, había estado secuestrada en la casa, y que la comisaría de Pilar se había hecho cargo del caso y había inventado cualquier cosa para la prensa. Investigué. Durante mucho tiempo. Pero a medida que investigaba me iba dando cuenta de que sabía menos, de que me perdía, y que tampoco podía demostrar nada. Todo lo que tenía, en suma, no eran más que conjeturas que carecían de documentación que las avalara. Y me harté. Me saqué ese libro de la cabeza, me dediqué a otra cosa, y toda la información que junté quedó archivada al pedo.

Gervasio fue generoso conmigo. No solo me facilitó su archivo, sino que me dedicó tiempo, tuve con él por lo menos cinco encuentros, y ninguno duró menos de dos horas.

Gracias a su información supe de Maeko, de Kaede, de Dantori, de Silvano, de Mercedes Iribarren, y supe también de armas, de bombas caseras, de historia argentina, de peronismo, de marxismo, y de las geiko, del Gion Kobu, del origami, y del Libro de la almohada, de las novelas del mundo flotante de Ihara, las novelas de Kawabata, de Junichiro, de los haiku de Basho, de la ceremonia de los inciensos, del ikebana, de la crianza de luciérnagas...

Me sentí eufórico. Tenía bastante como para lanzarme a escribir, pero yo necesitaba saber cómo fue que Dantori y Kaede se habían conocido, cómo fue que sus vidas se cruzaron, y esa información no estaba en los archivos de Gervasio.

—Ella vivió en Buenos Aires, en Caballito, desde los dos años hasta los doce, que fue cuando regresó a Japón —me dijo Gervasio en uno de nuestros encuentros—. Por eso hablaba bien el castellano. Fue a la misma escuela que Dantori. De esa forma se conocieron, y fueron noviecitos un tiempo. Después de que ella se volvió a Japón se siguieron escribiendo durante años. Ninguno de los dos tenía posibilidad de viajar, así que tenían que conformarse con esas cartas. Pero cuando la abuela y la madre de Kaede fallecieron en un accidente aéreo, ella quedó devastada, al borde de la depresión, y entonces decidió iniciar su aprendizaje para convertirse en geisha, o en geiko, que es como se dice en Kioto. Y Dantori no respaldó su decisión, al contrario: se desilusionó de ella, se decepcionó, y ya no volvió a escribirle. Kaede había tomado esa decisión porque no soportaba a su padrastro (a su padre biológico no lo conocía) ni a sus hermanas, a ninguna de las tres, y quería estar lejos de ellos. Pero Dantori no entendió esa razón, y por más que Kaede le aseguró que el mundo de las geishas nada tenía que ver con la promiscuidad o la prostitución, no hubo caso. Dantori dejó de escribirle, aunque siguió leyendo las cartas que ella le enviaba... Creo que fue en el setenta y siete que él viajó a Tokio para participar en un festival de música latinoamericana. Fue como guitarrista, no como cantante. No sé a quién acompañó, creo que a Mercedes Sosa. Y aprovechó que estaba allá para ver a Kaede. Sabía dónde ubicarla por los datos que ella le daba en sus cartas. Viajó a Kioto, al barrio de las geishas, y allí se reencontraron...

Después de esa charla con Gervasio decidí que ya era hora de encarar la historia. Aunque la información con la que contaba no fuera suficiente, aunque nada cerrara, aunque me perdiera, como le había sucedido a Gervasio.

Así que llegué a mi casa, prendí la notebook y empecé a escribir una novela.

Una novela incierta, medio japonesa, como yo, que soy incierto y medio japonés.

Una novela mía, sobre esos años de horror.                            

 

Primera parte

1. Vasija

Cuando Carlos Dantori le dijo por teléfono que por un tiempo tenía que permanecer escondido en su país, al otro extremo del mundo, y que por lo tanto no viajaría a Kioto a fin de mes como le había prometido, Kaede cortó la comunicación y decidió, para acompañar el dolor de su amado, el calvario de su amado, cerrar los ojos, clausurar sus párpados hasta que volviera a tener a Dantori frente a ella.

Maeko, que para ese entonces ya había perdido su dedo pulgar y se dedicaba a asistir a Kaede en todo lo que Kaede necesitara, no le dio importancia. Tomó esa ceguera voluntaria como si no fuera más que un llanto que tarde o temprano tendría que detenerse. La sola idea de imaginarlo le resultaba ridícula. Kaede estaba por encima de cualquier hombre. Por encima del sufrimiento de amor, que era algo tan terrenal como un pedazo de leña o una huella en el barro.

Pero las horas, los días pasaron, y los párpados de Kaede persistieron en la clausura.

Ni siquiera al despertar cedía. Iniciaba la jornada con los ojos cerrados, y así continuaba.

—¿Qué ves? —le preguntó una vez Maeko.

Kaede dijo, en tono melancólico, que veía cosas pequeñas, que podían ser guardadas en una vasija: agua, moscas, humo, flores de ciruelos, uñas negras, bocas, manos, prímulas amarillas, pájaros.

—Y nada más —agregó.

—¿Estás triste?

—No —respondió Kaede—. La vida es peor que la tristeza.

Si antes su fama como geiko podía compararse con un murmullo que se apagaba en los alrededores de Kioto, ahora se difundía como una música hasta en Okinawa. Kaede despertaba la curiosidad de cualquier hombre que acudiera al Gion Kobu en busca de los servicios de una artista.

La ceguera no afectó su ductilidad, al contrario. Se movía sin torpeza, con la lentitud de algo lejano, y blanco, que se hundiera en nieve.

No obstante, muchos hombres no podían resistir la tentación de profanarla. Un empresario inglés llegó a ofrecerle cinco mil dólares a cambio de que abriera los ojos tan solo un segundo, pero Kaede se negó. No le importaba el dinero. Nunca le había importado de veras.

