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El artista es un trabajador (manifiesto)

Sabemos al artista un trabajador porque, en cada voluta roma de la cultura,
rechaza las formas heredadas, aquellas que conciben sólo al trabajo como el
“momento serio” (el momento cuyo producto se incorpora a la realidad
preexistente y se promete a ella como valor) y a lo creativo como el “momento del
divertimento” (el momento apto para el ocio y su resplandor imaginativo, que nos
permite un viaje de entretenimiento y despeje respecto del mundo dado). Esas
mismas formas, moribundas y cómplices, que insisten con un fraudulento combate
entre la Cultura y la cultura popular a sabiendas de que todo el arte fue, es y será
hecho por el pueblo.

Sabemos al artista un trabajador porque, al refucilar etéreo de la cultura, ya
no entiende a su intervención apenas como práctica creativa, aquella que no se
proyecta a reproducir a un orden, y sus imperativos, ni a su vocación en los
terrenos del arte, y que llama en cambio a una actitud transformadora en relación
a las cosas, a sus circunstancias generales, a sus proyecciones sociales y a su
condición asignada. Una actitud creativa y cambiante que viene acompañando a la
sociedad de los hombres desde las pinturas en las cuevas, en las pirámides, en
los templos, en los rascacielos, en una sucesión infinita de obras, “opus” que como
su primitiva etimología refrenda, son sencillamente “trabajo”.

Sabemos al artista un trabajador porque, desde el festejo ázimo de la
cultura en su berenjenal, se ofrece sin desmayo al movimiento de los signos, los
fonemas, los sonidos, las pinceladas y a la recreación del mundo que ello implica,
extraños al espectáculo que tiene que ver apenas con la obra terminada, la obra
que se “re-pone” sin desplazamientos una vez y otra alentándonos, en la mayoría
de los casos, a lo bueno, a lo justo, a lo solidario, a lo bello, en fin, a lo humano.

Sabemos al artista un trabajador porque, con el centellear sospechoso de la
cultura, no cesa de insistir en la creación de formas, de ideas, de hitos proyectivos.
De aquí que su tarea sea eminentemente política, pero en el sentido soberano y
total de afectar al carácter simbólico del mundo e impedir así su manipulación
como cosa acabada, refrendando que siempre el mundo es pasible de ser
transformado, una y otra vez.

Sabemos al artista un trabajador porque, ante el hojalatear exquisito de la
cultura, su acción pone en duda la pertenencia de los seres a un orden, a un
sistema de creencias, a algún dominio o imperio de verdad, más allá de las
naciones o de los regímenes. La tarea que se le encomienda es tan crucial como
perentoria: dar cuenta de que el poder no está ejercido apenas por grupos que
obedecen a intereses económicos o políticos, sino, ante todo, por un sistema
dominante de ideas que debe animarse hacia la construcción de un colectivo justo,
libre, soberano.

Sabemos al artista un trabajador porque, tras vitoreo y vitoreo bestial de la
cultura, éste no entiende al trabajo como un acto alienante, aquel en el que el
hombre permanece extraño a la cosa trabajada, excluido de participar en su
carácter simbólico, sometido a una cadena productiva que le es ajena en su
sentido o, de otro modo, donde la persona renuncia a su participación imaginativa
para fatalmente ir a dosificarse en un objeto intermediario. Él no sufre su tarea
como una carga indeseable, no disocia al trabajo de la creatividad, de la verdad y
de la dicha.

Sabemos al artista un trabajador porque, antes de cada pértiga mocha de la
cultura, en tanto elude la enajenación simbólica y no separa la empresa productiva
del placer y la imaginación, no hace del arte una región o una institución escindida
de su labor cotidiana, ni, en su reverso, de su labor cotidiana apenas un acto
obligado para sobrevivir. En tanto crea se “gana la vida”, en tanto se gana la vida

Sabemos al artista un trabajador porque, sobre el remachar contiguo y
perentorio de la cultura, tanto en un sentido crítico como drástico, denuncia esa
concepción de mundo que degrada a todos los seres como simples productores
de bienes de consumo, aplastando la satisfacción directa de sus aspiraciones para
integrarlos convenientemente a la fabricación de mercancías. No quiere que el
hombre renuncie a la dimensión vital de sus actos cotidianos, de esos actos que
responden a estímulos existenciales, para pasar ahora, bajo el imperio de la
eficiencia, o del consumo, a producir objetos abstractos dentro de una cadena
productiva que no le pertenece. No desea ya empeñar el trabajo como mera
producción, escindido en sus realizaciones del gesto que lo prodiga, desposado
tristemente como medida de la enajenación del mundo, un mundo atiborrado de
un continuum de objetos que ahoga con aviesa intención lo solidario, lo verdadero,
lo fraternal, lo igualitario, lo bello y lo justo.

