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Año 3 #32 Junio 2017

Estado y nación

“Estado y nación” es el tercer capítulo de Estado en crisis, un ensayo escrito a cuatro manos por Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni. Los autores observan la licuación del estado a manos del capital concentrado, la globalización es el instrumento para el asalto.

De Estado en crisis, Paidós, 2014; traducción Albino Santos Mosquera

Capítulo 3

Estado y nación

Carlo Bordoni: Antes de que ahondemos en los motivos de la crisis del Estado, permítame que aclare el significado de la palabra nación. La «nación» tiene una connotación cultural y sus orígenes remotos son históricamente mucho más antiguos que los del Estado, y sigue siendo reconocible como tal nación aun en el caso de que sus fronteras no hayan sido delimitadas y no sea todavía (o, al menos, no sea formalmente) un Estado con sus propias leyes. Una población que sea reconocida como nación se siente libre en el territorio en el que vive y no necesita fijar límites a la libertad de movimiento dentro del espacio que siente que le pertenece.

Y, sin embargo, un país puede seguir existiendo solamente si lo hace en forma de un Estado que refuerce su identidad y garantice unos límites territoriales precisos, porque, aunque la idea de «nación» es un sentimiento, el Estado —más pragmático— precisa de un territorio en el que radicarse. Por otra parte, según Jürgen Habermas, la comunidad nacional no precede a la comunidad política, sino que es producto de esta. Esa es una afirmación que aceptamos en parte, siempre que admitamos que el concepto de la nacionalidad puede madurar únicamente en el seno de un Estado (tal como Massimo D’Azeglio declaró en su momento, «hemos creado Italia, pero no a los italianos»), pero que no tiene en cuenta la necesidad de la presencia de un sentimiento nacional (aunque no esté aún institucionalizado) como elemento nuclear central sobre el que construir un Estado.

Estado y nación van juntos y se apoyan mutuamente, pero algo empezó a cambiar a finales de la década de 1970 y en los decenios posteriores, coincidiendo con la disolución de la modernidad.

El antropólogo Arjun Appadurai fue el primero en constatar que el concepto de nación estaba entrando en crisis, porque la identidad cultural misma fue lo primero que resultó dañado por el cambio que se estaba produciendo. Lo que se puso en entredicho fue la idea de la comunidad nacional basada en una misma lengua, unas mismas costumbres, una misma religión y una misma cultura.

La apertura de las fronteras viene precedida de una apertura cultural que trastoca certezas añejas. La idea de nación resiste mientras las minorías lingüísticas, religiosas o políticas estén «confinadas» temporal o geográficamente en «enclaves», en guetos, en campos de refugiados o en casas de acogida. Luego, cuando las comunidades de las diásporas empiezan a ver reconocidos sus derechos como grupos de ciudadanos plenamente legítimos y reivindican el reconocimiento de su «diversidad» frente a la obligación de integrarse (que ha sido el camino habitual hacia la igualdad), la «unidad» de la nación comienza a desmoronarse.

Appadurai se refirió ya en la década de 1990 a la existencia de Estados posnacionales en los que las comunidades diaspóricas han dejado de ser presencias ocasionales o temporales para convertirse en elementos duraderos e inherentes al sistema en sí, en partes integrales de la cultura y la historia del país en cuestión. El adjetivo «posnacional» define mejor esa nueva situación que otros anteriores como «multinacional» e «internacional», que seguimos relacionando sobre todo con la dependencia económica, legal y práctica que mantienen esas diversas partes con el Estado de referencia hasta que el conjunto del sistema se debilita.

Vivimos en un constante estado de crisis, y esta crisis abarca también al Estado moderno, cuya estructura, funcionalidad y eficacia (y cuyo sistema de representación democrática, incluso) ya no son las adecuadas para los tiempos en los que estamos.

Son muchos los problemas críticos a los que se enfrenta el Estado moderno, como numerosas son las causas de los mismos: algunos han sido inducidos por cambios históricos y culturales profundos que tuvieron lugar durante los últimos años del siglo XX y la primera década del tercer milenio; otros han sido obra de decisiones políticas y económicas que han tenido graves consecuencias en la vida cotidiana de las personas y que han acrecentado el distanciamiento entre estas y las instituciones.

Para empezar, hay que mencionar la desaparición del modelo poswestfaliano. Este factor se antoja crucial para comprender la situación actual, que tuvo su origen en la pérdida de significado de ese modelo de equilibrio entre Estados que imperó durante siglos y que ha sido la piedra angular de las relaciones internacionales. La Paz de Westfalia (tratados de Münster y Osnabrück) firmada en 1648 (y ratificada en esencia por la Carta de las Naciones Unidas) inauguró la vigencia de ciertos principios básicos de los derechos y los límites del Estado moderno, ese nuevo sistema civil nacido de las cenizas del feudalismo y representado metafóricamente por Hobbes bajo la apariencia de un Leviatán: una forma de fuerza monstruosa compuesta por todos los hombres que se han reunido y se han reconocido mutuamente como miembros de una unidad superior.

