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Año 1 #2 Noviembre 2014

Razón vital

Si Dios te pidiera una razón para que la especie humana siga existiendo, ¿cuál darías?

 

De Un toque de infinito, Emecé, Buenos Aires, 1974.

Lógicamente, el mensaje redactado en oscuros términos modernos, fue difundido en los Estados Unidos por los tres grandes canales de radio y televisión, en Inglaterra por la BBC, y en todos los demás países por los canales con mayor alcance. Los millones de millones de personas que corrieron a consultar la Biblia encontraron una copia exacta bastante razonable en Éxodo 32, versículos 9 y 10: “Y dijo el señor a Moisés: Veo que este pueblo es de dura cerviz. Déjame solo, que se encarnice mi saña contra ellos y que los deshaga”

El anuncio emitido por radio y televisión decía, simplemente: “Es necesario manifestar una razón que impida la destrucción de los habitantes de la Tierra” La firma era igualmente simple y directa: “Soy vuestro Dios y Señor”.

El anuncio se oía una vez por día, a las once de la mañana en Nueva York, a las diez en Chicago, a las siete en Honolulú, a las dos de la madrugada en Tokio, a la medianoche en Bangkok, y así sucesivamente en el resto del globo. La voz era profunda, resonante, y hablaba en el idioma del lugar donde se hacía el anuncio. La voz era de una intensidad tal que se oía por encima de cualquier otro programa que se estuviera pasando en ese momento.

La primera reacción fue inevitable y esperada. Los rusos denunciaron a los Estados Unidos, afirmando que como los Estados Unidos, según ellos, habían cometido todos los pecados posibles en el nombre de Dios, ahora se metían a interceptar las transmisiones de radio y televisión. Los Estados Unidos le echaron la culpa a los chinos, y éstos al Vaticano. Los árabes culparon a los judíos, y los franceses a Billy Graham, los ingleses a los Rusos, mientras que el Vaticano conservó la calma iniciando una serie de investigaciones.

Las dos primeras semanas desde el comienzo del anuncio fueron dedicadas exclusivamente a las acusaciones. Todo grupo, organismo, secta o nación que tuviera acceso al poder fue acusado, mientras los técnicos de radio se afanaban por encontrar el origen de la señal. Poco a poco las acusaciones fueron desapareciendo en todos los diarios y en todos los debates de la radio y la televisión, mientras seguía sin hallarse el origen del mensaje. Las discusiones públicas que se suscitaron esas dos primeras semanas son de dominio público, no así las privadas, lo que hace que los siguientes extractos sean de interés histórico: 

EL KREMLIN 

Reznov: —No soy técnico de radio. El camarada Grinowski es técnico de radio. Si yo fuera el camarada Grinowski, volvería a la universidad diez años más. Es preferible eso, a diez años en Siberia.

Grinowski: —El camarada Reznov habla seguramente como experto en radios.

Bolov: —La insolencia, camarada Grinowski, no reemplaza a la competencia. El camarada Reznov es un marxista, y eso le permite llegar al fondo del asunto.

Grinowski: —Usted también es marxista, camarada Bolov, y al mismo tiempo comisario de comunicaciones. ¿Por qué no ha llegado usted al fondo del asunto?

Reznov: —No discutamos más. Usted tiene a su disposición todos los recursos de la ciencia soviética, camarada Grinowski. No se trata simplemente de que intercepten nuestras transmisiones. Es un ataque contra nuestra filosofía básica.

Grinowski: —Se han utilizado todos los recursos de la ciencia soviética.

Reznov: —¿Qué ha descubierto?

Grinowski: —Nada. No sabemos dónde se originan las señales.

Reznov: —¿Qué quiere usted entonces, camarada Bolov, ante la declaración del camarada Grinowski?

Bolov: —Se puede fusilar al camarada Grinowski, o pedir la colaboración del Metropolitano, o ambas cosas. Los del Metropolitano están esperando afuera.

Reznov: —¿Quién los llamó?

Grinowski (con una sonrisa): —Yo. 

LA CASA BLANCA

Presidente: —¿Dónde está Billy? íbamos a empezar a las dos. ¿Dónde está?

