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Año 4 #44 Junio 2018

El camino de regreso

Este breve cuento de Dashiell Hammett —uno de los grandes de la narrativa negra, creador de figuras tan famosas como el detective Sam Spade— Tiene un escenario es inusual: la jungla. Allí Dashiell Hammett nos muestra sus personajes —duros— en circunstancias extraordinarias.

 

El camino de regreso

 

“El camino de regreso” (“The Road Home”) se publicó por primera vez en 1922 en la legendaria revista Black Mask bajo el seudónimo de Peter Collinson.

 

—¡Está loco si deja pasar esta oportunidad! Le concederán el mismo mérito y la misma recompensa por llevar las pruebas de mi muerte que por llevarme a mí. Le daré los documentos y las cosas que tengo encerrados cerca de la frontera de Yunnan para respaldar su historia, y le aseguro que jamás apareceré para estropearle el juego.

El hombre vestido de caqui frunció el ceño con paciente fastidio y desvió la mirada de los inflamados ojos pardos que tenía frente a sí para posarlos más allá de la borda del jahaz, donde el arrugado hocico de un muggar agitaba la superficie del río. Cuando el pequeño cocodrilo volvió a sumergirse, los grises ojos de Hagerdorn se clavaron nuevamente en los del hombre que le suplicaba, y habló con cansancio, como alguien que ha contestado los mismos argumentos una y otra vez.

—No puedo hacerlo, Barnes. Salí de Nueva York hace dos años con el fin de atraparle, y durante dos años he estado en este maldito país —aquí en Yunnan— siguiendo sus huellas. Prometí a los míos que me quedaría hasta encontrarle, y he mantenido mi palabra. ¡Vamos, hombre! —añadió, con una pizca de exasperación—. Después de lo que he pasado, no esperará que ahora lo eche todo a rodar… ¡ahora que el trabajo ya está casi terminado!

El hombre moreno, ataviado como un nativo, esbozó una sonrisa untuosa y zalamera y restó importancia a las palabras de su captor con un ademán de la mano.

—No le estoy ofreciendo un par de miles de dólares; le ofrezco una parte de uno de los yacimientos de piedras preciosas más ricos de Asia, un yacimiento que el Mran-ma ocultó cuando los británicos invadieron el país. Acompáñeme hasta allí y le enseñaré unos rubíes, zafiros y topacios que le dejarán boquiabierto. Lo único que le pido es que me acompañe hasta allí y les dé un vistazo. Si no le gustaran, siempre estaría a tiempo de llevarme a Nueva York.

Hagedorn meneó lentamente la cabeza.

—Volverá a Nueva York conmigo. Es posible que la caza de hombres no sea el mejor oficio del mundo, pero es el único que tengo, y ese yacimiento de piedras preciosas me suena a engaño. No le culpo por no querer volver… pero le llevaré de todos modos.

Barnes dirigió al detective una mirada de exasperación.

—¡Es usted un imbécil! ¡Por su culpa perderé miles de dólares! ¡Maldita sea!

Escupió con rabia por encima de la borda —como un nativo— y se acomodó en su esquina de la alfombrilla de bambú.

Hagedorn miraba más allá de la vela latina, río abajo —el principio del camino a Nueva York—, a lo largo del cual una brisa miasmática impulsaba al barco de quince metros con asombrosa velocidad. Al cabo de cuatro días estarían a bordo de un vapor con destino a Rangún; otro vapor les llevaría a Calcuta y, finalmente, otro a Nueva York… a casa, ¡después de dos años!

Dos años en un país desconocido, persiguiendo lo que hasta el mismo día de la captura no había sido más que una sombra. A través de Yunnan y Birmania, batiendo la selva con minuciosidad microscópica —jugando al escondite por los ríos, las colinas y las junglas— a veces un año, a veces dos meses y después seis detrás de su presa. ¡Y ahora volvería triunfalmente a casa! Betty tendría quince años… toda una señorita.

Barnes se inclinó hacia adelante y reanudó sus súplicas con voz lastimera.