Basado en el principio de la soberanía limitada, el modelo poswestfaliano reconoce al Estado moderno soberanía absoluta e indivisible sobre su propio territorio y la condición de propietario en las relaciones internacionales, de las que es el único sujeto válido.

Si Estado y nación han podido convivir durante mucho tiempo, unidos en los planos histórico y legal por la indisolubilidad de los principios fundamentales asegurados por la modernidad, ha sido gracias a los acuerdos plasmados en los tratados de la Paz de Westfalia, firmados al término de la larga guerra de religión que había sembrado la destrucción en Europa durante los treinta años anteriores. Desde entonces, los Estados modernos —bajo la forma que conocemos desde hace siglos— han estandarizado el llamado «modelo poswestfaliano», que sienta las reglas de la estabilidad universal y reconoce soberanía plena a un Estado dentro de sus propias fronteras.

En el tercer milenio, ese modelo poswestfaliano es el que entra en crisis y arrastra consigo al Estado moderno, cuya propia crisis viene provocada no ya por la apertura de las fronteras, sino por la incapacidad que ha demostrado a la hora de mantener sus compromisos con sus ciudadanos. Llegados a esta fase, son otras fronteras «interiores» las que crean problemas. La seguridad, la defensa de los privilegios, la identidad, el reconocimiento y las tradiciones culturales son factores que, en su momento, coincidían con los límites territoriales del Estado poswestfaliano, pero que hoy se han modificado hasta el punto de volverse inciertos, líquidos. Han dejado de ser fiables.

La disolución de los límites geográficos o temporales antaño impuestos a las comunidades diaspóricas se traduce en un conocido fenómeno de inversión de papeles. Si, en el pasado, eran las mayorías las que encerraban a las minorías en enclaves, ahora son esas mismas mayorías las que se encierran a sí mismas dentro de urbanizaciones privadas (gated communities) protegidas por sus propios vigilantes de seguridad, controles electrónicos y sistemas de seguridad, pues envidian una privacidad que ya no tienen garantizada en el exterior.

Hoy es evidente que ese modelo entró en crisis a raíz del desarrollo de la globalización, cuya fuerza explosiva ha borrado los límites entre Estados y ha arrasado con cualquier pretensión de soberanía absoluta. Pero las consecuencias de la globalización no se limitan solamente al socavamiento de las reglas de las relaciones internacionales, sino que también alcanzan a un traumático cambio adicional, como es la supresión del poder de los Estados-Nación, trasladado a un nivel superior. Ese poder es ahora distante y está desplegado en un plano global, separado de la política, con la que, hasta ahora, había estado estrechamente ligado. El Leviatán de Hobbes, despojado de su brazo operativo, queda reducido así a la condición de un cuerpo mutilado que se regodea en su impotencia. Se pone nervioso, discute y proclama, pero nada puede hacer (aun cuando, en realidad, haya tomado decisiones trascendentales) porque la vertiente operativa es ahora responsabilidad de otros. Esa parte ya no le pertenece.

La separación entre política y poder es letal para el Estado moderno, sobre todo si es un Estado democrático, pues la constitución de este promete a sus ciudadanos que les dejará participar en decisiones comunes que toman ahora órganos nombrados por vías no democráticas y no controlados desde abajo. La tragedia del Estado moderno reside precisamente en su incapacidad para implementar de forma global las decisiones tomadas localmente. Hoy, por ejemplo, los ciudadanos eligen a sus representantes para el Parlamento Europeo, quienes, a su vez, forman comisiones y subcomisiones donde las decisiones ejecutivas las toman los órganos decisorios máximos, constituidos a su vez sobre la base de una serie de cambios institucionales cuya complejidad es supuesta garantía de imparcialidad e independencia.

Si se tratara solamente de un problema de exceso de burocracia, agravado por la presencia de más de un órgano decisorio, el sistema continuaría conservando cierto carácter democrático, aun cuando no haya en él relación directa (ningún feedback, ninguna oportunidad de réplica o respuesta) entre los votantes de un país europeo pequeño y el redactor de una regulación comunitaria. Pero la cosa se agrava desde el momento en que las decisiones más importantes en los planos económico, financiero y de desarrollo las toman, no los órganos institucionales, como exigiría un sistema verdaderamente democrático (aunque tales órganos conformaran una red poco conexa), sino las élites poderosas, los grandes conglomerados empresariales, multinacionales, grupos de presión y eso que se llama «el mercado»; es decir, una acumulación de acciones personales, consecuencias técnicas, reacciones emocionales, voluntades políticas e intereses particulares que se superponen de manera harto confusa y determinan así el destino de millones de personas sin responsabilidad alguna ante ellas. Todo parece suceder porque así funciona el mundo y nadie es capaz de oponerse a ello: ni las personas que salen a las calles a manifestarse y que, como mucho, sólo alcanzan a sensibilizar a una opinión pública que está demasiado distraída por el exceso de información al que se ve sometida; ni tan siquiera el Estado-Nación, que no dispone de los instrumentos necesarios para actuar a escala global, y que nunca ha dispuesto de ellos, ya que nunca antes se había planteado un problema como el actual.