Secretario de Estado: —Lo llamé personalmente. Mientras tanto, podríamos oír al profesor Foster, del MIT.[1]

[1] MIT: Massachusetts Institute of  Technology (nota del editor).

Presidente: —Quiero que Billy oiga lo que tiene que decir el profesor Foster.

Profesor Foster: —Mi declaración es muy breve. Tengo varias copias. Puedo darle una copia a Billy o volverla a leer.

Fiscal: —Yo creo que la CBS es responsable de todo esto. La CIA está de acuerdo conmigo.

El comisionado general de comunicaciones: —La CBS no tiene nada que ver con esto. Creo que debemos oír la declaración del profesor Foster. Ha estado trabajando con nuestros mejores expertos.

Presidente: —¿Por qué diablos no ha llegado Billy?

Ministro de Defensa: —Podríamos oír la declaración del profesor Foster. Si es breve, la puede repetir para Billy.

Presidente: —Está bien. Pero debe leerla de nuevo para Billy.

(Se abre la puerta. Entra Billy).

Billy: —Buenas tardes a todos. Que Dios los bendiga.

Fiscal: —¿Está seguro que representa a Dios?

Presidente: —El profesor Foster tiene una declaración que hacer. La semana pasada se ha reunido varias veces con mi comisión ad hoc de científicos. ¿Quiere leer la declaración, profesor?

Profesor Foster: —He aquí mi declaración. A pesar de todos los esfuerzos realizados, no nos ha sido posible descubrir el origen de la señal.

Presidente: —¿Eso es todo?

Profesor Foster: —Sí, señor. Eso es todo.

Fiscal: —Maldición, señor, usted está obligado a saber de dónde viene la señal. ¿Viene de más allá del espacio? ¿De la tierra? ¿De Rusia?

Profesor Foster: —Eso es todo lo que tengo que decir.

Presidente: —Bien, henos aquí con esta orden de dar una razón. Billy, no espero nada de los rusos o los chinos. ¿Podemos nosotros dar una razón?

Billy: —He estado pensando en eso.

Presidente: —¿Sí o no? (Silencio). 

JERUSALÉN

 Primer Ministro: —Siguiendo la sugerencia del profesor Goldberg, he invitado al rabino Cohen a esta reunión.

Ministro de Relaciones Exteriores: —¿Por qué? ¿Para complicar más aún este lío?

Primer Ministro: —¿Por qué no escuchamos al profesor Goldberg?

Profesor Goldberg: —No sólo hemos estado trabajando en este asunto día y noche, sino que también hemos estado en contacto con los norteamericanos. Ellos tampoco pueden hallar el origen de la señal. Me parece que debemos escuchar al rabino Cohen.

Primer Ministro: —Lo que hagan los gentiles, rabino, es asunto de ellos. Para nosotros es algo mucho más personal, ya que, como todos sabemos, nuestra gente ya ha tenido que hacer frente antes a este problema. Estamos ante una orden que nos exige dar razones. ¿Podemos dar alguna razón?

Rabino Cohen: (Con tristeza) —Temo que no. 

WHITEHALL

Jefe de Inteligencia: —He puesto a cuatro de nuestros mejores hombres a cargo de este asunto. Están al norte de la frontera de Afganistán.

Primer Ministro: —¿Qué han informado?

Jefe de Inteligencia: —Hemos perdido contacto con ellos.

Primer Ministro: —Creo que deben ponerse al habla con el Arzobispo.

Jefe de Inteligencia: —Voy a encargar a uno de mis mejores hombres de ese asunto. (Silencio meditativo). 

EL VATICANO

Primer Cardenal: —No puedo creerlo. Después de dos mil años de labor.

Segundo Cardenal: —Labor agotadora.

Primer Cardenal: —Ni una palabra de agradecimiento. Sólo la exigencia de una razón.

Segundo Cardenal: —¿Se ha puesto en contacto con el Departamento de Asuntos Legales?

Primer Cardenal: —Sí, por supuesto que sí. Pero me informaron que el Señor está en todo Su derecho. 