Cuando cumplió veinticuatro años, Kasumi, la okasan de la okiya en un intento de obsequio, le trajo un hombre que imitó la voz de Dantori, y que le dijo en castellano:

—Ya estoy aquí.

Kaede, al escucharlo, lloró. Dos surcos se desprendieron desde sus párpados cerrados.

—No es él —dijo—. No traten de engañarme. No necesito verlo para saber que se trata de un farsante.

Esa noche hubo tormenta.

Ella pudo mantener los ojos cerrados a pesar de los truenos.

Vio prímulas amarillas, humo, pájaros, hasta que se durmió.

 

2. El retrato

Una semana después del intento de engaño de la okasan, Kaede recibió un paquete que contenía una grabación de Dantori acompañada de una foto.

—Tengo miedo, mi amor, de que tus ojos enfermen —decía Dantori—. Son días difíciles para mí. Debo estar encerrado, comiendo en forma salteada, a oscuras, extrañándote. Puedo soportarlo, pero para eso necesito saber que estás bien. Que tus ojos van a poder verme cuando estemos juntos. No concibo que sufras conmigo. Quiero que te cuides, que estés fuerte, sana, para cuando todo esto termine. Te envío una foto que me sacó un amigo hace unos días. Quiero que mires esa foto, te lo pido por favor. Quiero que me mires... Te amo.

Por la noche, a solas, Kaede sacó la fotografía de Dantori del sobre blanco.

Abrió los ojos lenta, viscosamente.

La luz era escasa, liviana, pero igual hería su visión. El retrato de Dantori no era más que una mácula parecida a un fruto silvestre. De todos modos, ella permaneció con los ojos abiertos, esperando acostumbrarse nuevamente a la luz, con el retrato frente a ella.

Tuvieron que transcurrir veinte minutos hasta que la fotografía dejó de ser una imagen empantanada y se convirtió en el retrato de Dantori.

Y entonces Kaede comprendió realmente las palabras que había escuchado.

Dantori había dejado de ser el Dantori que ella había visto la última vez, hacía un año. Estaba muy delgado, con los cabellos largos, la barba crecida, la mirada rota.

Pero era él, no se trataba de otro engaño.

—Mi amor... —dijo Kaede, en el dialecto de Gion Kobu.

Y dos días después le dijo a Maeko que viajaría a la Argentina.

—Este ya no es mi lugar. No puede ser más mi lugar…

Pero Maeko no tenía intenciones de abandonarla.

—Si no es tu lugar, tampoco es el mío. Quiero seguir a tu servicio.

Kaede no insistió.

No quiso insistir.

Le resultaba más difícil imaginarse sin Maeko a su lado.

—El viaje va a ser largo, de dos meses, porque después del accidente de mi abuela y mi madre prometí no volver a viajar nunca más en un avión... Desprecio con toda mi alma los aviones...

—Sí, yo también. Los odio...

Esa noche Kaede llamó al número telefónico de un tal Silvano que Dantori le había dado hacía unos meses. Silvano sabía perfectamente quién era ella, y le habló con amabilidad. Ella le contó lo que tenía planeado.

—No es una idea sensata —le dijo él—. Pero la comprendo, y cuente conmigo para lo que necesite.

Cuatro días después Kaede y Maeko subieron a un buque de bandera inglesa, que tenía como destino final el puerto de Buenos Aires.

 

3. Doscientos frasquitos

En sus ratos libres, los pocos ratos libres que su trabajo en la okiya le dejaban, Maeko tenía el pasatiempo de las hotaru (las luciérnagas), que era un pasatiempo habitual entre las niñas, las adolescentes y las ancianas del vecindario.

Las encontraba ocultas debajo de las hojas y de las piedras, brillando entre el barro, al borde de un riachuelo que se había formado cerca de la okiya

Y también compraba larvas de especies foráneas.

Sus preferidas eran unas africanas que le vendía el viejo Taru, para quien las luciérnagas se habían convertido en una perdición.

Las africanas, que eran las más buscadas, vivían en estado larval hasta seis meses.

Maeko las colocaba en pequeños frasquitos de vidrio que rellenaba con tierra humedecida con agua y algunas gotas de miel.

En cada frasquito podía colocar solo una larva.

A diferencia del viejo Taru, Maeko prefería las luciérnagas en estado larval. Para ella, a pesar del vuelo y de la reproducción, que eran estallidos de vida, cuando las larvas se transformaban iniciaban la agonía. Volaban y se reproducían, en sí, para morir.

Una vez que las liberaba, después de que pusieran sus huevos, se desentendía de ellas.

Que se fueran lejos.

No quería verlas más.

—¿Puedo llevar mis larvas? —le preguntó a Kaede mientras preparaban su equipaje.

—Sí, por supuesto. Pero no sé si van a poder sobrevivir al viaje.

—Sí, van a poder. Sobreviven a todo.

Antes de partir, Maeko le compró a Taru ochenta larvas africanas, que se sumaron a las otras ciento veinte que ya tenía. Las ubicó en los frasquitos. Doscientos frasquitos, tan pequeños que todos juntos ocupaban el mismo espacio que una valija.

  • Martín Sancia Kawamichi
    Sancia Kawamichi, Martín

    Martín Sancia Kawamichi (Buenos Aires, 1973) publicó como Martín Sancia dos libros destinados al público infantil: Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos... y otras historias (Sudamericana, 2009) y Los poseídos de Luna Picante (2º Premio Sigmar, 2014). Durante años colaboró con cuentos y textos breves en la revista Beatrizos.

    Hotaru obtuvo el premio de novela negra de la Editorial Del Nuevo Extremo.