Además de ser físicas, políticas, legales y económicas, para ajustarse al modelo poswestfaliano las fronteras siempre habían mantenido un equilibrio entre la fuerza y las relaciones, que hoy ha dejado de existir.

La crisis del Estado coincide con la crisis del modelo poswestfaliano, cuyas certezas han quedado barridas por la apertura de las fronteras, por la velocidad creciente de los intercambios comunicativos, por una economía asentada en un plano global o supranacional y, en no menor medida, por una cultura que ha dejado de estar restringida a un ámbito local y que está hondamente influida por sugerencias, informaciones y comentarios de todo el mundo. La aldea global de McLuhan se creó (o se está creando) gracias al intercambio económico y cultural, pero a costa de unos sistemas estatales que ya no están en sintonía con los cambiantes tiempos actuales.

Cuando los Estados tratan de mantener su identidad —aunque sea solamente su identidad cultural— inalterada (es decir, más o menos fiel a la de la nación), implosionan con violencia. El principal factor desencadenante es la información o, lo que es lo mismo, la constatación de un cambio que se traduce en nuevas necesidades.

Las comunicaciones desarrollan la imaginación y expanden los deseos. No han sido tanto las nuevas tecnologías en sí (los teléfonos móviles, internet, las redes sociales) como la información, el conocimiento y la comparación con otras realidades, las que han provocado los procesos prolibertad más recientes (de la Primavera Árabe en adelante). Es el conocimiento el que nos hace tomar conciencia de nuestras diferencias con respecto a otros y el que produce el deseo y la acción. La tecnología simplemente suministra los instrumentos necesarios. La imaginación que hace estallar la rebelión se alimenta de la generalizada difusión de nuevas tecnologías que ningún Estado, ni siquiera los más decididos a preservar la integridad de sus fronteras, puede impedir. No hace falta la fuerza. Ningún poder puede detener la imaginación cuando esta está avivada por el conocimiento y la comunicación.

Como reza el dicho, «el conocimiento es poder», y el saber siempre ha sido crucial en política, sobre todo cuando ha sido necesario para tomar decisiones que podrían haber causado problemas para la población. Por ese motivo, todos los movimientos prolibertad han insistido siempre en educar a las clases sociales más débiles, a fin de combatir la ignorancia y, con ello, la incapacidad de acceder al conocimiento.

Los Gobiernos han buscado nuevas alianzas en la economía y en ellas han encontrado lo que han considerado un instrumento infalible para continuar ejerciendo su poder. Los mercados, lugares virtuales —o «no lugares», según Marc Augé, desprovistos de territorialidad, impersonales e invisibles—, se han convertido ahora en el arma suprema de un poder supranacional que ya no necesita del Estado para funcionar. La fuerza de ese poder es innegable por la razón misma de que ha sido separado del control político, que en mayor o menor medida le obligaba a tener en cuenta a la población y a poner en práctica alguna forma de democracia (es decir, de «participación» en el colectivo del pueblo). Despojado de la política, el poder en el sentido económico está desconectado de todo sesgo o limitación de su actividad. Es libre para expresar toda su agresividad potencial en la búsqueda de sus objetivos principales y eso le supone, lógicamente, una ventaja económica.

También en ese punto el conocimiento desempeña un papel importante. Conocer la economía, el mecanismo de los mercados y su funcionamiento sería imprescindible para contrarrestar el poder que entrañan. La fuerza de estos echa raíces, cómo no, en la ignorancia de la gente. Las operaciones y las decisiones que los Gobiernos implementan al servicio de (y en relación con) los mercados son aceptadas pasivamente con un espíritu de resignación muy similar al fatalismo. Sin la posibilidad de la réplica o la crítica, poco queda más allá de una protesta sorda y confusa.

Pero el poder y la política no son dos mundos separados que viajan en niveles diferentes sin llegar a coincidir nunca. Su separación no es debida a ninguna incompatibilidad, intolerancia o falta de entendimiento. Es una separación de conveniencia, por necesidades operativas, como la de las parejas que se separan sólo formalmente por razones fiscales. A fin de cuentas, el poder y la política, unidos, fueron de la mano cuando el Estado era un monarca absoluto y el modelo poswestfaliano estaba aún plenamente vigente.

La susodicha separación ha debilitado la política y la ha vuelto «dependiente» del poder económico supranacional, con el que, de todos modos, ha mantenido buenas relaciones amistosas para beneficio mutuo. En realidad, a pesar de la aplastante autonomía que ha conseguido en la actualidad, el poder necesita de la política para realizarse, para llegar a las comunidades más remotas del planeta y hacer valer en ellas sus imperativos económicos. Sin la aquiescencia de la política, esa labor sería mucho más difícil, puesto que tendría dificultades para hacer cumplir sus regulaciones.