Estos extractos que acabamos de transcribir no son más que ejemplos de lo que ocurría en los altos círculos de todos los gobiernos de la tierra. Tanto el Vaticano como Israel, debido a la naturaleza tan especial de sus antecedentes, intentaron investigar a fondo durante un período fijo de tiempo, y por lo menos en cuatro ocasiones distintas se puso a su disposición todo el equipo de la Voz de América, tanto onda corta como larga, pero la pregunta frenética que hacían, “¿Cuánto tiempo nos queda?” fue ignorada. Día tras día la voz resonante y majestuosa exigía a los habitantes de la tierra que dieran una razón, exactamente a la misma hora, sin un segundo de diferencia.

Hacia la tercera semana, Rusia, China y sus respectivos países satélites hicieron una declaración pública en la que decían que la voz era una broma burguesa de mal gusto dirigida contra la integridad moral de las naciones amantes de la paz. Si bien reconocía que aún no se conocía el origen de la señal, aseguraban que averiguarlo sólo era cuestión de tiempo. Pero los esfuerzos realizados por Moscú no tuvieron éxito, y por último China acusó a Moscú de formar parte de la conspiración occidental para imponer su concepto primitivo y antropomórfico de un Dios bíblico en el mundo civilizado.

Mientras tanto, los distintos sectores de la raza humana reaccionaron de todas las maneras posibles, desde el desdén al pánico, pasando por la indiferencia y el enojo. El presidente de los Estados Unidos sostuvo una larga y sincera discusión en su estudio con su amigo Billy. Como sólo se conocen los resultados de la conversación, hay que deducir el contenido, pero es dable suponer que fue más o menos así:

—He leído tu declaración, Billy, y debo decir que no es muy convincente —dijo el presidente.

—¿No? Bueno, a mí tampoco me parece gran cosa.

—Podrías haber hecho algo mejor.

—Tal vez. Tal vez no. Nunca me gustó este asunto de dar razones, me parece que no es constitucional exigirlas.

—Sí que lo es —le aseguró el presidente—. Tuve una larga discusión con el presidente de la Suprema Corte. Él dice que es perfectamente constitucional.

—Quiero decir, en sentido general. No debemos ser demasiado provinciales en este asunto.

—Uno se acostumbra —confesó el presidente—. Hay que admitir que siempre hemos estado en el bando de Dios.

—La pregunta es: ¿está Él de nuestra parte?

—¿No estarás perdiendo la fe, Billy?

—Existe el problema de dar una razón.

—Debe estar de nuestra parte —insistió el presidente—. El procedimiento, por ejemplo. Nuestro país ha sido pionero en la utilización del requerimiento de dar razones en el campo legal. Antes que nadie en el mundo pensara en ello, ya nosotros lo utilizábamos para poner fin a huelgas subversivas. En lo que respecta a nuestra defensa, ¿qué otro país del mundo tiene un sistema de vida tan libre y pródigo como el nuestro?

—Eso no me parece pertinente.

—Nunca te he visto así, Billy Yo hubiera jurado que eras el hombre más creyente de la tierra. ¿Quieres que te exima de esto y se lo dé al fiscal? Tiene un equipo legal excelente, y si la piensan entre todos, se les puede ocurrir una buena defensa.

—No es eso. Él hace una pregunta específica. Hay que decir la verdad.

—Hemos tenido que decir la verdad en varias oportunidades anteriores, y siempre hemos quedado bien parados.

—Esta vez es distinto.

—¿Por qué?

Billy miró al presidente y el presidente miró a Billy, y después de un largo silencio, el presidente asintió.

—¿No hay esperanzas?

—Se me ocurrió algo —dijo Billy.

—¿Qué? Pongo todos los recursos del país a tu disposición.

—Pensándolo bien —dijo Billy—, es la razón la que presenta la gran dificultad. Una cosa es predicar en el gran estadio de Houston, pero si uno pronuncia el mismo discurso en las Naciones Unidas, por ejemplo, nadie se lo traga.

—Claro que no.

—Excepto Inglaterra y Guatemala, pero ¿dónde está la mayoría que teníamos hace diez años?

—No estamos peor que ningún otro país y muchísimo mejor que los comunistas.

—Ése es el problema —dijo Billy.

—Dijiste que se te había ocurrido algo.

