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Año 3 #32 Junio 2017

La escuelita

Los actos y aberraciones cometitas por la dictadura genocida y terrorista fueron infames crímenes contra la humanidad. No habrá nunca perdón. Porque los genocidas no lo merecen, porque quienes podrían perdonarlos permanecen desaparecidos, porque no lo han solicitado y porque al mantener oculta la información que poseen los crímenes se siguen cometiendo. Quizá no haya total justicia, pero no olvidaremos.

Fragmentos de La escuelita, Editorial La Bohemia, Buenos Aires 2007.

“...Se habla asimismo de personas 'desaparecidas' que se encontrarían detenidas por el gobierno argentino en los ig­notos lugares del país. Todo esto no es sino una falsedad uti­lizada con fines políticos, ya que en la República no existen lugares secretos de detención, ni hay en los establecimientos carcelarios personas detenidas clandestinamente.”

Fragmento del Documento final de la Junta Militar sobre la guerra contra la subversión y el terrorismo. Abril de 1983.

 

Había una vez una Escuelita...

... de muerte y destrucción. Yo conocí una pero hay mu­chas plantadas “en los ignotos lugares” de nuestro continen­te. En esas Escuelitas los “maestros” enseñan a fuerza de tor­tura y humillaciones a perder la memoria de uno mismo y a que restemos la voluntad de lucha por cambiar la ecuación de la injusticia.

En las Escuelitas están los desaparecidos, a quienes se se­cuestra de la vida. Una mañana, una tarde o una noche cual­quiera los amordazan y les vendan los ojos. Después, tratan de convencer al resto de que no existen, de que jamás pudie­ron haber existido... Tratan de convencer a la víctima de que tampoco existe, de que ha desaparecido del mundo, de las guías telefónicas, de su puesto en la historia, del pulso de sus seres queridos... Pero fui mala alumna. Por eso es que hoy les abro la puerta.

Olvidábamos los nombres, los rostros y las calles, las ca­sas, los encuentros... pero siempre recordábamos alimentar la raíz de nuestro sueño... O casi siempre. A veces ese sueño se quebraba un instante, un minuto, unas dos horas, un día entero, tal vez una semana. Después, la voz amiga construía de los cristales rotos una ventana desde donde podía presentirse a nuestra gente siguiendo la batalla cotidiana. Y entonces era volver a levantarse... convivir con la muerte y la locura.

Obligados a permanecer tirados en colchones o en el piso, sin hablar, sin ver, manos atadas, estómago vacío, soportan­do golpes, insultos y la incertidumbre de la bala final, aprendi­mos de los milicos, en esos meses de Escuelita, que el odio que nos tienen es más grande que el que siente el pueblo por ellos.

Tratemos de aflojarnos la venda que nos han puesto sobre los ojos, espiemos por el resquicio cómo transcurre la vida en La Escuelita. Por la sangre de los que conocieron las aulas del terror antes de que los fusilaran, por el dolor de los que están en este momento soportando las diversas clases de la infamia, sumémonos a la fuerza para borrar de la faz del con­tinente todas las Escuelitas, para que los crímenes no queden impunes, y entonces, los pueblos castigados puedan alzarse en maremotos, ocupar lo que es suyo y ser felices.

 

Chancletas con una sola flor

Ese mediodía andaba con las sandalias del “Negro”. Hacía calor y no tenía ganas de revolver el ropero para buscar las suyas. Había bastante que hacer en la casa. Cuando golpea­ron la puerta recorrió chancleteando los treinta metros de pasillo. Pensó por un segundo que tal vez no debiera abrir: golpeaban muy a lo bruto... pero era mediodía. Siempre los había esperado de noche. Era lindo andar con el batón de entre casa y las sandalias del “Negro” después de haber dormi­do tantas noches con los zapatos puestos, esperándolos.

Perdió la primera en la mitad del pasillo, antes de llegar donde estaba la nena, que venía siguiéndola rumbo a la puer­ta. Perdió la segunda al saltar el paredón del fondo. Para en­tonces, los gritos y patadas en la puerta eran brutales. Ruth había roto en llanto. De cuclillas entre las plantas, escuchó el tiro. Miró hacia arriba y vio soldados en todos los techos. Corrió hacia la calle por entre los pastos altos como ella. Los pies le respondían. De pronto el sol la desnudó, le aprisionó el aliento. Cuando los milicos la tomaron de los brazos para hacerla caminar hasta el camión, miró un instante sus pies descalzos sobre el polvo seco de la calle, después alzó la vista: el cielo era tan azul que dolía. Los vecinos oyeron sus gritos de denuncia.