Y puesto que hablamos de un poder económico, deberíamos recordar que para conseguir sus fines resulta conveniente y apropiado que se apliquen los principios económicos más liberales y competitivos, los ya clásicos propugnados por Adam Smith en el siglo XVIII. La práctica del laissez faire, laissez passer, referida al libre movimiento de bienes, se adecua a la perfección a la lógica de la globalización.

Así pues, ni restricciones, ni obstáculos, ni aranceles al intercambio entre cualesquiera países del mundo, por no mencionar al movimiento de dinero, que representa el valor simbólico de los bienes y está aceptado en todas partes. Los principios liberales (o neoliberales, puesto que adaptan las doctrinas de Smith, Ricardo y sus seguidores a las necesidades de nuestro mundo contemporáneo) son hoy respaldados por la mayoría de los Estados occidentales que están sufriendo la crisis del modelo poswestfaliano de referencia, y que creen que la docilidad con la que los aplican actualmente es la única vía que puede salvarlos de su disolución definitiva.

Esta conducta de autoconservación revela en toda su crudeza el horror que produce la perspectiva de la inutilidad futura y se entiende que es la única (y última) oportunidad de evitar que el Estado se convierta en un mero mostrador que proporcione servicios bajo demanda a los ciudadanos, sin posibilidad alguna de decisión ni de control. Para eludir ese destino (el de verse convertido en una simple entidad de servicios públicos, sin poder y sin política), el Estado se aferra a la única oportunidad que le brinda el poder económico para mantener un alto nivel de funciones que justifique su existencia y el único de los grand commis que le da hoy vida y sustento: la adopción de una política neoliberal.

Esta operación permite la recuperación de un cierto control sobre la población, aunque de resultas de decisiones tomadas en otra parte y de las que el Estado se convierte en un mero portador e intérprete en el ámbito local.

Un Estado, por lo tanto, es actualmente el brazo ejecutor de un poder superior ante el que no hay ninguna oposición, pero al que resulta conveniente someterse por el mantenimiento del statu quo. Aquí no abordaremos las consecuencias —cotidianas, económicas y sociales— de tal escenario para la población en general, pues son fáciles de entender y están a la vista de todos (o, cuando menos, de todos los que viven allí donde el neoliberalismo se ha puesto en práctica). Lo cierto es que, en general, la crisis del Estado poswestfaliano ha significado la retirada del Estado del bienestar y de la mayoría de las promesas que la modernidad había hecho a sus ciudadanos.

La dificultad de la gestión, la futilidad de las medidas correctoras necesarias para afrontar una emergencia que no tiene final, es una consecuencia de ello. Todo el mundo intenta buscar soluciones locales (las únicas autorizadas) a unos problemas que son globales y que, por lo tanto, requieren soluciones precisamente globales. Para que el Estado regrese al desempeño de su función institucional plena y recobre así su antiguo poder para desplegar políticas, debería ser un Estado global, capaz de intervenir en el nivel adecuado de autoridad.

Pero en vez de afrontar el problema, la tendencia actual en todas las naciones occidentales es eludirlo en mayor o menor grado.

El resultado es una especie de «estatismo sin Estado», como el descrito por Balibar, que no deja de ser una forma de «gobernanza» indirecta que se exime a sí misma de toda responsabilidad transfiriendo esa carga al individuo. Tras esta elección, esta respuesta a la crisis del modelo poswestfaliano para el que aún no se ha podido hallar un sustituto accesible, está la llamada «filosofía neoliberal», que es de carácter más pragmático que ideológico, en un mundo del que se han desterrado por un tiempo las falsas certezas de la ideología. El neoliberalismo es una decisión casi natural, el instrumento autoprotector de un Estado que pretende sujetar firmemente las riendas de la democracia y que sigue remitiéndose a la democracia representativa (formalmente, al menos), aun cuando haya perdido poder; lo cual se debe a que el neoliberalismo, como su propio nombre implica, es cualquier cosa menos asertivo, represivo o intervencionista. El neoliberalismo permite la libertad de movimiento, pero delega en sectores privados la mayoría de las responsabilidades que eran originalmente del Estado. Así llegamos a esa forma de gobernar completamente nueva e inusual, desprovista de responsabilidad alguna ante los gobernados: un «Estado sin Estado», que viene a ser en realidad un posmodernismo o, mejor dicho, un pos-posmodernismo.