—Sí. Se trata de esa enorme computadora que tienes en Houston. Podemos empezar a programarla. Le pondremos de todo, bueno y malo. Conseguiremos los mejores hombres en la especialidad para su programación y haremos que constantemente la alimenten, durante una semana o diez días.

—No sabemos cuánto tiempo tenemos.

—Debemos presumir que Él sabe lo que estamos haciendo. Y mientras sepa que estarnos tratando de hallar una respuesta, esperará.

—¿Podemos confiar en eso, Billy?

—Yo diría que es más que una suposición. Por Dios, tiene todo el tiempo del mundo. Él lo inventó.

—Empecemos con los de la IBM, entonces. Pueden utilizar varias computadoras y hacer un equipo que puede dejar chica a la de Texas.

—Si el gobierno paga. No sé cómo lo verán los de la IBM.

El proyecto de la IBM se materializó por fin. Como tenían campo libre para utilizar sus propios centros de computación y los que habían instalado en el Ministerio de Defensa, a las dos semanas ya empezaron a programar. Continuamente alimentaban de datos a las gigantescas computadoras, no una sola persona, sino más de trescientos expertos. El trabajo quedó completado exactamente en treinta y tres días de trabajo. El equipo de computadoras tenía todos los datos que se pudieron conseguir acerca del rol de la especie humana en la tierra.

Eran las tres de la mañana cuando el último dato entró en la inmensa máquina. En Control Central aguardaban un insomne presidente, su gabinete y un par de docenas de luminarias locales y representantes de países extranjeros. Billy esperaba junto a ellos. Y el mundo entero esperaba.

—¿Y, Billy? —preguntó el presidente.

—Tiene el problema y los datos. Ahora queremos la respuesta. —Se volvió al ingeniero principal de IBM—. Ahora les toca a ustedes.

El ingeniero asintió y apretó un botón. El gigantesco complejo de computadoras cobró vida, zumbó, palpitó, se apagaron y encendieron lucecitas, tardó sesenta segundos en digerir la información y luego diez segundos más en imprimir la información en un pedazo de cinta.

Nadie se movía.

El presidente miró a Billy.

—Mejor usted, señor —dijo Billy.

El presidente se dirigió lentamente hasta llegar a la máquina, cortó las seis pulgadas de cinta escrita, la leyó, luego se volvió hacia Billy y le entregó la cinta en silencio.

La cinta decía: “Harvey Titterson”

—Harvey Titterson —dijo Billy.

El fiscal se acercó y tomó la cinta de las manos de Billy.

—Harvey Titterson —repitió.

—Harvey Titterson —dijo el presidente—. Hemos gastado un billón de dólares en construir el complejo de computadoras más grande de la tierra, y, ¿qué sabemos?

—Harvey Titterson —dijo el secretario de Estado.

—¿Quién es Harvey Titterson? —preguntó el embajador de Gran Bretaña.

¿Quién era? Dos horas después el presidente de los Estados Unidos y su amigo Billy estaban sentados en la Casa Blanca frente al rostro de bulldog del viejo director del FBI.

—Harvey Titterson —dijo el presidente—. Queremos que usted lo busque.

—¿Quién es? —dijo el viejo director del FBI.

—Si supiéramos quién es, no tendría que buscarlo usted —explicó el presidente lenta y respetuosamente, porque siempre le hablaba con mucho respeto al viejo director del FBI.

—¿Es peligroso? ¿Lo aprehendemos vivo o muerto?

—Usted no tiene que aprehenderlo, señor —le explicó Billy con mucho respeto, porque, igual que todos los demás, siempre le hablaba con mucho respeto al viejo director del FBI—. Sólo queremos saber quién es. En lo posible, no queremos que se alarme o que se lo moleste en lo más mínimo. En realidad, sería mejor si no se diera cuenta de que se lo observa. Sólo queremos saber quién es y dónde está.

—¿Han buscado su nombre en la guía de teléfonos?

—Hemos consultado con la compañía telefónica —respondió el presidente—. Quiero aclararle que no teníamos ninguna intención de pasar por encima suyo. Pero como sabemos la inmensa cantidad de trabajo que tiene su departamento, pensamos que la compañía telefónica podía simplificar nuestra tarea. Harvey Titterson no tiene teléfono.