Sabemos al artista un trabajador puesto que, contra el costillar celeste de la
cultura, lucha contra la enajenación de la realidad en un sentido global y no
meramente económico, contra esa enajenación de las cosas y las presencias que
se cierne cuando ellas son absorbidas por algún conjunto de postulados, de
criterios directrices, de sordas simplificaciones en un combate entre el centro y la
periferia, de referencias concentracionarias, de inconmovibles fundamentos.

Sabemos al artista un trabajador en la medida en que, desde cada
fogonazo interesado y fatal de la cultura, alumbra el trabajo del hombre no sólo
como necesidad, sino como asunción de una ritualidad que no puede ser
interrumpida ni vulnerada. El hombre no debe constreñirse meramente a cumplir
con un “hacer”, sino a desplegar a través de la acción esa voluntad trascendente
que lo llama y que lo implica, proveyendo su continuidad y su transporte en el
intercambio simbólico, y exceptuándolo en acto de la captura por algún sistema
vigilante – represivo – productivo.

Sabemos al artista un trabajador puesto que, en el zumo evanescente de la
cultura y su fantasma, no considera a la cultura como repetición, como alineación
en serie, como multiplicación de un standard, como una reiteración modélica boba,
en una palabra, como producción. En lo que entiende como cultura genuina no
rige cierta idea matemática (cuantitativa y formal) de las cosas. Ella es apertura
hacia lo singular y nunca cerrado, hacia la libertad, hacia la asociación fraternal de
los hombres en un pié de igualdad, hacia lo lúdico y jamás inerte del sentido, hacia
el imprevisto vibrante y el asombro de la aparición. En ella el trabajo no queda
desalojado del entusiasmo y la energía que alumbra el despliegue del juego
simbólico.

Sabemos al artista un trabajador en tanto, al amonsergar suntuario de la
cultura, la diversidad de imágenes y pensamientos que deja avanzar impide que
algún orden de saber opere como medida del mundo. En tanto ninguna
concepción puede arraigar y ejercer un dominio, cercenar la prodigalidad de cosas
y los acontecimientos, que alimentan nuestra libertad.
Así, sabemos al artista un trabajador en tanto su obrar, en el trompetear
febril y aparatoso de la cultura, no hace otra cosa que preservar lo abierto, lo
mudable, lo humano, lo político, lo singular, lo primordial y la cultura respira allí
donde ninguna doctrina, ningún dogma, ninguna ideología puede apropiarse de
ella sin hacer un corte, un sesgo.

Sabemos al artista un trabajador en tanto, tras el artificio equivoco y
huérfano de la cultura, emprende el arte como una experiencia al mismo tiempo
crucial y celebrante de dicha cultura del pueblo. El arte constituye para él un
fenómeno “transformador” que opera como juego, en el sentido en que se muestra
como un atrevimiento a mover las cosas de su sitio, a modificar las estructuras, a
posibilitar cambios. Puede ser entendido como las actividades lúdicas de la
infancia, donde se “pone en juego” el orden conocido y se trascienden las formas
dadas. Estas transformaciones afectan al ser mismo de una comunidad, a su
entorno, y asisten ciertas señales a partir de las cuales son removidas sus
concepciones y renovadas sus prácticas en ese ser siendo. A través de la
mutación de los signos se pone de manifiesto la libertad: el hombre no se limita a
un orden o estructura determinados y aprende a acompañar y propiciar la ruptura
de los enquistamientos del mundo.

Sabemos al artista un trabajador pues, con el reclutamiento espectral de la
cultura, podemos decirlo de este modo: si hay arte, es porque desde las cosas,
desde la “realidad”, proviene un llamado, una suerte de presión sobre nosotros
que nos obliga a contestar activamente cuando se da un estancamiento en el
sentido de la vida propia o colectiva. Cuando las cosas agobian con su peso
estático, ciertos individuos se hacen cargo de este estrangulamiento y tratan de
sacudirlo. El arte opera así como un removedor de valores, de signos, de
categorías y criterios, deja en “carne viva” el sentido de la realidad en favor de lo
humano. En la renovación de los signos acontece el juego liberatorio: ninguna
forma o concepción se hace capaz de imperar y ejercer un poder omnímodo.

Sabemos al artista un trabajador porque, encima de cada hechizo
congelado de la cultura, ella de modo análogo a la labranza y cultivo de la tierra,
exige la roturación, la siembra y la cosecha. Si una comunidad no labra su suelo
simbólico, si no se atreve con la inteligencia, la organización y la imaginación, se
simplifica, se debilita, se resume, se empobrece. Queda sometida a un suelo llano
e infértil, es incapaz de autoabastecerse y prodiga la dependencia en el orden del
espíritu. Por eso la responsabilidad del artista es multiplicar el lenguaje, diversificar
los símbolos, cultivar la diferencia, desarrollar lo propio. Colaborar, al fin, a que
nuestros pueblos se alienten en el despliegue del juego creador y fecunden en
torno a él. Si, por el contrario, se duermen sobre sus valores, se atomizan o se
congelan en un régimen o una ideología anquilosada, estarán echadas todas las
cartas de la dependencia, el atraso y la enajenación.