 

Zygmunt Bauman: La obra de Hobbes fue uno de los numerosos intentos de fraguar unos cimientos teóricos (fusionados simultáneamente con una legitimación pragmática, funcional y ética) sobre los que asentar las nuevas prerrogativas y capacidades conferidas al soberano mediante la fórmula del cuius regio, eius religio surgida de las dos fases del pacto westfaliano: la de Augsburgo (de 1555) y la de Osnabrück/Münster (de 1648). Entre esos intentos, el más influyente en su momento fue posiblemente el de Jean Bodin con su De la République, ou traité du Gouvernement, publicado en 1576, cuatro años después de la Matanza de San Bartolomé, que desencadenó la última (y prácticamente la más sangrienta, devastadora y preocupante) de las series de guerras de religión que siguieron a la Reforma protestante. Bodin proclamó en su obra «la puissance absolue et perpetuelle d’une République» («el poder absoluto y perpetuo de una república»), al tiempo que, para despejar dudas sobre el significado del carácter «absoluto» de ese poder, en los capítulos 8 y 10 del libro primero, afirmó que «el Príncipe soberano sólo es responsable ante Dios». Aun siendo un católico acérrimo y un adversario y crítico sistemático de la tendencia protestante a buscar la validación del poder del Estado en la autoridad del pueblo, Bodin fue al mismo tiempo un oponente duro y tenaz de la interferencia papal en la integridad del poder del príncipe. Intencionadamente o no, Bodin (como Hobbes) allanó el camino para la separación conceptual entre el poder del príncipe y la unción divina; un camino que conduciría finalmente, en el transcurso de los siglos siguientes, a la sustitución de la religio por la natio en la fórmula westfaliana. Al sugerir que el príncipe responde exclusivamente ante Dios, Bodin (como Hobbes) consiguió conservar para el príncipe la prerrogativa de esa soberanía inalienable e indivisible transmitida previamente por designación divina nada más, y al mismo tiempo, erosionó su anterior dependencia de los comités eclesiásticos de nombramiento.

Carl Schmitt se encargó de poner todos los puntos sobre las íes que faltaban cuando pontificó que «todos los conceptos significativos de la teoría moderna del Estado son conceptos teológicos secularizados. […] El Dios todopoderoso se convirtió en el legislador omnipotente. […] La excepción en el terreno de la jurisprudencia es análoga al milagro en el de la teología». Schmitt dató la entrega de ese relevo en el racionalismo del siglo XVIII y, concretamente, en el precepto rousseauniano de la «imitación de los inmutables decretos de la divinidad» como ideal de la vida jurídico-legal del Estado (Schmitt se muestra de acuerdo con la insinuación formulada por Émile Boutmy en 1902 de que «Rousseau aplica al soberano la idea que los filósofos tienen de Dios: Él puede hacer todo lo que quiera, pero no puede querer el mal»); o en un momento anterior incluso, en Descartes, quien escribió en una carta a Mersenne que «fue Dios quien instituyó estas leyes de la naturaleza como un rey instituye leyes en su reino».

Es muy revelador de una característica crucial de las nociones modernas del Estado, el poder y la soberanía que Schmitt seleccionara la equivalencia entre la «excepción jurídico-legal» y el «milagro» como argumento culminante que confirmaba su conclusión de que los tres no han sido más que una variante laica de la teología. El supuesto subyacente, tácito pero indispensable, es que la sustancia misma del diseño o la creación de leyes estriba en el hecho de que la discrecionalidad para elegir leyes corresponde al diseñador o al autor de las mismas y a nadie ni nada más; es decir, radica, por así decirlo, en el hecho de que haya sido en último término la voluntad de uno y de otro la que haya importado realmente para que el diseño o el artefacto finalmente elegido haya sido ese y no cualquiera de la multitud de otros posibles (concebibles, sí, pero no implementados).

La prerrogativa de la elección funciona en ambos sentidos: lo que se ha hecho gracias a esa prerrogativa puede deshacerse también en virtud de ella. Lo que ha sido elegido conforme a la voluntad, puede ser abandonado a voluntad. Lo que ha sido elevado al estatus de norma universalmente vinculante puede ser suspendido durante un tiempo o puede ser rebajado a norma de vinculación no universal. El diseñador/autor puede elegir una ley conforme a su voluntad y, conforme a esa voluntad suya y nada más que a ella, puede introducir excepciones a su aplicación. Es en esa capacidad del soberano para no estar limitado por la norma de su propia creación y para establecer excepciones —y es en ese derecho y capacidad suyos para vincular o desvincular, para imponer tanto una norma como una excepción a la norma— donde reside la sustancia de la soberanía. En último término, «el orden legal descansa sobre una decisión y no sobre una norma».

Es la cancelación/suspensión de una norma, en definitiva, la que proporciona la prueba concluyente de la soberanía. No son la prerrogativa legisladora ni la capacidad de hacer que una norma sea vinculante las que definen la soberanía del poder; la prueba máxima de la soberanía es la prerrogativa de la «libertad de elegir», es decir, la manifestación de la capacidad efectiva de «suspender» la ley, de «eximir» de la ley y, en resumidas cuentas, de introducir «excepciones» a la norma. El gobernante es un soberano en la medida en que dispone del poder para elegir entre una y otra opción. Los compromisos tal vez sean vinculantes porque descansan sobre la ley natural, tal como sugirió Jean Bodin, pero en caso de una emergencia (que, por definición, sería una situación «anómala» que plantea dificultades igualmente anómalas y exige medidas asimismo anómalas), «cesa el vínculo con los principios naturales generales», como también dio a entender el propio Bodin. A fin de cuentas, ese era el recurso habitualmente aplicado (según las Sagradas Escrituras) cuando se cuestionaba o se ponía en tela de juicio la supremacía del Señor.