—Vamos, Hagedorn, ¿por qué no escucha a la razón? Es absurdo que perdamos todo ese dinero por algo que ocurrió hace más de dos años. De todos modos, yo no quería matar a aquel tipo. Ya sabe lo que pasa; yo era joven y alocado —pero no malo— y me mezclé con gente poco recomendable. Aquel atraco me pareció una simple travesura cuando lo planeamos. Y después aquel hombre gritó y supongo que yo estaba excitado, y disparé sin darme cuenta. No quería matarlo y a él no le servirá de nada que usted me lleve a Nueva York y me cuelguen por aquello. La compañía de transportes no perdió ni un centavo. ¿Por qué me persiguen de este modo? Yo he hecho todo lo posible para olvidarlo.

El detective contestó con bastante calma, pero toda la benevolencia anterior había desaparecido de su voz.

—Ya sé… ¡la vieja historia! Y las contusiones de la mujer birmana con la que estaba viviendo también demuestran que no es malo, ¿verdad? Basta ya, Barnes; afróntelo de una vez: usted y yo volvemos a Nueva York.

—¡Ni hablar de eso!

Barnes se puso lentamente en pie y dio un paso atrás.

—¡Preferiría morirme…!

Hagedorn desenfundó la automática una fracción de segundo demasiado tarde. Su prisionero había saltado por la borda y nadaba hacia la orilla. El detective cogió el rifle que había dejado a su espalda y se lanzó hacia la barandilla. La cabeza de Barnes apareció un momento y después volvió a sumergirse, emergiendo de nuevo unos cinco metros más cerca de la orilla. Río arriba, el hombre del barco vio los arrugados hocicos de tres muggars que se dirigían hacía el fugitivo. Se apoyó en la barandilla de teca y evaluó la situación.

«Parece ser que, después de todo, no podré llevármelo con vida… pero he hecho mi trabajo. Puedo disparar cuando vuelva a aparecer, o dejarlo en paz y esperar a que los muggars acaben con él.»

Después, el súbito pero lógico instinto de solidaridad con el miembro de su propia especie contra enemigos de otra borró todas las demás consideraciones, y se echó el rifle al hombro para enviar una andanada de proyectiles contra los muggars.

Barnes se encaramó a la orilla del río, agitó una mano por encima de la cabeza sin mirar hacia atrás, y se internó en la jungla.

Hagedorn se volvió hacia el barbudo propietario del jahaz, que había acudido a su lado, y le habló en su chapurreado birmano.

—Lléveme a la orilla —yu nga apau mye— y espere —thaing— hasta que lo traiga —thu yughe.

El capitán meneó la negra barba en señal de protesta.

—Mahok! En esta jungla, sahib, un hombre es como una hoja. Veinte hombres podrían tardar una semana o un mes en encontrarlo. Quizá tardarán cinco años. No puedo esperar tanto.

El hombre blanco se mordió el labio inferior y miró río abajo… el camino a Nueva York.

—Dos años —dijo para sí, en voz alta—... Me costó dos años encontrarlo cuando no sabía que lo perseguía. Ahora… ¡Oh, demonios! Quizá tarde cinco. Me preguntó qué hay de cierto en eso de las joyas.

Se volvió hacia el barquero.

—Iré tras él. Usted espere tres horas —señaló al cielo—. Hasta el mediodía, ne apomha. Si entonces no he vuelto, márchese: malotu thaing, thwa. Thi?

El capitán asintió.

—Hokhe!

El capitán aguardó cinco horas en el jahaz anclado, y después, cuando la sombra de los árboles de la orilla oeste empezó a cernerse sobre el río, ordenó que izaran la vela latina y la embarcación de teca se desvaneció tras un recodo del río.

  • Dashiell Hammett
    Dashiell Hammett

    Dashiell Hammett (Maryland, Estados Unidos, 1894-Nueva York, 1961) es el novelista estadounidense fundamental del género negro. Dashiell Hammett trabajó en una agencia de detectives privados antes de participar en la Primera Guerra Mundial, de la que regresó gravemente enfermo. A partir de 1934 participó activamente en la política de izquierda de su país, motivo por el cual en 1951, durante la era McCarthy, fue condenado a prisión.