—Podría ser un número que no figura en guía.

—No. La compañía telefónica nos prestó una colaboración valiosísima. No tiene teléfono.

—Ya encontraremos algo, señor presidente —dijo el viejo director del FBI—. Pondré a doscientos de mis mejores hombres en el trabajo.

—El factor tiempo es esencial.

—Sí, señor. El factor tiempo es esencial.

Como tributo al FBI y a la agudeza de su viejo director es preciso destacar que a los tres días había un informe sobre el escritorio del presidente. La inscripción del sobre decía: “Confidencial, reservado, restringido al uso especial del presidente de los Estados Unidos”.

Antes de abrir el sobre, el presidente llamó a Billy.

—Billy —le dijo con mucha seriedad—, esto es para ti. Yo me las he visto con Rusia y China Roja, pero esta área diplomática está dentro de tu terreno. La leeremos juntos.

Entonces abrió el sobre, y los dos leyeron:

“Informe especial y secreto sobre Harvey Titterson, edad veintidós años, hijo de Frank Titterson y de Mary Bently de Titterson. Nacido en Plainfield, estado de Nueva jersey. Concurrió a la escuela secundaria de Plainfield y a la universidad de California en Berkeley. Se especializó en filosofía. Fue arrestado dos veces por posesión de marihuana. La primera vez le suspendieron la sentencia. La segunda vez lo condenaron a treinta días de cárcel. Actualmente vive en el número 921 de la Calle 8 Este en la ciudad de Nueva York. Ocupación actual, desconocida”

—Ese Harvey Titterson, entonces —dijo el presidente—. Extraña es la obra de Dios.

—Yo no lo culparía a Él —dijo Billy—. Harvey Titterson salió de la máquina IBM.

—Quiero que tú te ocupes de esto, Billy —dijo el Presidente—. Quiero que lo sigas hasta el fin. Tienes carta blanca. El fuerza aérea 1 está a tu disposición, si la necesitas. Mi helicóptero personal también. Esta es tu misión, y no necesito especificar que con ella se juega el triunfo o el fracaso.

—Haré todo lo que pueda —prometió Billy.

Dos horas más tarde, un automóvil negro del gobierno, manejado por un chofer, se detuvo frente al número 921 de la calle 8 Este, que resultó ser una vieja casa de inquilinato, de las que carecen de agua caliente, y Billy descendió del auto, trepó los cuatro tramos de escaleras, y golpeó la puerta.

—Entra, hermano —dijo una voz.

Billy abrió la puerta y entró en un cuarto cuyo mobiliario consistía en una mesa, una silla, una cama, y una alfombra. Sobre la alfombra estaba sentado, con las piernas cruzadas, un hombre joven, vestido con viejos pantalones vaquero y una remera. Tenía barba y bigote, de color rojizo, pelo del mismo color que le caía sobre los hombros, y ojos azules y brillantes. Billy notó que se parecía mucho a quien lo había nombrado.

Billy lo miró fijamente, y el joven le devolvió la mirada y dijo con voz agradable:

—Se nota que no eres de la policía y no eres el dueño de casa tampoco, así que es casi seguro que te has equivocado de lugar.

—¿Eres Harvey Titterson? —preguntó Billy.

—Así es. Por lo menos, hay momentos en que así lo creo. La búsqueda de identidad es algo complejísimo.

Billy se identificó, y el joven sonrió apreciativamente.

—Estás en el asunto, hombre —dijo.

—Permíteme ir al grano —dijo Billy—, porque el tiempo es un factor esencial. Acudo a ti por el dilema básico en que nos encontramos.

—¿Te refieres a la guerra en Vietnam?

—No, me refiero al pedido de una razón justificativa.

—Hombre, me confundes. ¿A qué te refieres?

—¿No lees los diarios? —preguntó intrigado Billy.

—Nunca.

—Debes escuchar la radio... o mirar la televisión.

—No tengo.

—Debes hablar con gente. En tu trabajo. Todo el mundo habla...

—No trabajo.

—¿Qué haces?

—Hombre, eres preguntón —dijo Harvey Titterson—. Fumo marihuana y medito.

—¿Cómo vives?