Cuando Moisés, enviado en una misión ante el Faraón, se mostró temeroso de que este no quisiera reconocer el origen divino del mensaje del que él era portador, el Señor tranquilizó a su mensajero con una promesa: «Pero yo extenderé mi mano, y heriré a Egipto con toda suerte de prodigios en medio de ellos, y después os dejará salir» (Éxodo 3, 20). Para «imitar los inmutables decretos de la divinidad», el poder terrenal (el soberano) tenía que demostrar su capacidad para hacer que sus decretos fueran «mutables». Sin tal posibilidad, la capacidad de hacer que sus decretos fueran verdadera e incondicionalmente inmutables sostendría la soberanía del soberano como la soga sostiene al ahorcado. Era la espectacular hazaña de «ignorar» la norma —y no las aburridas rutinas destinadas a sostener la monotonía de aquella— la que sacaba a relucir (de manera ocasional, aunque ciertamente memorable) el indomable poderío del soberano. Maquiavelo no se cansó de recordar a su príncipe que había que repetir proezas de esa clase una y otra vez para que estuvieran siempre frescas en la memoria de aquellos sobre quienes gobernaba. La capacidad del príncipe para suspender las leyes y establecer excepciones a la norma, como la capacidad de obrar milagros en el caso de Dios, lo convierte para sus súbditos en fuente de una incertidumbre perpetua, abrumadora y anuladora. Podemos suponer que eso era, más o menos, lo que Maquiavelo tenía en mente cuando recomendó al destinatario de su libro que se fiara más del miedo de sus súbditos que del amor de estos.

En un estudio publicado en 2012 que invita ciertamente a la reflexión, Ulrich Beck ha bautizado a Angela Merkel, canciller alemana y maestra consumada de los trucos y los subterfugios políticos, con el sobrenombre de «Merkiavelo»: una personificación actualizada, con algún que otro ajuste menor exigido por la recién renovada fase en la que nos encontramos, de la imponente/aterradora habilidad especial del príncipe para infringir la normalidad y la rutina y anularlas e invalidarlas convertidas en una norma sui generis. La conciencia de que el príncipe puede acabar con la monotonía de lo normal en cualquier momento, y de que la elección de ese momento está verdadera y totalmente en manos del príncipe (y sólo de él), no debe abandonar nunca la mente de sus súbditos. La capacidad del príncipe para ir en contra de la norma lo sitúa en un lugar aparte del resto del universo, como buen y fiel seguidor del consejo de Nicolás Maquiavelo. Según escribe Beck,

Merkel se ha situado entre los constructores de Europa y los partidarios ortodoxos del Estado-Nación sin optar por ningún bando (o, mejor dicho, manteniendo abiertas ambas opciones). […] El poder de Merkiavelo está fundado en su circunspección, en el deseo de no hacer nada […] [en] la estrategia de negar ayuda, de no hacer nada, de no invertir, de no facilitar créditos ni fondos. […] La duda como medio de coacción: ese es el método de Merkiavelo. Esta coerción no es una incursión agresiva del dinero alemán, sino justamente lo contrario. Es la amenaza de la retirada, el aplazamiento y la denegación del crédito.

Ahí lo tiene: coerción para obtener una rendición mediante la «amenaza de una retirada». Diferir, prevaricar, no enseñar nunca las cartas para no revelar el juego que se lleva, resistirse a tomar decisiones y, con ello, evitar atarse de pies y manos y hacer que las intenciones propias resulten inescrutables a los demás; todos estos son medios recién descubiertos de mantener a otros protagonistas sumidos en la confusión, maniatados e incapacitados para tomar decisiones (y, por supuesto, para que estas se impongan). Así se consigue mantener abiertas las opciones propias mientras se cierran las de los demás; se mantiene la impenetrabilidad de las intenciones propias, por lo que los cálculos de los demás están condenados a ser prematuros, inertes o completamente estériles. En su conjunto, toda esta situación hace que la lucha por el acceso a la toma de decisiones quede reformulado como un juego de suma cero.