El piso del camión estaba fresco, pero las baldosas del edi­ficio del Comando de Ejército estaban más frescas aún. Ca­minó mil veces de punta a punta la habitación, hasta que esa tarde la vinieron a buscar. Por un resquicio de la venda veía sus pies sobre las baldositas blancas y negras, la escalera, el pasillo. Después fue el viaje a La Escuelita.

En la cocina del campo de concentración tomaron regis­tro de sus pertenencias:

—¿Para qué si me van a robar todo? —les preguntó.

—Una alianza de casamiento, un reloj marca..., vestido color..., corpiño, no tiene, bombacha color..., zapatos no tiene. ¿No tiene? No importa. ¡Total para lo que va a caminar! —. Carcajadas.

Ella no prestaba mucha atención a lo que decían. Trataba, sí, de deducir cuántos eran. Cuando pensaba que iba a empe­zar el interrogatorio, la llevaron a una pieza, pasando un pa­sillo de baldosas... piso de madera vieja. La venda seguía flo­ja. Cuando llegó al camastro que le correspondía, descubrió una frazada harapienta, se cubrió los pies y ya no se sintió tan desvalida. La noche fue una pesadilla en vela.

A la mañana siguiente alguien le tocó el hombro y la hizo levantarse. Durante la noche le habían ajustado la venda de los ojos: el resquicio era más pequeño pero suficiente para ver el suelo de la antesala... sangre en el piso, junto a la man­cha celeste. La hicieron pasar sobre las gotas de sangre. Trató de no esquivarlas para que no se dieran cuenta de que podía ver.

Mientras abrían la reja del pasillo pensó un minuto en la mancha celeste. Hubiera jurado que ese color le era muy fa­miliar... era igual al celeste de los pantalones del “Negro”... era idéntico al celeste de los pantalones del “Negro”. Era él, tirado en el piso de la antesala, lastimado. El corazón se le encogió un poco más, hasta tomar la consistencia de la pie­dra. “Tenemos que ser duros”, pensó “si no, nos hacen mier­da”. A pesar de eso el miedo le abrió un enorme hueco en el estómago, cuando bajó el escalón de la sala de “máquina” vio un pedazo de la cama metálica de esas que se usan para la tortura. El piso era de cemento.

* * *

No recuerda qué día fue exactamente. Para ese entonces ya conocía algo del movimiento de La Escuelita. Ya sabía, por ejemplo, que después de comer, si los dejaban estar sen­tados unos minutos en el borde de la cama, podía susurrarle algo a “la Vasquita”, que estaba en la cucheta de al lado, sin que las pescaran. Eligió las palabras:

—¡Vasca! —llamó.

—Sí...

—Me dieron unas chancletas con una sola flor.

—¡Al fin!

—¿Me entendiste bien? Una sola flor, dos chancletas y una sola flor.

“La Vasca” estiró mucho el cuello y levantó la cara para espiar por debajo de la venda. Primero sonrió y luego se echó a reír con una risa nerviosa y a duras penas contenida. Ella ya no sabía cómo hacer para no estallar en carcajadas. Si las en­ganchaban riéndose les iba a costar mucho explicar qué era lo que les causaba tanta gracia. Entonces, con o sin explicacio­nes, vendrían los golpes. La flor, una inmensa margarita de plástico, las miraba desde allá abajo. La otra chancleta, huér­fana de flor, era más como ellas. Pero esa flor, entre la mugre y el miedo, los gritos y la tortura, esa flor tan de plástico, tan de mentira, tan ridícula... Esa margarita de utilería era casi obscena, absurda, una burla... Chancleteó la margarita du­rante mas de cien días de la letrina a la cama, de la cama a la ducha. Muchas veces buscó la margarita a tientas bajo la cucheta, entre los golpes y gritos de los guardias. El día en que la trasladaron a la cárcel, a alguien se le ocurrió que de­bía llevar zapatos “más decentes”. Le consiguieron unas al­pargatas como tres números más grandes. Las chancletas con una sola flor quedaron en La Escuelita, desaparecidas...

 

Letrina

—Descubrí la fórmula contra el estreñimiento—le dije a María Elenita una mañana después de espiar por debajo de la venda y ver que “el Loro” estaba en la otra pieza.

—¿Sí?

—Te imaginas que la cara del “Chiche” está en la letrina y es un placer cagar.

—¿Y da resultado? —preguntó incrédula.

—Claro, te reventás haciendo fuerza pero vale la pena.