    Inició su carrera literaria con algunas novelas cortas, publicadas desde 1924 y reunidas bajo el título de El gran golpe (1966). En 1929 publicó la novela Cosecha roja, a la que siguieron El halcón maltés (1930), El hombre delgado (1934) y La llave de cristal (1931), entre otras.

    Con estas obras, que reflejan con toda crudeza los aspectos más violentos de una sociedad corrupta, inmersa en una lucha sin tregua por el poder y el dinero, se apartó del modelo típico de novela policíaca y creó un nuevo género: la novela negra, que tendría en Raymond Chandler su más eximio continuador. Muchas obras de Hammett, Chandler y otros cultivadores del género serían llevadas a la gran pantalla por prestigiosos realizadores en las décadas de 1940 y 1950, periodo áureo del llamado “cine negro”.

    En 1918 se alistó para la Primera Guerra Mundial en el American Field Service, un cuerpo de voluntarios que prestaba servicios en Francia y proporcionaba ambulancias y transportes a los aliados. Allí padeció y superó la gripe española, pero la tuberculosis que contrajo un año después provocó, tras su internamiento en un hospital en Tacoma (EE. UU.), que fuera licenciado. Fue en este hospital donde conoció y empezó a tratar a una enfermera, Josephine Dolan, con la que finalmente se casó. Hammett sufrió desde entonces una crónica mala salud a causa de los esporádicos rebrotes de tuberculosis que complicaba su alcoholismo.

    En efecto, el trauma de la guerra provocó sus primeros excesos con la botella. Para mantener a su familia, compuesta de una esposa de veinticinco años y de un bebé, al que pronto se añadió otro más, probó como creativo publicitario y, finalmente, con la literatura, para la que aprovechó su experiencia en la agencia de detectives Pinkerton. Esto le suministró inspiración para sus primeros relatos, que se publicaron principalmente en la revista Black Mask con Joseph Shaw como editor.

    Debido a su tuberculosis los servicios de salud informaron a Hammett que era conveniente que su mujer y los niños no vivieran con él a tiempo completo. Así pues, Dolan alquiló una casa en San Francisco donde Hammett visitaba a su familia los fines de semana. El matrimonio se vino abajo. De 1929 a 1930 Hammett mantuvo una relación amorosa con la escritora Nell Martin, a la que dedicó su novela La llave de cristal. En 1931 Hammett se embarcó en otra relación amorosa, que duraría treinta y tres años con diversas separaciones y reencuentros, con la dramaturga Lillian Hellman.

    Escribió su última novela en 1934 y desde ese año ya no volvió a publicar, sino que se consagró casi todo el resto de su vida al activismo en la izquierda política. Fue un activo antifascista en la década de 1930 y, en 1937, se afilió al Partido Comunista de los Estados Unidos de América.

    Tras la guerra Hammett se asoció con el New York Civil Rights Congress (Congreso de Derechos Civiles de Nueva York), una organización izquierdista que algunos llamaban comunista. Cuando cuatro comunistas relacionados con la organización fueron detenidos y encarcelados, Hammett recaudó dinero para lograr pagar su fianza. Cuando estos huyeron, fue interrogado sobre su paradero y en 1951 pasó seis meses en la cárcel por haber rehusado proporcionar información al tribunal del Comité de Actividades Antiamericanas del famoso senador republicano Joseph McCarthy, luego desacreditado y acusado de corrupción.

    Durante la década de 1950 el Congreso Estadounidense lo investigó y, aunque declaró sobre sus propias actividades, fue incluido en listas negras y rehusó proporcionar información sobre las identidades de otros miembros del partido comunista.

    Hammett falleció en el Hospital Lennox Hill en Nueva York por un cáncer de pulmón que le había sido diagnosticado dos meses antes. Como veterano de las dos guerras mundiales, fue enterrado con honores en el Cementerio Nacional de Arlington, en Washington.

    La Asociación Internacional de Escritores Policíacos otorga anualmente el Premio Internacional de Novela Dashiell Hammett durante la Semana Negra de Gijón a la mejor novela policíaca editada en español.