Ahora bien, atribuir las tácticas de Merkiavelo a su singular sagacidad, tacto y astucia personales sería incómoda (y engañosamente) parecido a pasar por alto el bosque del que ese fenómeno particular no es más que uno de sus árboles más comunes. La amenaza de retirarse y abandonar el juego, dejando a los demás jugadores que sufran las consecuencias de sus propios actos, se ha convertido ya en la estrategia más ampliamente utilizada y —según opinión mayoritaria— más eficaz de dominación, aunque ni mucho menos se circunscribe exclusivamente al juego de la política, ni a una escuela de pensamiento concreta en el arte de las luchas de poder. Tiene su origen en la contemporánea ruptura unilateral de la (anteriormente recíproca) dependencia entre los dominantes y los dominados. Si la dependencia mutua entre los patronos y los obreros contratados por aquellos conducía, más pronto o más tarde (a largo plazo, cuando no a corto o medio), a la mesa de negociaciones, a acuerdos de compromiso y consenso (por provisionales que fueran), la actual dependencia unidireccional hace sumamente improbable el consenso y facilita la imposición de unas decisiones no consensuadas, unilaterales, por parte de los jefes, que ya no se sienten ligados a un lugar y que tienen la libertad de trasladarse a otro cualquiera. Los movimientos de capital ya no se circunscriben dentro de las fronteras de los Estados; por lo tanto, ni las preferencias de la mano de obra local ni los poderes negociadores de esta han de tenerse en cuenta como antes, ni desde luego cualquier reivindicación que pueda comprometer los intereses de los patronos (o los de los accionistas) a la hora de desplazarse allí donde esté la mejor acción posible (es decir, la mayor rentabilidad). Tampoco tienen por qué considerar a los habitantes locales como un «ejército de reserva de mano de obra» al que los dueños del capital están condenados a recurrir si el negocio exige un aumento de las inversiones, por lo que tampoco la necesidad de mantener a esos trabajadores potenciales en buenas condiciones (razonablemente bien alimentados, vestidos, alojados, educados y formados) tiene ya «sentido económico» para un capital que ha adquirido actualmente conciencia de pertenecer al «espacio de flujos» del que hablaba Manuel Castells: un espacio eminentemente inmune a los vaivenes de la política local. Es esa nueva independencia del capital que deambula por el «espacio de flujos» (que, a diferencia del «espacio de lugares», no está segmentado en regiones políticamente separadas y característicamente introspectivas), un espacio lleno de oportunidades de beneficio que las empresas errantes/flotantes detestarían perderse (y que, por lo tanto, es harto improbable que se pierdan), la que subyace a la retirada unilateral del apoyo empresarial a ese compromiso anterior con el «Estado del bienestar» (que trascendía las alternancias entre Gobiernos de izquierda y de derecha), y la que subyace también a esa desigualdad que se observa en el plano global y dentro de las diversas sociedades nacionales y que crece actualmente a un ritmo desconocido en esta parte del mundo desde el siglo XIX. El actual estado del juego favorece la competencia implacable, el egoísmo, las divisiones sociales y la desigualdad con el mismo vigor y la misma lógica irrebatible con los que la situación anterior de «dependencia mutua» generaba límites a la desigualdad social y fortalecía los compromisos, las alianzas firmes y duraderas y, en definitiva, la solidaridad humana.

Todo esto rige hoy en día para los Estados-Nación en igual medida en que lo hace para las sociedades anónimas empresariales. Aunque, en el caso de «Frau Merkiavelo» (cuyo poder deriva, a fin de cuentas, de su liderazgo sobre una entidad política territorialmente fijada), la situación es un poco distinta: la opción de trasladarse a otra parte si las cosas en casa se vuelven demasiado incómodas no entra dentro de sus potestades. Por muy dominante que la posición de Alemania pueda llegar a ser en Europa, la dependencia entre el país y el continente es (y seguirá siendo) recíproca. Alemania necesita el euro y la unidad europea tanto como los miembros más débiles y con menos recursos de la Unión necesitan una economía alemana fuerte y estable. Una estrategia calculada de inducción de mayor incertidumbre, inquietud y temor con el objetivo de forzar a los jugadores a la sumisión y a la aceptación del hecho de que su pagador monopolice la voz cantante tiene unos límites imposibles de traspasar, pues transgredirlos resultaría devastador para los jugadores, ciertamente, pero también lo sería en última instancia para el pagador. La procrastinación, pues, no puede prolongarse ad infinítum; la incertidumbre tiene que parar antes de que sobrevenga la incapacitación total de los actores, y los participantes en la mesa de negociaciones no pueden permitirse (ni puede permitírseles) abandonarla; tal posibilidad es tan aterradora e inaceptable para Chipre y Grecia como lo es para Alemania (e incluso para Gran Bretaña, pese a los gestos de Cameron de cara a la galería, calculados para apaciguar a la facción más reaccionaria de su partido). Los mismos intereses empresariales que se espera que los Gobiernos nacionales protejan y promuevan dentro de su papel como comisarías de policía locales encargadas de la vigilancia de la ley y el orden capitalistas no admitirían que las cosas llegasen tan lejos.

Así que los protagonistas y los adversarios de todos los tonos y todas las tendencias están obligados a continuar haciéndose compañía, lo quieran o no, motu proprio o por defecto. Están destinados a encontrarse de nuevo: mañana, pasado mañana y al final de la presente ronda de conversaciones para negociar los presupuestos o al comienzo de la siguiente. Quienquiera que amenace con implantar un escenario diferente terminará por poner en evidencia que lo suyo no era más que un farol.