—Tengo padres ricos. Me sostienen.

—Pero hace varias semanas que empezó este asunto. Debes haber salido de aquí, ¿no?

—Hace días que medito sin salir.

—¿Eres un fanático religioso? —preguntó Billy, con cierto respeto en la voz.

—No, nada de eso.

—Permíteme entonces que te ponga al día. Hace algunas semanas, exactamente a la misma hora en todo el mundo, se oyó una voz en los canales y estaciones más importantes y dijo: “Es necesario manifestar una razón que impida la destrucción de los habitantes de la Tierra. Soy vuestro Dios y Señor”. Eso dijo.

—Cósmico —dijo Harvey—. Absolutamente cósmico.

—Se repite todos los días. La misma voz, las mismas palabras.

—Absolutamente cósmico.

—Te podrás imaginar los resultados —dijo Billy.

—Debe haber habido un revuelo terrible.

—En China, en Rusia... en todo el mundo.

—Fuera de lo común —dijo Harvey.

—El presidente es amigo mío...

—¿Sí?

—Sucede que lo convencí que no había ninguna respuesta sencilla que dar. Me consulta a mí en todas estas cosas. Es un gran honor, pero esto es terrible.

—Absolutamente cósmico —dijo Harvey.

—Se me ocurrió una idea y se la propuse. Equipamos el complejo de computadoras más grande que haya existido, y le dimos todas las informaciones que tenemos. Todo. Y cuando le hicimos la pregunta, la respuesta fue tu nombre.

—Me estás tomando el pelo.

—Te doy mi palabra de honor, Harvey.

—Esto me confunde y me emociona.

—Te darás cuenta de lo que esto significa para nosotros, Harvey. Tú eres la última esperanza que tenemos. ¿Puedes darnos una razón?

—Muy, pero muy complicado.

—¿Quieres tiempo para pensar?

—No se necesita tiempo —dijo Harvey—. Si hay una razón, la hay.

—¿La hay?

Harvey Titterson cerró los ojos durante un rato largo, luego miró a Billy y dijo, simplemente:

—Somos lo que somos.

—¿Qué?

—Somos lo que somos.

—¿Nada más? —medita.

—Hombre, eso te toca a ti. Piensa.

—Éxodo tres, catorce —dijo Billy—. “Y Dios le dijo a Moisés: Soy lo que soy”.

—Exactamente.

Billy miró el reloj. Eran las once menos tres minutos. Casi sin decir gracias, salió corriendo del cuarto, bajó las escaleras a la carrera y se metió en el auto.

—¡Enciende la radio! —ordenó al chofer—. 880 del dial.

El chofer buscó la estación con nerviosidad.

—880 ¿qué pasará?

—Ésta es la Columbia —se oyó—, CBS en la ciudad de Nueva York. A esta hora suspendemos la transmisión para escuchar un anuncio especial. —Silencio. Un silencio prolongado. Pasaban los minutos, y silencio.

Luego se oyó la voz del anunciante:

—Aparentemente, hoy no habrá interrupción...

En el cuarto piso de la casa de inquilinato, Harvey Titterson lió un cigarrillo de marihuana, aspiró una vez, y lo dejó de lado.

—Una locura —dijo suavemente.

Y luego se preparó para continuar su meditación.

 

[1]MIT: Massachusetts Institute of  Technology (nota del editor).

  • Howard Fast
    Fast, Howard

    Howard Fast (1914-2003) es un extraordinario y versátil narrador neoyorkino. Su madre era una inmigrante judía británica y su padre, Barney Fastovsky, judío ucraniano. Al morir su madre en 1923 y con su padre en paro, el hermano más joven de Howard, Julius, fue a vivir con los parientes, mientras que Howard y su hermano mayor Jerome trabajaron vendiendo periódicos.