Todos nos la rebuscamos para verle la cara al “Chiche”, el jefe de turno a quien le dan ataques de demagogia y viene cada dos por tres a conversar con “sus” presos y preguntar cómo nos tratan. Todos, por otra parte, sufrimos de estreñi­miento, consecuencia de pasar meses inmóviles en las cuchetas y de no tener un minuto de tranquilidad para hacer nuestras necesidades.

Al principio usábamos el baño de ellos, adentro. Enton­ces, a veces hasta nos daban permiso para lavarnos las manos. Después empezaron los viajes a la letrina. Ahora nos llevan dos veces por día y, cuando el guardia se siente benévolo, hasta tres veces.

—¡Sentarse y ponerse los zapatos!— ruge “el Peine”. Los que tenemos buscamos sin ver a los manotazos bajo la cama.

—¡Más rápido! ¡Más rápido!

Y la macana de goma suena sobre alguno. Nos agarra de la venda que ata nuestras manos y nos ubica de a dos frente a la reja. Abre el candado y otro guardia nos va sacando por el pasillo. Frente a la puerta de afuera esperamos que traigan al compañero anterior. El tercer guardia nos lleva entonces hasta la letrina.

—Más adelante, hacia la derecha... abrí las patas... Caminá para atrás. Alto... ¡Apurate!

—Señor... papel por favor...

Estiro la mano esperando un pedazo de diario. Me da una cartulina: papel de lija. Después me entero de que a los mu­chachos les dan casi siempre lija para limpiarse. Me agacho en la letrina y veo por la hendija de la venda las zapatillas del “Pato”, que se queda ahí mismo. Veo también mi vestido bordó floreado con el que trato de cubrirme y, sobre la tabla sucia de orina y excrementos, mi chancleta con su flor de plástico. Sopla un viento suave que, de no estar con la nariz en la letrina, aspiraría profundamente. Cantan los pájaros y se oye pasar el tren.

—iApurate!

Me vuelve a atar las manos y de nuevo puerta... pasillo... reja...

—Acostate.

Mis tripas están contentas.

El otro día “el Loro” y “el Bruja” inventaron la cuestión el trencito.

—Vamos, vamos, apurarse— corría como loco “el Loro” de una pieza a la otra, mientras nos iba poniendo en fila.

—Míralos qué simpáticos: los subversivos jugando al trencito—llamó al “Bruja” que estaba al otro lado de la reja. Al otro le gustó la historia.

—Dense las manos. Digan chucu pii chucu pii. Más fuerte, vamos.

Tomé la mano de “la Vasca” y nos dimos un apretón cómplice. Del otro lado sentí la mano firme de Hugo. “Fuerza para hoy y para todos los días que nos falten”, fue el mensaje.

Una vez afuera, todavía se sentía “el Bruja” con espíritu de diversión. Al regreso de la letrina nos hacía correr en redondo por el patio. Íbamos a ciegas, arrastrados por la atadura de las manos. Yo logré olvidarme por un instante de la venda sobre los ojos, de lo absurdo sobre lo absurdo y disfruté el poder sentir mis piernas correr... diez segundos. Cuando María Ele­na se desmayó de debilidad, se acabó el “juego”.

Hace cosa de una semana “el Peine” me traía de la letrina. Estaba en el patio y en eso sentí que empujaban a un compa­ñero para que nos chocáramos.

—Dale una cachetada por maleducado —dijo “el Loro”, poniendo mi mano a la altura de la cara del otro preso. Le acaricié la mejilla...

—Pégale o te pego a vos —gritó el “Loro”. Le di una sua­ve palmada y me quedé esperando las doce bofetadas del guar­dia, que casi no sentí porque pensaba que, después de todo, el Hugo ya había estado en la tortura y la había pasado mu­cho peor que yo.

Cosas así se dan siempre cuando vamos a la letrina. Como el otro día, que me empujaron contra la reja y me rompieron un diente del golpe.

Una vez, el mes pasado, no fui al baño a la tarde. No es que no tuviera ganas. Era un día de esos en que ya no aguan­taba más. Había dormido unas dieciocho horas, sólo me ha­bía despertado para el almuerzo. Quería seguir durmiendo. Ya no soportaba ver por debajo de la venda las manos de los guardias que nos manoseaban cuando pasábamos, manos que no podíamos esquivar sin delatar nuestra venda floja. La cues­tión es que seguí durmiendo y esa noche, mientras soñaba con un inodoro limpio color celeste, me despertó la hume­dad de la orina.

Pero ahora mejor no pienso más en eso. Hace como dos ho­ras que estoy aguantando... y todavía me faltan unas tres más...