  • Carlo Bordoni
    Bordoni, Carlo

    Carlo Bordoni (Carrara, Italia, 1946) Es un sociólogo y escritor italiano. Colabora en el Corriere della Sera. Ha sido profesor en las Universidades de Pisa, Florencia, la Universidad Federico II de Nápoles, IULM de Milán, Orientale y en la Academia de Bellas Artes de Carrara, donde fue director desde 1990 hasta 2003.

    Comenzó en 1965 con la novela de ficción juvenil L’ultima frontiera y, después, con la antología de historias cortas de Cuori di tenebra (1993). Volvió con Il nome del padre (Baroni, 2001), Istanbul Bound (Tabula Fati, 2006) y la novela Il cuoco di Mussolini (Bietti, 2008). En la editorial Odoya de Bolonia supervisó la Guida alla letteratura di fantascienza (2013).

  • Zygmunt Bauman
    Bauman, Zygmunt

    Zygmunt Bauman (Poznań, Polonia, 1925) es un sociólogo, filósofo y ensayista polaco de origen judío. Su obra, que comenzó en la década de 1950, se ocupa, entre otras cosas, de cuestiones como las clases sociales, el socialismo, el holocausto, la hermenéutica, la modernidad y la posmodernidad, el consumismo, la globalización y la nueva pobreza. Desarrolló el concepto de la «modernidad líquida», y acuñó el término correspondiente. Junto con el también sociólogo Alain Touraine, Bauman recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010.2

    Nació en el seno de una familia humilde; en su huida del nazismo, se trasladó a la Unión Soviética y regresó posteriormente a Polonia, donde militó en el Partido Comunista y fue profesor de filosofía y sociología en la Universidad de Varsovia antes de verse obligado a irse de Polonia después de los sucesos de marzo de 1968. Posteriormente a su purga de la universidad de esa ciudad, enseñó sociología en Israel, Estados Unidos y Canadá. Desde 1971 reside en Inglaterra. Es profesor en la Universidad de Leeds. Y, desde 1990, es profesor emérito.

    Obra:

    • Pensando sociológicamente. Nueva Visión. Buenos Aires, 1994.
    • Libertad. Madrid. Alianza. 1992.
    • Modernidad y ambivalencia. En Beriain, Josetxo (comp.), Las consecuencias perversas de la modernidad. Barcelona. Anthropos. 1996.
    • Legisladores e intérpretes: Sobre la modernidad, la postmodernidad y los intelectuales.Buenos Aires. Universidad Nacional de Quilmes. 1997.
    • Modernidad y Holocausto. Madrid. Sequitur. 1998. 4a. ed., 2008.
    • Trabajo, consumismo y nuevos pobres. Barcelona. Gedisa. 2000. 
    • La postmodernidad y sus descontentos Akal. 2001.
    • La globalización: Consecuencias humanas. México. Fondo de Cultura Económica. 1999. (Se incluye el texto "Turistas y vagabundos" [nº IV])
    • Modernidad líquida. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica. 1999.
    • En búsqueda de la política. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica. 2001.
    • La sociedad individualizada Cátedra. 2001.
    • En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid. Siglo XXI. 2006. 
    • La sociedad sitiada. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica de Argentina. 2004.
    • Ética posmoderna: Sociología y política. Madrid. Siglo XXI. 2004.
    • Confianza y temor en la ciudad. Barcelona. Arcadia. 2006. 
    • Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. México. Fondo de Cultura Económica. 2005. 
    • Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias. Barcelona. Paidós Ibérica. 2005. 
    • Identidad. Madrid. Losada. 2005. 
    • Vida líquida. Barcelona. Paidós Ibérica. 2006. 
    • Europa: Una aventura inacabada. Losada. 2006. 
    • Miedo líquido: La sociedad contemporánea y sus temores. Barcelona. Paidós Ibérica. 2007.
    • Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2007.
    • Tiempos líquidos. Barcelona. Tusquets. 2007.
    • Arte, ¿líquido?. Madrid. Sequitur. 2007.
    • Archipiélago de excepciones. Buenos Aires y Madrid, Katz Barpal Editores. 2008. 
    • Múltiples culturas, una sola humanidad. Buenos Aires/Madrid. Katz Barpal. 2008.
    • Los retos de la educación en la modernidad líquida. Barcelona. Gedisa. 2008.
    • El arte de la vida. De la vida como obra de arte. Paidós. 2009. 
    • El tiempo apremia(Living on Borrowd Time, 2009, Zygmunt Bauman & Citlali Rovirosa-Madrazo). Barcelona. Arcadia, 2010. 
    • Mundo Consumo. Barcelona. Paidós. 2010.
    • Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era globalFondo de Cultura Económica, 2011.
    • 44 cartas desde el mundo líquido. Paidos Estado y Sociedad. 2011.
    • La cultura en el mundo de la modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2013.
    • ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?. Paidós, Barcelona, 2014.
    • Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida. Editorial Paidós. 2015.