Sabemos al artista un trabajador porque, en cada errancia estatuaria de la
cultura, lanzado sin reparos a una tarea de regeneración de signos, permite que
ya no se imponga la idea de un eje desde el cual todo adquiere determinado
sentido. Si no existe tal centro legitimador no existe, tampoco, tal periferia. A
través de la acción artística las cosas muestran su rostro multiforme, una mutación
permanente en su carácter y significado, se vuelvan a una región volcánica donde
la verdad nunca está segura, adviene en otra cosa sin dejar de ser lo que son. La
libertad se juega aquí en un sentido profundo: no en el cambio de unas formas a
otras sino en el de cada forma como tal. Ellas insisten al mismo tiempo como
esto y lo otro, se permiten ser habitadas por la diferencia, por lo nuevo, por lo que
vendrá. Podríamos decir que las cosas ya no se presentan bajo el rostro de alguna
objetividad, y, en este punto, evitan ser observadas como universales y repetibles,
para, al fin, ser conducidas a la apropiación y al juego instrumental. El poder,
ejercido como una propuesta de pre-poder, de prepotencia sobre lo existencia, ya
no puede arraigar. La dominación y el manejo de la realidad quedan, a través de la
acción artística, infinitamente inhibidos.

Sabemos al artista un trabajador porque, en la pompa lúdica y frenética de
la cultura, a través del arte y la poesía, en el traspaso y la apertura permanentes,
descubre a la cultura como algo más sagrado que la realización de una
idiosincrasia colectiva o que el rito funcional de ciertas prácticas estéticas. La
encuentra como respuesta a la convocatoria que ejercen las cosas mismas sobre
los hombres, cosas y acontecimientos que se abren a la inocencia del sin por-qué
o para-qué, no comprometidas con alguna Divina Idea o Supremo Fundamento
más allá de lo profundamente humano, liberadas de remitir a un principio o figura
soberanos. Por eso, en los sucesos de una genuina cultura, las cosas no quedan
fijadas por algún tipo de reticulado o jaula conceptual y tampoco se precipitan
como vehículo de un pasado cualquiera o un predecible porvenir; al mismo tiempo
que no estabilizan un sentido inhiben la duración que le es inherente. Ellas sólo
ponen de manifiesto la puntual movilidad intrínseca de los fenómenos, abren,
como señala Bachelard, la temporalidad del instante, de lo “in-estante”, o, de otro
modo, de lo que no permanece quieto en su sentido, siendo capaz de albergar, sin
transcurso, esto y lo otro. Una cultura sólo se desarrolla, a tal efecto, cuando
encuentra a través del trabajo, hacia adentro y hacia afuera de la Polis, y estimula
a seres capaces de ofrecer esas múltiples visiones a las que cada cosa se
encomienda.

Sabemos al artista un trabajador porque, debajo del malestar otoñal y
críptico de la cultura, advierte que la libertad no debe ser considerada meramente
en relación al ámbito y condición humanos, como aquella posibilidad que nos
permite hacer o no hacer ciertas cosas. De tal modo, siembre habrá instituciones o
personas que facilitarán o impedirán las actividades. El estado, la policía, las
leyes, la democracia, el ejército, o lo que fuere, serían administradores de la
libertad del hombre, aquellas formas y procedimientos que permitirán o prohibirán.
En cambio, nos propone señalar ante todo una dimensión antológica de la libertad.
Se trata, como se ha dicho, de la capacidad transformadora que las propias cosas
y fenómenos se permiten a través de esa praxis que los involucra, como actores, y
que habitualmente llamamos “arte”. Son ellas las que anuncian sus múltiples
rostros y ellos los que, en su escucha, recogen e iluminan el despliegue de su
alteridad.

Sabemos al artista un trabajador, al fin, porque, entre la osamenta
casamentera de la cultura y su ademán, al no aceptar al arte como mero
fenómeno antropológico (la manifestación de la interioridad del artista o del acervo
de un pueblo), ni como gesto ligado a un primordial afán en diversión o
relajamiento, ni, fundamentalmente, como actividad irrelevante en relación a la
verdad y al ser de las cosas, enfrenta a la cultura a la raíz misma de su ser: el
llamado transitar el misterio del mundo y de sus presencias, de no permitir que
sean capturados por algún legitimado saber o ideología triunfante; su
responsabilidad de iluminar un universo donde las apariciones no puedan ser
amortiguadas ni las múltiples opciones del pensar veladas; su exigencia de asumir
la pulsión de lo enigmático como juego de las cosas y afirmación de la diferencia.
Allí, pues, donde el arte se muestra, se resguarda lo abierto, lo solidario, lo por
venir, el respeto inclaudicable por la vida y es en lo abierto donde la cultura
encuentra su más preciosa donación: la libertad para el acontecer de los signos, lo
más intrínsecamente humano, el espacio jocundo para que nada ni nadie se erija
como propietario de lo real y el pensamiento pueda ya imprimir sin obstáculos su
vocación desalienante, política, identitaria y liberadora.