    Howard comenzó a escribir temprano. Mientras hace autostop y monta en ferrocarriles que recorren e país en busca de trabajos, escribe. Su primera novela, Two Valleys (Dos Valles), fue publicada en 1933, con 18 años de edad. Su primera obra popular es Citizen Tom Paine (Ciudadano Tom Paine), una cuento sobre la vida de Thomas Paine. Interesado siempre en historia americana, escribe The Last Frontier, (La última frontera), sobre una tentativa de los Cheyennes de volver a su tierra nativa; y Freedom Road (Camino de la libertad), sobre las vidas de los antiguos esclavos durante el Período de reconstrucción

    Se unió al Partido Comunista de los Estados Unidos en 1944 y fue llamado por el Comité de Actividades Anti-Americanas. Rechazó divulgar los nombres de los contribuyentes al Joint Antifascist Refugee Comittee (Comité de Ayuda a los Refugiados Antifascistas), que había comprado un antiguo convento en Toulouse para convertirlo en un hospital en el que trabajaban los cuá­queros ayudando a refugiados republicanos de la Guerra Civil Española (uno de los contribuyentes era Eleanor Roosevelt), y lo encarcelaron por tres meses en 1950 por desacato al Congreso.

    Mientras estaba en la cárcel comenzó a escribir su trabajo más famoso, Espartaco, novela sobre la sublevación de los esclavos romanos encabezada por Espartaco. Fast se lo envió a su editor, al que le entusiasmó la novela, pero J. Edgar Hoo­ver envió una carta advir­tiéndoles de que no deberían publicarlo. Tras esto pasó por otros siete conocidos editores con idéntico resultado. El último de ellos fue Doubleday y, tras una reunión del comité editorial, George Hecht, entonces jefe de la cadena de li­brerías de Doubleday, salió de la sala enfadado y disgus­tado por tal acto de cobardía. Llamó por teléfono a Fast y le aseguró que si publicaba el libro por su cuen­ta le haría un pedido de seiscientos ejemplares.

    Fast nunca lo había hecho, pero con el apoyo de amigos y los escasos sueldos de su mujer y suyo, creó Blue Heron Press y publicó el libro. Para su sorpresa se vendieron más de cuarenta mil ejemplares de la obra en tapa dura, que pasaron a ser varios millones tras el final del Macartismo. Espartaco fue traducido a 56 idiomas.

    Puesto en la Lista Negra por sus actividades comunistas y sus antecedentes penales, Fast impedido de publicar con su propio nombre utilizó varios seudónimos.

    En 1952 trabaja para el Partido Laborista Americano. Durante los años 50 también trabajó para el periódico del partido comunista, el Daily Worker. En 1953, le concedieron el Premio Stalin de la Paz. En 1956 abandona el partido en protesta por la política represiva de la Unión Soviética con Hungría.

    Obra

    •          Two Valleys (1933).
    •          Strange Yesterday (1934).
    •          Place in the City (1937).
    •          Conceived in Liberty; a novel of Valley Forge (1939).
    •          The Last Frontier (La última frontera)(1941).
    •          The Unvanquished (1942).
    •          Citizen Tom Paine (Ciudadano Tom Paine)(1943).
    •          Freedom Road (1944).
    •          The American: a Middle Western legend (1946).
    •          Clarkton (1947).
    •          The Children (1947).
    •          My Glorious Brothers (1948).
    •          The Proud and the Free (1950).
    •          Spartacus (1951).
    •          The Passion of Sacco and Vanzetti, a New England legend (1953).
    •          Silas Timberman (1954).
    •          The Story of Lola Gregg (1956).
    •          Moses, Prince of Egypt (1958).
    •          The Winston Affair (1959).
    •          The Golden River (1960).
    •          April Morning (1961).
    •          Power (Poder)(1962).
    •          Agrippa's Daughter (1964).
    •          Torquemada (1966).
    •          Los Judíos: Historia de un pueblo (1968).
    •          The Crossing (1971).
    •          The Hessian (1972).
    •          Los inmigrantes (1977).
    •          Second Generation (1978).
    •          The Establishment (1979).
    •          The Legacy (1981).
    •          Max (1982).
    •          The Outsider (1984).
    •          The Immigrant's Daughter (1985).
    •          The Dinner Party (1987).
    •          The Pledge (1988).
    •          The Confession of Joe Cullen (1989).
    •          The Trial of Abigail Goodman (1993).
    •          Seven Days in June (1994).
    •          The Bridge Builder's Story (1995).
    •          An Independent Woman (1997).
    •          Redemption (1999).
    •          Greenwich (2000).