¡Ay! por nuestra generación.
Es que esta pasión
te deriva y te hace náufrago en la tierra. Es
torbellino y quizá sementera.
         Luis Paredes “el Chito”

 

Cumpleaños

No me trajeron la gaseosa que me había prometido el vi­sitante gordo. Sin embargo, me dejaron sentar en la cucheta. Es que hoy es mi cumpleaños. El visitante vino ayer por se­gunda vez, dio varias vueltas, hizo despliegue de civilidad y nos preguntó qué era lo que más nos gustaría comer. Creí que era importante por la manera en que trataba al “Turco”, el jefe de guardia. Le dije entonces que me moría de ganas de tomar una gaseosa. Me prometió que hoy me haría traer una para celebrar mi cumpleaños. Pensé que cumpliría y es por eso que desde ayer estoy jugando con la sensación de tener burbujas en la boca, burbujas dulces. Mentalmente ya me tomé esa gaseosa unas quince veces. Me llamó la atención, sin embargo, que me dejaran sentar. Es que en esta pieza, según “el Turco”, estamos los de mala conducta, los que no colaboramos. Cuando empezó esta farsa del régimen de “pri­vilegios” hablé con “Patichoti”:

—A los de la otra pieza les permiten quedarse sentados después de comer. También decían que iban a poder tomar sol. Hoy lo hicieron. Los sacaron al patio unos cinco minu­tos esta mañana.

—Yo no vendo a mis amigos por cinco minutos de sol... por todo el sol del mundo.

—Fijate que allí también hay mucha gente que no cola­boró ¿Qué buscarán con esto de los privilegios?

—Quebrarnos —”Parichoti” fue terminante.

Ahora “Patichoti” trata de hacerme reír. Está en la cama de enfrente, contra la puerta, por eso no lo pueden ver cuan­do, arqueando el cuello hacia atrás, me espía por debajo de la venda. Tiene el cuerpo musculoso y un tatuaje en el brazo derecho con su nombre. A “Patichoti” le falta una pierna y le sobra sentido del humor. Yo estoy sentada en la cucheta de arriba, con las piernas colgando. Me da a entender que lo ha dejado sin aliento la maravillosa visión de mis pantorrillas que se balancean a metro y medio del piso. Se mantiene en esa posición incómoda, con el cuello en puente, mientras hace gestos de deleite con la boca, la única parte de la cara que la venda no le cubre. Esta vez yo no me río.

—¿Qué te pasa, flaca? —me pregunta, preocupado. Él sabe que lo estoy espiando. Estar sentada sobre la cucheta alta amplía mi campo visual. Así es como de pronto confirmo una sospecha que me ronda hace dos días: Eli también está aquí. Ayer trajeron a “Benja” y a María Elena...

—Flaca, ¿qué te pasa? —vuelve a preguntar “Patichoti”—. Estamos todos aquí, todos ¿Cómo hicieron estos hijos de puta para agarrarnos a todos?

Entra el guardia y le pido de nuevo la prometida gaseosa. El odio no me impide desear un cosquilleo de burbujas viajándome por la garganta.

—Después —responde. Cierra la ventana aunque toda­vía no es de noche y se va. Ahora enciende la radio. Escucho la música tan fuerte que parece sacudir los cimientos de La Escuelita y me doy cuenta de que no es para festejar mi cum­pleaños. Todavía no se han filtrado gritos porque eso pasa entre canción y canción. Leo los labios de “Patichoti”: “Fuer­za”. Sé que él se debe estar acordando de la tortura.

  • Alicia Partnoy
    Partnoy, Alicia

    Alicia Partnoy (1955) fue detenida por la dictadura militar. Durante los años de cárcel como presa política, sus poemas e historias fueron deslizados en secreto fuera de la prisión y publicados anónimamente en diarios y revistas de organizaciones de derechos humanos. Desde su llegada a los Estados Unidos ha dado numerosas conferencias por invitación de Amnesty International, organizaciones religiosas, universidades y otras entidades. Ha presentado testimonio sobre violaciones a los derechos humanos en la Organización de las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos, Amnesty International y organizaciones de derechos humanos en la Argentina. Su testimonio aparece en Nunca Más. Editó You Can't Drown the Fire: Latin American Women Writing in Exile (Cleis Press,1988), y es miembro del Consejo Directivo de Amnesty International de los Estados Unidos.

    Es autora de: The Little School-Tales of Disappearance & Survival in Argentina (1986), La venganza de la manzana (1992), La escuelita (2007).

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